24. Imogen #4
La maga sibila me interrumpió con una siniestra carcajada.
—Algo huele mal… O él está jugando contigo o tú intentas engañarme a mí.
Volví a oír aquel rumor similar a un correteo, pero se interrumpió enseguida y sacudió toda la estancia.
Theodore dio un paso adelante habiendo adoptado de nuevo su actitud regia.
—Nadie intenta engañarte, maga. Y no estoy jugando con ella. Solo le ocultaba mi verdadera identidad para asegurarme de que su interés no estaba ligado a mi corona, al poder o a las riquezas.
Se sucedió un silencio aterrador antes de que la maga sibila resoplara.
—Vuestro abuelo también era un romántico empedernido, majestad. Dame tu sangre, chiquilla, para prepararte tu poción.
Me agaché ante ella una vez que me hube armado de valor.
Tras su cuerpo descansaba un pequeño cuenco tallado en hueso que presentaba una mancha de color marrón en su fondo, resultado, suponía, de haber albergado sangre para profecías y pociones durante siglos.
Sin embargo, como todo cuanto había en aquella torre, también estaba cubierto por una densa capa de polvo.
—¿Dónde? —le pregunté—. ¿Dónde la vierto?
—En ese paño —respondió con su diminuta vocecilla.
Se refería al viejo paño de muselina que envolvía su cuerpo decrépito.
Estaba tan sucio que recordaba al cuero en algunas zonas por el tono marrón oscuro y uniforme que presentaba.
Cogí la daga de Theodore y me hice un pequeño corte en la punta de un dedo.
Luego apreté y apreté hasta que unas cuantas gotas cayeron sobre la tela, cerca de su cabeza.
Retrocedí de inmediato para presionar mi cuerpo tembloroso contra el de Theodore en un intento de conservar el poco valor que me quedaba.
La muselina comenzó a moverse allí donde mi sangre había caído; se onduló y se plegó conforme se arrastraba en dirección a la boca de la maga sibila.
Me quedé sin aliento. No, no, no. No debía probarla.
Se suponía que tenía que añadirla a la poción.
En cuanto entró en contacto con su boca, en cuanto sus labios quedaron manchados del rojo brillante de mi sangre, su diminuto cuerpo marchito se meció de lado a lado.
Lo comprendió todo al instante. Dejó escapar un gritito seguido de un ronroneo impetuoso, tan sensual como entusiasmado.
—Por la muerte de todos los dioses… —Rio triunfante—. Un pajarito perdido ha entrado en mi torre.
Di un amplio paso atrás, hacia la puerta, al tiempo que me daba un vuelco el estómago. No me cabía duda de que había debido de saborear el poder de mi madre y el vínculo que compartía con Eusia en aquellas pocas gotas.
—Dame la poción que me corresponde.
—Lo consiguió —dijo la maga sibila, maravillada. La imagen que tenía de mí se transformó repentinamente en una digna de inmensa admiración. Sus siguientes palabras escaparon de su boca como un torrente imparable—. Eusia forjó un vínculo. Se convirtió en diosa, reina y maga.
Diosa. Reina. Maga.
Negué con la cabeza. Me había puesto los pelos de punta.
—¿Qué consiguió?
—Completar su poder —explicó ella como si yo fuera tonta—.
Ningún ser viviente en todo Leucosia ha poseído un poder así.
Era lo que los grandes dioses, no conformes con su situación, buscaban cuando decidieron convertirse en reyes y reinas.
Ese fue el motivo por el que Eusia destronó a Ligea, porque su magia no era suficiente para ella.
Tampoco le bastaba con tener una corona sobre la cabeza o sangre divina corriendo por sus venas. Necesitaba las tres cosas.
¿Para qué? Me mordí la lengua antes de formular aquella pregunta en voz alta.
—Y yo las tengo —dije en cambio.
El aire alrededor de la maga sibila pareció crepitar. Aquellos espeluznantes arañazos y correteos que se oían por toda la estancia se incrementaron.
—¿Tú? Tú no eres ninguna maga…
—Lo soy. —Corregí mi postura con una renovada seguridad en mí misma—.
Llevo utilizando la magia desde que era una niña y ahora lanzo hechizos como la maga sibila de los reinos que están bajo mi mando.
