La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 25. Theodore
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25. Theodore

Theodore

L a luz del sol perforó nuestros ojos como si fueran cuchillas después de haber pasado tanto rato sumidos en la oscuridad de la torre de la maga sibila.

Mis guardias nos ayudaron a recorrer las abarrotadas calles de Della a toda prisa, de manera que llegamos al Eleuthios justo cuando empezaban a cargar las provisiones.

Partiríamos antes del atardecer y, si el tiempo nos acompañaba, tardaríamos casi una semana en llegar a Obelia, aunque la zona era conocida por sus turbulentas aguas y fuertes vientos.

La inquietud se había adherido a mi carne con aguja e hilo y unas eficientes puntadas tan tirantes que ni siquiera me permitían sentarme.

Me apoyé contra la puerta de mi camarote con los brazos cruzados mientras el sol poniente bañaba la estancia con su cálida y adormilada luz y convertía la larga melena ondulada de Imogen en una aureola ambarina.

Estaba sentada en el canapé con Agatha, ataviada con un vestido nuevo, verde y salpicado de delicadas flores rosas, que les confería un suave rubor a sus mejillas.

Me hizo imaginármela tumbada en mis jardines, con la piel dorada rodeada de flores.

Las dos estaban revisando los numerosos paquetes llenos de vestidos, ropa interior y camisones que Agatha y Lach habían comprado.

Imogen esbozaba una sonrisa amplia y resplandeciente que le iluminaba la mirada mientras pasaba los dedos por los volantes de una falda y el bolsito que iba a juego con ella. Contemplaba a Agatha con una dulce expresión de cariño.

Las últimas semanas habían sido una tortura.

Una sucesión de momentos desgarradores durante la cual ninguna de las dos había tenido oportunidad de asimilar la menor de sus desgracias: que ambas habían perdido su hogar, sus pertenencias y todo rastro de la vida que tanto se habían esforzado por construir, por muy imperfecta que hubiera sido.

Me obligué a llenarme los pulmones agarrotados de aire y maldije en voz baja. La impotencia nos espoleaba desde todos los flancos, al igual que la creciente sospecha de que el plan que habíamos acordado (hacer que Agatha llevara a cabo el hechizo para acabar con Eusia) estaba abocado al fracaso.

La queda conversación entre Agatha e Imogen se tornó seria.

Ahora Imogen estaba pasando las páginas del libro sobre pociones, mientras que Agatha revisaba la pequeña colección de frasquitos que le habíamos robado a la maga sibila.

Imogen siguió el texto que estaba leyendo con el dedo al tiempo que se mordía el labio inferior y, a pesar de la situación en la que me encontraba, estuve a punto de levantarme y atrapárselo entre mis propios dientes.

—Theo —dijo sin levantar la vista del libro—, ¿cuánto tiempo planeas pasar encerrado en tus propios pensamientos?

—No estoy…

—Sí que lo estás. —Entonces encontró mi mirada con una expresión tan intensa como el sol que descendía a su espalda y me dedicó una expresión implacable—. Sé que estás preocupado, pero esta es nuestra mejor opción… —Negó con la cabeza—. Es la única que tenemos.

Dejé caer los brazos.

—Lo sé. El problema es que…

Alguien llamó a la puerta. Crucé el camarote para abrir y me encontré con Lachlan sosteniendo una jaula oxidada que albergaba una enorme rata negra en su interior.

—Joder, dioses benditos.

Me hice a un lado pellizcándome el puente de la nariz. Lo de ir a buscar las pociones y llevar a cabo tanto un hechizo como una escisión habían sido ideas mías, pero no podía evitar sentir una abrumadora inquietud al proceder con el plan que habíamos establecido.

Agatha todavía estaba pálida. Sospechaba que estaba haciendo todo lo posible por disimular ante Imogen, pero yo conocía bien los síntomas del trauma y el cansancio.

Sentía cómo se le aceleraba el corazón a intervalos cuando la tenía cerca.

Y Lachlan ya me había informado con preocupación de lo poco que estaba comiendo.

Agatha estiró la espalda para actuar como si estuviera preparada, pero su ritmo cardiaco se disparó.

—Si queremos que el hechizo salga bien, primero necesito practicar, majestad —explicó.

Lachlan tenía los dientes tan apretados cuando dejó la jaula sobre la mesita baja dispuesta ante el canapé que parecía estar a punto de romperse la mandíbula. Nuestras miradas se encontraron fugazmente antes de que diera un paso atrás y se cruzara de brazos.

—Quiero que quede muy claro que no estoy nada de acuerdo con esto.

Agatha soltó una rápida exhalación.

—Ya lo hemos hablado.

—Sí, pero no cambia cómo me siento respecto al tema —replicó Lachlan con irritación.

Agatha se estampó el puño sobre la rodilla.

—Eres el único que está poniendo pegas, Lachlan. Para ya y déjame hacer esto. Lo necesito.

Yo carraspeé con timidez.

—En realidad, yo también… —Pero cerré la boca de golpe al ver que Imogen y Agatha me lanzaban sendas miradas asesinas.

