La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 26. Imogen
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26. Imogen

Imogen

S obre la larga mesa del camarote habían dispuesto un auténtico festín. Tras atracar en Della, se habían provisto de jamón glaseado, bacalao y conejo. Aquel banquete tan delicioso, sin embargo, no consiguió levantarnos el ánimo a ninguno de los comensales sentados a la mesa.

Markis dio un trago de vino y se mordisqueó los labios.

—¿No habría sido mejor organizar una reunión rápida que una comida, majestad?

Theodore dejó su cáliz sobre la mesa con parsimonia, sin apartar el plato abarrotado ante él.

—No.

No tenía muy buen aspecto; seguía sin afeitarse, unas manchas oscuras le ensombrecían los ojos y su piel había adquirido un tono cetrino.

Llevaba tres noches tratando de lanzar el hechizo letal, todavía sin éxito.

Cada intento había acabado con la rata chillando en su jaula y con Theodore doblado por la mitad, tan enfermo que después había tenido que pasar un día entero sumido en un sueño intranquilo.

No obstante, siendo fiel a su carácter, el muy condenado no había tirado la toalla. Se había negado a creerme cuando había insistido en que la magia no era para él, y llevábamos sin hablarnos desde entonces.

Aparté la mirada del rostro taciturno de Theodore, colocado frente a mí en el extremo opuesto de la mesa, y la posé en Halla.

Estaba sentada a su lado, jugueteando con un pedacito de pan con mantequilla y ataviada con un vestido lila decorado con cuentas que la hacía resplandecer.

Junto a ella estaba Aleka, que comía en silencio y solo levantaba la cabeza cuando alguien se dirigía a ella.

Luego miré a Agatha, quien, gracias a todos los benditos dioses, estaba comiendo. Lachlan estaba sentado cerca de ella. Se hablaban con dulzura y se inclinaban para susurrarle al otro al oído.

Me descubrí incapaz de apartar la vista de ellos.

Incapaz de dejar de admirar la forma en que sus manos se rozaban intencionadamente, en que sus labios parecían estar a punto de esbozar una sonrisa de un momento a otro o en que se tocaban sin pensarlo, sin que fuera necesario.

Pese a la incomodidad que se respiraba en la estancia, verlos tan felices después de haber pasado tantos años separados me hizo sonreír.

Theodore carraspeó.

—Llegaremos al puerto principal de Obelia pronto. Es importante que lo dejemos todo organizado de antemano, porque necesitaremos tiempo para prepararnos.

—Empezaré yo, si a su majestad no le importa —intervino Halla, que habló en voz tan baja que casi no alcancé a oírla.

Theodore respondió con un asentimiento distraído. Su atención estaba fija en el extremo opuesto de la mesa. En mí.

Yo contemplé a Halla, que entrelazó las manos y nos ofreció a todos una pequeña sonrisa.

—Como bien sabemos todos, madre no está al tanto de nuestra llegada.

—Por el rabillo del ojo, vi que Agatha se ponía tensa, pero Halla continuó hablando, casi con timidez—: Ella, por supuesto, nos recibirá entusiasmada.

Lamentó mucho no poder celebrar mis nupcias en casa con nuestros amigos y seres queridos.

Me aseguré de evitar que mi reacción se reflejara en mi expresión. El sentimentalismo contradecía la imagen imponente y gélida que tenía de la emperatriz.

—Les llevará unos días preparar el banquete.

Y estoy segura de que madre también querrá que se celebre un desfile.

—La voz melódica de Halla se ensombreció—.

Durante ese tiempo, tendremos que presentarle el nuevo contrato matrimonial, y confieso que me causa un tremendo pavor imaginar su reacción.

Toda la mesa se tensó. La emperatriz había redactado los puntos del acuerdo con suma meticulosidad, y Theodore había accedido a cumplirlos.

—Si me lo permitís, majestad —le dijo Aleka a Theodore—. Todavía guardo el contrato original si acabáis cambiando de opinión. En temas tan delicados como estos, uno debe ser pragmático. Un matrimonio como los dioses mandan ayudaría a limar muchas asperezas. Todavía hay tiempo de…

—No —la interrumpió Theodore sin apartarse la copa de los labios, como si el tema lo aburriera.

Aleka dio un trago de su propio vino antes de insistir.

—Con el debido respeto, majestad, es mi deber recordaros la máxima de Varya, las palabras grabadas en vuestra corona: «Un poder dividido es un poder perdido». Los vínculos que establecemos son los que nos hacen fuertes…

—Solo los adecuados —la interrumpió él sin rodeos—. Con eso doy el tema por zanjado.

—Desde luego. —Aleka asintió con la cabeza—. Coincido. Perdonadme, majestad. Contáis con mi apoyo, pero debemos hacer lo que esté en nuestra mano para suavizar el golpe que supondrá para la emperatriz la noticia sobre la nueva posición de Halla.

Me maravillaba lo calmada que era capaz de permanecer. Su actitud era un claro reflejo de su experiencia. Sin embargo, tanto la seriedad con la que hablaba como el rictus de su boca mostraban su preocupación.

Halla mantuvo su mirada regia clavada en la mesa.

—Pese a todo lo ocurrido, por favor, creedme cuando os digo que defenderé a capa y espada a Varya y a sus gentes.

