La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 26. Imogen #2
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26. Imogen #2

Maldito sea. El dolor era mucho peor cuando nos aferrábamos el uno al otro mientras todas las fuerzas del universo se esforzaban por separarnos. Quizá encontráramos consuelo en rendirnos de una condenada vez.

Markis y Aleka se incorporaron de inmediato, hicieron una reverencia y se marcharon. Halla dejó caer el pan en su plato y se sacudió las miguitas con sus largos dedos mientras me fulminaba con la mirada.

—Podemos hablar por la mañana, majestad —dije tras carraspear.

Theodore se recostó contra su silla.

—Te he dicho que te quedes.

Agatha y Lachlan se dirigieron a la puerta mientras yo me agarraba al borde del canapé, rebosante de ira.

Agatha me dio una palmadita tranquilizadora en el brazo al pasar a mi lado, y Halla se acercó a Theodore para hacer una reverencia y susurrarle algo al oído.

Un torrente de poder me calentó el vientre antes de que me diera cuenta siquiera de lo que ocurría.

Se vertió por mi cuerpo en una turbulenta cascada al ver que Theodore se ponía rígido.

Halla le dio un fugaz beso en la mejilla y salió apresuradamente de la estancia, seguida de su doncella.

Solo quedamos nosotros dos.

Deseé disponer de un mensaje certero para administrárselo como un antídoto frente a un veneno y así hacer que la situación fuera más llevadera para él.

Sin embargo, conforme nos acercábamos a Obelia, la desesperanza había comenzado a estrangularnos a los dos.

Theodore se pasó una mano por la cara, y yo no fui capaz de tolerar el silencio durante más tiempo.

—No deberías hacer eso —lo regañé.

Theodore me dedicó una dura mirada.

—¿El qué?

—Pedirles a tus consejeros que se retiren para que podamos estar solos. Es peligroso.

Él negó con la cabeza y una retorcida carcajada le sacudió el pecho.

—Estás mostrando un comportamiento irresponsable y arrogante, Theo. Va a acabar…

—Tranquila, que estoy de acuerdo contigo. —Dio un trago de vino.

—Bueno, me alegro… —Me crucé de brazos al sentirme de­sar­mada—. No pierdas el tiempo y dime lo que me tengas que ­decir para que tu esposa y tú podáis…

—Imogen.

La emoción que destilaba su voz me inmovilizó. Theodore rodeó su cama y se agachó para coger algo. Cuando se incorporó, vi que sujetaba la jaula oxidada con la rata negra en su interior.

Lo contemplé boquiabierta.

—Dioses del puto cielo. Para ya. ¿Es que no te has visto? —Apreté los puños con fuerza—. Estás hecho un asco, Theo. No puedes volver a intentar lo del hechizo.

Caminó hasta mí con la valentía y la determinación de un caballero y dejó la jaula sobre la mesa con tal violencia que la rata profirió un chillido.

—Pues lo intentaré sin ti.

Me lancé a por la caja, pero él fue más rápido y se la escondió a la espalda. Me enterré los dedos en el pelo y tiré de algunos mechones.

—Se acabó, Theo. —Bajé los brazos, derrotada—. Hemos intentado lanzar el hechizo y no ha funcionado. Tenemos que aceptarlo y seguir adelante con un plan alternativo.

—Dioses benditos, Imogen. El plan alternativo consiste en que te conviertas en una mártir.

Volvió a dejar la jaula sobre la mesa y se cubrió los ojos con las manos.

Me sentía como si unos dedos se hubieran cerrado en torno a mi cuello y me asfixiaran.

—Tu esposa está esperando para volver aquí y hacer que cumplas con tu deber y…

—Para. —Su amplio pecho se convulsionó—.

Ya hemos intentado sofocar nuestros sentimientos.

Hemos intentado hacer lo correcto y honrar nuestras respectivas coronas y no ha habido un solo momento desde entonces en que cada aliento no haya sido una tortura.

—Ladeó la cabeza en gesto de súplica—.

Ayúdame una vez más, Imogen. Este no puede ser mi destino.

No quiero tener que echarte de menos para el resto de mi larga y miserable vida.

Permíteme albergar la condenada esperanza de que encontraremos algo de paz.

Me quedé quieta, al borde de las lágrimas, y un pensamiento iluminó mi mente como la llama de una vela en la oscuridad: Esta es exactamente la forma en que las personas deberían ser amadas. Con valentía, alocadamente, plantándole cara al mundo y sus peligros codo con codo.

Di un paso hacia él. Mi mirada bailó por sus ojos fervientes, sus labios suaves y su mandíbula firme y cubierta de barba. Le pasé un dedo por el mechón oscuro que le caía sobre el ceño. Mi amor por él no tenía límites. Era infinito.

—Pues descendamos una última vez hasta las puertas del infierno —dije con suavidad—. Veamos si esta vez se abren para nosotros.

Dejó caer los hombros aliviado, y entonces nos preparamos como habíamos hecho las otras tres noches.

Quitamos de en medio la mesita dispuesta ante el canapé para arrodillarnos juntos en la suave alfombra.

Theodore dejó la jaula ante mí, cogió una botellita de agua de mar y se agachó para que quedáramos cara a cara.

