La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 27. Imogen
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27. Imogen

Imogen

J amás había tenido tanto frío.

Ni siquiera el clima de las montañas serafíes en pleno invierno había sido tan inclemente como el de Obelia.

Después de que Theodore hubiera lanzado su hechizo con éxito, el frío, que se había ido haciendo más notable con cada milla que surcábamos hacia el norte, había empezado a colarse entre las rendijas del barco y a envolvernos como una masa de agua helada.

Aunque la impresionante bahía de Obelia estaba protegida por una lengua de tierra torcida, un tempestuoso viento azotaba la larga hilera de muelles.

Era primavera, y las suaves colinas que se extendían más allá del puerto estaban cubiertas por un espeso manto de nieve virgen.

El paisaje era cegador; resplandecía como un fuego blanco bajo el sol del mediodía.

La capa que me cubría era demasiado fina, pero enterré la barbilla y la boca en la tela del cuello.

Una larga fila de carruajes plateados por fin nos esperaba para recogernos, ocupando la calle principal como una gigantesca cadena.

Desde el final de la comitiva, vi que Theodore y Halla se subían al primero en un lúgubre silencio.

El siguiente lo ocuparon Lachlan y Agatha, que sonreían ampliamente.

Yo monté cinco carruajes más atrás, con los músculos agarrotados por los nervios y el frío.

Una vez sola en mi transporte, pegué los pies tanto como pude a los calentadores y estudié la estrecha península en la lejanía.

El palacio de la emperatriz estaba construido en el extremo más alejado de la extensión de tierra, pegado a las olas como un pedazo de carbón.

Sus sillares negros devoraban la luz del sol de tal manera que no alcanzaba a distinguir ni uno solo de sus detalles, ni siquiera sus ventanas o sus torreones.

Aleka metió la cabeza dentro de mi carruaje.

—Majestad —dijo con un respetuoso asentimiento—, ¿hay sitio aquí para el procurador Gabros y yo?

—Por supuesto —respondí tras tragar saliva.

Los últimos días habían sido un torbellino de preparativos para todos.

Yo no había sido capaz de pegar ojo, así que había pasado las horas preparando un baúl con mis escasas pertenencias, memorizando los hechizos recogidos en los libros de magia y cosiéndoles unos bolsillitos almohadillados a mis enaguas para guardar los dos frasquitos de la pócima de la escisión ya mezclada con unas gotas de mi sangre, tal y como el libro de hechizos indicaba.

Apenas había visto a Theodore en aquel tiempo, y mucho menos a la mariscal y al procurador, puesto que habían estado ocupados preparando el nuevo contrato matrimonial para la emperatriz.

Aleka y Markis se sentaron frente a mí, temblando tan violentamente como yo, y les cubrí las piernas con las pieles que a mí me sobraban.

Markis cogió el pequeño decantador que descansaba bajo la ventanilla y se sirvió una copa.

—Todo esto es una pesadilla. —Se la bebió de un trago—. Hace frío. El rey está de un humor de perros. —Me señaló con la barbilla—. Vos estáis aquí. Esta reunión va a acabar con todos nosotros, estoy seguro.

Aleka, que siempre había sido la viva imagen de la calma, se puso hecha una furia.

—Haz el favor de morderte la lengua. Su majestad debería hacer que te azotaran por ese comentario.

Markis dio un respingo como si lo hubieran despertado de un tortazo. Me miró con una repentina timidez, pero en sus ojos todavía se atisbaba una pizca de aversión.

—Disculpadme, majestad. La situación es insoportable… El frío no me permite pensar con claridad.

Bajé la cabeza y le dediqué una mirada implacable.

—No pasa nada. No sois el primero a quien no le agrado.

Se sirvió otro trago y se acarició la barba corta.

—Es que no puedo evitar sentir una horrible aprensión.

Ya éramos dos. Nos habíamos preparado tan bien como habíamos podido, pero no había manera de saber cómo se desarrollaría la situación.

El carruaje arrancó con una sacudida. La tez marrón claro de Aleka, que permanecía sentada con la espalda muy recta, resplandecía bajo el reflejo del sol en la nieve.

—Yo no pierdo la esperanza —dijo con tono sereno al tiempo que se subía sus pieles hasta la barbilla—.

Llevo sirviendo a la corona más tiempo del que vosotros dos lleváis en este mundo.

Las intenciones del rey Theodore siempre han sido buenas y, disculpadme, pero no puedo decir lo mismo de su padre.

Cuando la emperatriz y él se reúnan, estoy segura de que encontrará la manera de hacer que todo salga bien.

Aleka posó sus ojos amables y oscuros en mí.

—Vuestros asuntos con la emperatriz son un tema muy distinto, majestad, pero no me cabe duda de que el bien y la justicia prevalecerán.

—Acercó los pies al calentador—. Nos queda un buen camino por recorrer hasta el palacio de la emperatriz.

Parecéis cansada del viaje, así que os recomiendo que durmáis mientras podáis.

Sí, estaba agotada, y ahora que el carruaje por fin entraba en calor, notaba los párpados cada vez más pesados.