—Hizo una pausa lo bastante prolongada como para que me pusiera sobre aviso—.

No obstante, es cierto que mi madre se mostrará más tranquila y menos violenta si consumamos el matrimonio antes de llegar.

Se me entrecortó la respiración. El pánico me embargó al comprender que su perseverancia era implacable. Halla estaba decidida a tener un hijo con Theodore a toda costa y, por primera vez, temí que de alguna manera acabara arreglándoselas para conseguir lo que tanto ansiaba.

Pese a la creciente tensión del camarote, traté de mantener la mente fría. Notaba un nudo tan prieto en el pecho que temía que me fuera a partir por la mitad y un vacío tan grande en el estómago que la comida que había ingerido descansaba en su interior como una masa dolorosa.

Sujeté con fuerza el tallo de mi copa.

Markis, por su parte, se acabó su vino y clavó la vista en mí.

—Yo también considero que sería recomendable consumarlo, desde luego.

Aleka coincidió con un asentimiento.

Lachlan y Agatha me miraron como si fuera una bestia escondida tras un disfraz humano dispuesta a liberarse y destruirlo todo a su alrededor ante la más mínima provocación.

Pero a mí no me apetecía discutir; no cuando había perdido la esperanza de romper mi vínculo con Eusia.

No cuando la amenaza de la emperatriz se cernía sobre nosotros.

—Los contratos deben cumplirse —dije con un diplomático asentimiento, sin apartar los ojos de mi copa.

El silencio se volvió frágil. Theodore me contempló desde el otro extremo de la mesa con una expresión seria e inexorable que solo un verdadero rey podría emplear. Cerró los ojos cansados durante un solo latido de mi corazón. Luego miró en dirección a Halla y asintió.

Bien. Traté de tranquilizarme con un buen trago de vino. Pues está decidido.

Era su deber. Si yo estaba destinada a fracasar en mi intento por mantener Leucosia a salvo, al menos Theo podría salvar el archipiélago. El estómago me dio un vuelco, pero me tragué las náuseas.

—Tengo una pregunta para vuestra esposa, si me lo permitís, majestad.

Dioses, la mirada que me lanzó me puso la piel de gallina e hizo que me diera un vuelco el corazón. Fue una expresión oscura y fiera.

—Por supuesto.

—¿Dónde está ubicado exactamente el palacio de la emperatriz? —le pregunté a Halla—. ¿Está cerca del puerto?

Ella asintió mientras masticaba un pedazo de pan.

—Así es. —Rebosaba un quedo orgullo—. Mustkiva, el hogar de mi madre, está justo al lado de la bahía.

Le di unos golpecitos a mi copa con la yema de los dedos, pero sentí una pizca de alivio al saber que al menos estaría lo bastante cerca del mar como para recurrir a mi poder.

—Imagino que no seré bien recibida en palacio, así que…

Halla levantó una mano.

—Mi madre todavía piensa que eres la prima del rey Theo­dore. No tiene motivos para darte la espalda.

Dejé mi copa con un golpe que hizo que el vino se derramara sobre mi plato.

—¡Qué mentira más descarada! —exclamé—. Tu madre tenía intención de secuestrarme a mí antes que a Agatha. Sabía quién era desde la primera vez que me vio. —Me dirigí a Theo­dore—. Necesitaré protección mientras esté en el palacio de la emperatriz. Y Agatha también.

Antes de que Theodore pudiera responder a mi petición, Markis se aclaró la garganta.

—¿Consideráis que es buena idea llevar a Agatha a palacio?

Lachlan se pasó una mano por la cara.

—Cierra el pico, Markis. —Continuó hablando para el resto de los comensales—.

Agatha es testigo de lo que ha ocurrido.

Sin ella, es posible que a la reina Imogen le resulte más difícil defenderse cuando acuse a la emperatriz.

Yo ofrezco mi espada para proteger a Agatha, pero sugiero que se le procure un séquito de seis guardias como mínimo a la reina.

Theodore bebió en silencio, furioso.

—Yo pensaba que eras el escolta personal de la reina Imogen. Explícame por qué has tardado tan poco en abandonarla como a mí.

Lachlan no se inmutó.

—Porque no me separaré de mi esposa durante la primera semana que pasamos vinculados —admitió con sencillez—. He de honrar la tradición.

Agatha se quedó de piedra, pero luego, como si no pudiera contenerse, dejó que una sonrisa radiante se extendiera por su rostro.

Un peso descomunal pareció caer sobre mis hombros, aplastante y asfixiante. La noticia debería alegrarme; no debería sentir nada más que un tremendo alivio por ellos. Retiré mi silla bruscamente de la mesa y me puse de pie.

—Me alegro mucho por vosotros —dije sin aliento. Luego miré al resto de los presentes evitando los ojos de Theodore—. Un séquito de marineros armados bastará. Gracias.

Me pasé la mano por el cuerpo de seda ámbar de mi vestido y me dirigí hacia la puerta del camarote.

—Buenas noches.

—No te marches —me ordenó Theodore, impasible, sin desviar su atención del copero que le servía más vino.

—No, voy a…

—Te lo suplico. —Sus ojos verdes encontraron los míos—. El resto podéis retiraros.