—Ya te lo he dicho antes, pero este no es un plan infalible, Theo —le recordé—. Aunque esta vez funcione, hay tantas cosas que podrían salir mal que…

Su actitud se ensombreció como si alguien acabara de apagar su luz de un soplido.

Empujó la jaula a un lado, extendió la mano hacia mí y me pasó el pulgar por la mejilla y el cuello.

Me acarició la clavícula con dedos callosos, y me estremecí cuando recorrió la curva superior de mi pecho.

Terminó posando la mano directamente sobre mi corazón.

Pensaba que diría algo; de hecho, entreabrió los labios para hablar, pero su contacto acabó diciendo lo que él no fue capaz de expresar en voz alta: que era consciente de los riesgos, del peligro, pero que nada le impediría intentar por todos los medios mantenerme a su lado.

Cubrí su mano con la mía.

—¿Recuerdas el conjuro?

Encontró mi mirada, aturdido.

—Sí, pero léemelo una vez más.

Antes de coger el libro, fue a cerrar la puerta del camarote con llave y echar el pestillo de las ventanas de popa. Luego regresó para arrodillarse ante mí y nuestra rata cautiva.

Saqué las garras, me recogí la falda y me arranqué un pedacito de la carne tierna del interior del muslo. Noté un estallido de calor allí donde me había cortado y vi que la herida ya se estaba volviendo a cerrar.

—Gracias. —Sonreí y traté de mantener un tono ligero—. La parte positiva de que se te dé tan mal lanzar hechizos es que después de esto te sentirás tan indispuesto que no podrás consumar tu matrimonio.

—Esta vez va a funcionar —respondió sin reaccionar a mi comentario.

Las páginas del libro susurraron conforme las iba pasando. Se me encogió el corazón ante su ferviente seguridad.

—Recuerda pronunciar el conjuro con determinación. —Levanté la mano para ofrecerle el pedacito ensangrentado de carne que me había arrancado.

Unas arruguitas de concentración se marcaron en su rostro.

Movió los labios al repetir en silencio las palabras del hechizo.

El barco cabeceó y se sacudió, de manera que los faroles que col­gaban del techo se movieron de lado a lado.

Tras un momento de tensión, Theodore soltó todo el aire de los pulmones y posó su atención en la rata.

—Determinación —masculló para sus adentros al tiempo que cerraba los ojos en gesto concentrado.

—¿Tienes bien claro lo que quieres?

—A ti.

—¡Theo…! —Le di un manotazo en la rodilla—. Ni se te ocurra pensar en mí mientras lanzas el hechizo. ¿Estás listo?

—Listo.

Le acerqué la mano a la boca, y él deslizó su lengua cálida por mi palma para tomar la carne y tragársela.

Tal y como había hecho las tres noches anteriores, le abrí un pequeño corte en la yema de uno de sus dedos, se lo apreté hasta que su sangre cayó sobre los barrotes irregulares de la jaula y vertí un poco de agua de mar para que se mezclara con su sangre.

El conjuro, cuando por fin lo entonó, escapó de su pecho como una queda plegaria.

— Goetia hecates thantos.

Entonces llegó el horrible momento de la espera.

Permanecí quieta, conteniendo el aliento y mirando alternativamente a Theodore y a la rata, rezando tanto por que el hechizo saliera bien como por que fracasara.

Theodore tardó un poco en abrir los ojos.

Tal vez el tiempo se ralentizó. Esperamos y esperamos.

La rata continuó estando hecha un ovillo, respirando con tranquilidad.

Theodore me miró y el poco color que le quedaba en las mejillas después de tres noches de intentos fallidos empezó a abandonarlo. Corrí a buscar la bacinilla, sabiendo que vomitaría en cualquier momento.

Dejó caer la cabeza y apretó los puños contra la alfombra.

—Lo siento, Immy.

Sostuve la bacinilla ante él y negó con la cabeza.

—Ni se te ocurra disculparte.

Una delgada película de sudor le cubrió el rostro, pero las náuseas tardaron en llegar. Le sequé la frente y le acaricié la mejilla. Él presionó la sien húmeda contra mi contacto y me depositó un beso en la palma de la mano.

—Tiene que haber algo más en esos libros. Encontraré otra solución.

Su tenacidad iba a acabar partiéndome el alma. Necesitaba que fuera consciente de la realidad que se avecinaba.

—Theodore…

Entonces oímos un chillido seguido de unos arañazos y ambos bajamos la vista a la jaula, donde la rata de pronto correteaba frenética y sin tener a dónde ir.

La vimos moverse de un lado a otro, agarrar los barrotes con sus diminutas patitas y mordisquearlos con sus dientes amarillos.

Luego se tumbó cuan larga era, se estremeció y emitió un último chillido prolongado antes de tensarse y quedarse quieta.

Contemplamos la rata muerta sin ser capaces de reaccionar.

—Theo —dije sin aliento—. Dioses, lo has conseguido.

—He… —Incluso a pesar del cansancio, sus ojos verdes se iluminaron y se abrieron de par en par.

Pero el momento de júbilo no duró mucho. Se le retorció el rostro en una mueca de dolor y la boca se le desencajó. Su amplio pecho se hinchó como si tratara de tomar una profunda bocanada de aire, pero de su garganta solo escapó un espeluznante sonido ronco.

—Imogen. Dioses… —Su voz grave de pronto sonaba marchita.