Hice un repaso de los útiles que llevaba encima: una daga de repuesto metida en la bota derecha, otra escondida entre las varillas de la cotilla y los frasquitos de la pócima de la escisión bien protegidos en los bolsillos de mis enaguas, a la altura de mis caderas.

Fuera, cuatro de los seis marineros armados que habían seleccionado para acompañarme viajaban apoyados sobre los estribos del carruaje.

Pero lo más importante era que el mar me rodeaba.

Si el resto de mis protecciones fallaba, siempre podría recurrir a mi poder y, a pesar del control que Eusia era capaz de ejercer sobre mi canto, no dudaría en utilizarlo para defenderme.

Mientras estuviera en Obelia, aquellas eran todas las protecciones con las que podía contar, así que echar una cabezada no sería mala idea.

La luz cegadora que se colaba por las ventanillas me impedía distinguir los detalles de la tierra helada que rodeaba el palacio negro de la emperatriz.

Recorrí rápidamente con la mirada los pueblos y aldeas que había repartidos por el territorio.

Serpenteaban por la costa que parecía no tener fin, pero no veía ningún edificio construido ni en los campos ni en las laderas de las montañas cercanas.

Todas ellas estaban pegadas al agua. La extensión verde oscuro de la bahía estaba salpicada de barcos blancos, como perlas cosidas a una prenda de terciopelo.

Bostecé, y el paisaje se desdibujó.

Aleka apoyó la cabeza contra la pared del carruaje.

—Creo que yo también voy a dormir un poco.

Markis, por su parte, se sirvió otra copa más con un tintineo del decantador.

—Pues yo voy a beber.

Así, mientras las ruedas del carruaje crujían al recorrer las sinuosas y gélidas calles de Obelia, yo también me permití dejar caer la cabeza contra la mullida pared del carruaje.

Mis músculos tensos opusieron cierta resistencia, pero enumeré mis protecciones (las dagas, las pociones y el mar) por segunda vez, de la misma manera en que solía contar las estrellas desde la ventana de mis aposentos en la fortaleza Linum.

Me pareció ver su brillo blanquecino, como diminutos destellos de luz.

Imaginé que mi respiración era el susurro de las olas y por fin, por fin, me dejé llevar por un sueño inquieto pero profundo.

—¿Por qué no es especial? —siseó Eusia—. El trato era claro, Nivala.

Volvía a estar en la cámara del estanque, sumergida en aquellas desagradables aguas calientes. La luz de las antorchas titiló y la recién nacida rompió a llorar.

—Una niña a cambio de la sangre divina que correría por sus venas. El cuerpo que me entregaste no era más que el pago por…

Nivala estaba pálida y sus ojos azules parecían estar hechos de vidrio.

—Lo sé…

—¿Acaso no me incitaste a creer que un dios leucosiano estaba dispuesto a compartir tu lecho? Athan, el hijo de Panos… Él es el único digno de poseer. Me dejaste creer que te referías a él, maldita víbora.

Nivala tembló mientras la bebé se acurrucaba contra su pecho.

—P ensaba… Al principio… Pensaba que el hombre que llegó a mi palacio era un dios leucosiano. Me dijo que era descendiente de Jesop…

—¡De Jesop! Por todos los reinos, ¿quién querría hacerse con un poder tan inútil como el suyo?

—Vos me pedisteis que os procurara sangre divina. —Nivala, que se había desmoronado, hablaba con deferencia entre sollozos—. No me dijisteis que debía pertenecer a un dios en concreto.

Eusia se acercó al borde del estanque y le lanzó una mirada fulminante a pesar de llegarle a la emperatriz a la altura de las rodillas.

—Error mío —dijo despacio, con voz dura pero melodiosa—.

No te tomaba por una idiota, Nivala, pero tus acciones me han abierto los ojos.

—A través de su mirada, vi que la bebé se retorcía y que Nivala se negaba a sostener su débil cuerpecillo con cariño—.

Déjame adivinar… Ha sido la vergüenza lo que te ha impedido venir a verme en los últimos meses, ¿no es así?

Por eso has enviado a otros para que me alimentaran.

¿Quieres que averigüe con quién has desperdiciado tu milagro?

Nivala negó con la cabeza.

—Es hija de Nemea, el rey de la isla de Seraf —admitió en un hilo de voz—. Cuando lo conocí, me hizo creer que… Y yo… Me entregué a él muchas veces. Creo…

—Lo amabas.

Nivala apretó los labios como si se negara a contestar.

Eusia se alejó del borde y volvió a flotar en el centro del es­tanque.

—Cualquiera diría que has conseguido justo lo que querías, Nivala.

Yo he cumplido con mi parte del trato; en cambio, no he recibido lo que se me prometió.

Como soy yo quien tiene que lidiar ahora con las consecuencias de tu engaño, considero que lo más justo es que me asegure de pagártelo con la misma moneda.

—Por favor —suplicó Nivala—. Por favor, he venido hasta aquí para entregárosla.

Eusia golpeó la superficie del estanque con el puño y salpicó a Nivala y a su bebé.