Haber recibido la mirada fulminante de ambas mujeres a la vez contaba como una de las pocas situaciones en que me había sentido superado por algún adversario, y eso que podía contarlas con los dedos de una mano. Sin embargo, sabía que permanecer callado sería todavía peor para todos.

Tragué saliva con fuerza.

—Agatha no está en condiciones de llevar a cabo un hechizo.

Ella se puso roja de rabia, pero algo prendió en la mirada de Imogen. Tal vez acabara de aliviar una parte de sus preocupaciones.

—¿Esto es cosa tuya? —le preguntó Agatha a Lachlan con aspereza.

—No —dijo él pasándose una mano por la cara—. Theo solo ve la situación con perspectiva. Necesitas descansar, no llevar a cabo…

Agatha se puso de pie, pero se tambaleó tan ostensiblemente que Imogen se levantó de un salto para estabilizarla.

Su repentina humillación me partió el alma.

Cerró los ojos con fuerza y enterró los dedos en el antebrazo de Imogen cuando la verdad que albergaban mis palabras tiró por tierra sus defensas.

Nos quedamos tan en silencio que solo se oían los chillidos de la rata al mordisquear los barrotes oxidados de la jaula. Imogen le acarició el brazo a su amiga de arriba abajo para consolarla hasta que volvió a abrir los ojos.

—Lo siento muchísimo —dijo Agatha con un débil cabeceo.

—No, tú solo intentabas ayudar —la tranquilizó Imogen dándole un apretón en el muslo.

El sonido de un cuerno reverberó por la cubierta, seguido de los silbidos y los gritos de la tripulación, que se preparaba para levar anclas.

Lachlan se colocó al otro lado de Agatha y la estrechó contra su cuerpo.

—¿De verdad no hay forma de contar con Halla? —preguntó—. ¿No podemos obligarla a colaborar?

Imogen torció el gesto.

—No podemos fiarnos de ella. No consigo averiguar qué es lo que quiere, pero sé que no tiene intención alguna de hacerle daño a Eusia o a cualquiera que esté relacionado con ella.

—¿Ni siquiera a ti? —preguntó Lachlan enarcando una ceja.

Imogen negó con la cabeza en cautelosa reflexión.

—Creo que despierto en ella una mezcla de miedo y devoción. Sabe que soy quien mantiene a Eusia con vida y, a pesar de sus propios sentimientos y los agravios que ha sufrido, no puede evitar reverenciarme. Me ve como una figura bendecida, y sospecho que lo detesta.

—O sea, que Halla queda descartada. —Di un paso adelante—. Me apostaría lo que fuera a que a Lachlan se le darían de pena los hechizos, porque es demasiado categórico. —El comandante se mostró de acuerdo con un resoplido—. Así que eso me deja a mí como única opción.

Imogen se quedó muy quieta.

El barco cabeceó y crujió al adentrarse en mar abierto. Su indignación hacía que el ambiente del camarote echara chispas. Nuestros amigos, que se habían puesto en tensión, nos miraron hasta que Agatha le dio a Lach un golpecito en el brazo.

—Voy a echarme una siesta —se apresuró a decir. Lachlan la ayudó a caminar hasta la puerta—. Espero que su majestad haya matado ya a esa rata cuando me despierte, Imogen.

Ella se llevó una mano al vientre con nerviosismo.

Me mordí la lengua incluso después de que cerraran la puerta.

El barco seguía meciéndose al ritmo de las olas y los gritos de los marineros y la capitana al otro lado de los muros del camarote flotaban en el tenso ambiente.

Imogen se detuvo a los pies de mi cama y se agarró a uno de sus postes para mantener el equilibrio frente al balanceo.

Aunque su mirada permanecía impasible, sus exuberantes labios dibujaban un tirante rictus temeroso.

Dejé que mis ojos volaran lentamente por su melena iluminada por el sol, por la enorme distracción que suponían las curvas de su cuerpo en aquel vestido y por la expresión afilada como un cuchillo de su mirada.

Dioses benditos, lo había sabido desde la primera vez que la había visto.

Lo que sentía por ella era inevitable. Obra del destino.

—Te odiarás por esto, Theo —dijo al final en voz baja—. Puede que incluso acabes odiándome a mí también.

Respondí con un gruñido, porque aquello era imposible.

—Me odiaría todavía más si me quedara de brazos cruzados y dejara que te me escaparas entre los dedos.

Solo por ella estaría dispuesto a soltarme de la cuerda de seguridad a la que me aferraba y a encomendarme a los dioses para nadar entre las olas embravecidas.

Fue un proceso lento, pero terminó aceptando las circunstancias. Sus ojos del color de la miel recorrieron mi rostro, tirantes por el miedo. Pero acabó dejando caer los hombros, y la tensión abandonó sus músculos. Soltó una brusca exhalación haciendo un puchero.

Una ola de nervios, de emoción o quizá de una inexplicable mezcla de ambos me atravesó en ese momento.

—Bien. —Señalé el canapé con una sacudida de la cabeza—. Ven a sentarte sobre mi regazo, maga —le dije con una media sonrisa—, y enséñame un hechizo.