La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 26. Imogen #3
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26. Imogen #3

Lo agarré de las muñecas cuando trató de arañarse los ojos, pero era demasiado fuerte y el doloroso sufrimiento que acompañaba al hechizo solo hacía que se debatiera con más vehemencia si cabía.

Echó la cabeza del todo hacia atrás y arqueó la espalda al tiempo que un horrible gruñido escapaba de sus pulmones.

Las lágrimas le cayeron por las mejillas y, cuando se venció de nuevo hacia atrás, me apresuré a sostenerle la cabeza para amortiguar el impacto con las manos.

Pero su peso me arrastró con él y acabé tirada sobre su cuerpo.

Aun así, siguió intentando sacarse los ojos. Pensé en la imagen de Nemea con los párpados rojos y ensangrentados que se me había quedado grabada a fuego en la memoria.

—No, para —le pedí apretando los dientes y luchando por sujetarle los brazos a los costados.

Por fin me las arreglé para inmovilizárselos bajo mis muslos; primero uno y luego el otro.

Me cerní sobre él, plantándole cara a su forcejeo, y le acuné el rostro entre las manos.

Tenía la piel tan caliente como la cera fundida, y comprendí que su poder se estaba extendiendo por su cuerpo para combatir el efecto de la magia.

El hechizo no tardó en mitigarse, pero no dejé de susurrarle palabras tranquilizadoras aunque cargadas de remordimientos contra las mejillas sonrojadas. Tampoco de limpiarle las lágrimas que escapaban de sus ojos.

Noté que sus músculos comenzaban a relajarse y que el aire entraba y salía de sus pulmones como el ritmo regular de las olas que rompen en la costa. Aflojé la presión que ejercía sobre sus brazos, y Theodore gimió al cambiar de posición bajo mi peso.

—¿Estás bien? —le pregunté mirándolo desde arriba entre los mechones sueltos que me habían caído sobre el rostro.

Él cerró los ojos, levantó las manos para posarlas sobre la cara externa de mis muslos y una expresión a caballo entre el éxtasis y la extenuación se adueñó de sus facciones.

—Ajá.

—Lo has conseguido —me apresuré a decir cubriéndole la barbilla de besos—. Gracias. Gracias.

Con los ojos todavía cerrados, me masajeó las caderas por encima de la tela del vestido.

—Por eso no dejas de hacerlo, ¿no?

—¿Qué?

—La magia es… —Levantó las caderas y se presionó contra mí con un gruñido—. Es placentera cuando el dolor desaparece.

Yo también cerré los ojos cuando subió las manos hasta mi trasero y apretó los puños en torno a la tela de mi falda.

—Hay cosas más placenteras —susurré. El calor líquido que se extendía por mi cuerpo hizo que me presionara contra él y profiriera un suave gemido—. Y no hacen que se te caiga el pelo.

Theodore abrió los ojos; en las distintas tonalidades verdes de sus iris brillaba una embriagadora promesa. Un angustioso deseo se había ido acumulando en nuestro interior día a día, y aquel suceso, aquella chispa de esperanza, había roto las ataduras que lo contenían.

Descendió sobre nosotros como una marea embravecida, nos arrolló y nos dejó desarmados ante su acometida.

El beso que compartimos con labios y dientes fue casi violento.

La cálida lengua de Theodore acariciaba la mía con insistencia.

Sus manos estaban por todos lados; se enterraban en mi pelo y se enredaban en mi vestido.

En nuestros movimientos no había dulzura ni delicadeza, solo una indomable desesperación.

Mi falda había quedado toda recogida entre nuestros cuerpos mientras yo tiraba de los botones de sus pantalones.

—Por favor.

Theodore estaba demasiado abrumado como para responder.

Sus ojos brillaban como ascuas al levantar la mirada y darme precisamente lo que le había pedido.

Me desgarró la ropa interior, me acarició e introdujo sus dedos cálidos en mi sexo al mismo tiempo que me centraba sobre él con firmeza.

Éramos presa de un salvaje desenfreno, pero, cuando me penetró entre jadeos y gemidos desesperados, lo hizo con un ritmo de ensueño, lento y ondulante.

Me aupó y volvió a empujarme hacia abajo prestando especial atención a la fricción y el calor que se acumulaba entre nuestros cuerpos allí donde se encontraban.

Sin embargo, no fuimos capaces de mantener aquel lánguido ritmo mucho tiempo.

Nuestro deseo era demasiado intenso como para prolongarlo demasiado.

—La próxima vez… —Dejó caer la cabeza hacia atrás mientras me movía sobre él—. Joder…, Imogen…, la próxima vez, lo haremos despacio.

—Sí —exhalé abalanzándome sobre él para besarlo—. Sí, como quieras.

Él gruñó y me agarró un puñado de pelo.

—¿Segura? —Se incorporó y me subió al canapé, donde me separó las piernas todo lo que pudo. Yo me estremecí ante el brillo ardiente y decidido de sus ojos—. Dioses del cielo, me encanta…

Unos rápidos pasos y el sonido metálico de la armadura de los guardias resonaron al otro lado de la puerta. Nos quedamos de piedra y contuvimos el aliento con el corazón desbocado.

Mierda. Las sensaciones y los sonidos se volvieron tan abrumadores que me vi incapaz de lidiar con la situación. Me cubrí el rostro enardecido con las manos.

Alguien llamó a la puerta, y oímos la voz suave de Halla.

—¿Majestad? He regresado.

Había sido una idiota al dejarme llevar por la euforia de mi esperanza y mi alivio, que de inmediato se transformó en una sensación rabiosa.

Theo había llevado a cabo el hechizo con éxito, sí, pero todavía había una infinidad de obstáculos que superar.

Ni la magia ni el poder de los dioses ni mi título servirían para hacer que Theodore fuera mío.

La realidad se abrió paso por mi pecho y me enterró sus afilados colmillos en lo más profundo del corazón.

Me aparté de él y me bajé las faldas.

—Debería irme antes de que…

—Immy…

Se colocó los pantalones, y yo negué con la cabeza, dirigiéndome ya hacia las ventanas.

—Lo siento. No debería…

—Imogen, no. No te…

Pero yo ya había trepado por una de las ventanas de popa y me había subido a la repisa antes de oírlo terminar la frase.