Tengo visiones. Soy la legítima reina de Antemusa y Seraf y la hija de la diosa que Eusia nos arrebató.
No es ella quien posee el poder de este mundo en todas sus facetas, sino yo.
Los sonidos que inundaban la estancia se volvieron desenfrenados y el hormigueo que me recorrió la piel me alertó del peligro.
Theodore, que permanecía a mi espalda, me agarró con firmeza de la muñeca, como si estuviera listo para echar a correr y arrastrarme con él.
Sin embargo, por una vez en mi vida, me negaba a huir.
Por muy aterradoras que fueran la maga sibila y sus amenazas, no abandonaría aquella torre sin mi pócima.
—No eres más que un recipiente, chiquilla. El poder ha caído sobre ti como la lluvia. No le llegas ni a la suela de los zapatos a Eusia. —El alboroto creció y creció—. ¿Por qué has acudido a mí, hija de Ligea? Responde ahora mismo.
—He venido a por una poción —insistí tratando de mantenerme firme ante sus palabras.
Capté el momento exacto en que comprendió mi plan. Una risa sinuosa escapó de su maltrecho cuerpo.
—Vaya, vaya. Me temo que una simple poción no bastará para deshacer lo que Eusia ha construido. —La devoción que destilaba su voz gangosa era profunda y sincera.
—Lo sé —repliqué—. Ahora, dame lo que he pagado.
Los correteos se intensificaron aún más, se volvieron más nítidos, hasta que algo llamó mi atención en la pared envuelta en sombras que se alzaba tras la maga.
Lo que había confundido con un muro de piedra irregular hasta ese momento ahora se mecía y reptaba.
Comprendí que casi todas las superficies de la torre estaban cubiertas por una delgada capa de insectos cubiertos de polvo y que todos ellos habían empezado a moverse al unísono.
Había polillas, gusanos y escarabajos. Criaturas que se arrastraban y que yo no sabía identificar se movían por las paredes, por las estanterías y las cajas, por los fardos de tela y las pilas de libros. Y todos avanzaban hacia nosotros.
—Imogen —me advirtió Theodore en un hilo de voz a la vez que me agarraba del brazo.
Pero yo había adoptado una determinación tan férrea como el metal. Me sentía insondable y segura ante la consumida maga sibila.
Me zafé de Theodore de un tirón e invoqué mi poder sin pensármelo dos veces para que creciera en mi vientre.
Me resultó tan sencillo como respirar. El poder me inundó el pecho, creció en mi garganta y escapó de mi interior como una flecha ardiente.
Noté que mi canto silencioso atravesaba a la maga sibila y, un segundo más tarde, todos los insectos que se cernían sobre nosotros desde todas direcciones se detuvieron.
La maga sufrió una sacudida. Su caja torácica dejó de moverse.
—Traedme mi pócima —ordené.
Un enjambre de insectos voló hasta una de las estanterías cubiertas de telarañas.
Los frasquitos repiquetearon, pero no esperé a que los trajeran hasta mí.
Los bichos crujieron bajo mis botas cuando me acerqué a la estantería.
Cogí la pócima que había comprado, pero no me detuve ahí, sino que afané varios puñados de botellitas de cristal con etiquetas amarillentas.
Theodore apareció a mi lado y se metió tantas pociones como pudo en los bolsillos.
Echó un vistazo a la maga sibila, que había empezado a sufrir espasmos.
—Está muriendo.
—Lo sé.
Ya casi había dejado el estante vacío, así que pasé al siguiente. Sin embargo, Theodore me agarró del brazo y me obligó a mirarlo a los ojos. Ladeó la cabeza en un gesto que me hizo sentir comprendida y desafiada al mismo tiempo.
—¿De verdad necesitas todo esto?
En mi arrebato me sentía imparable y tan furiosa que estuve a punto de decirle que sí, que lo necesitaba todo. Pero su expresión me detuvo. Él me había permitido salvarlo de los remordimientos al decidir perdonarle la vida a Eftan. Y ahora yo estaba en posición de dejar que hiciera lo mismo por mí.
Coloqué los frasquitos que sostenía de nuevo en la estantería.
—Vámonos.
Theodore me rodeó con un brazo y se aseguró de no perder de vista a la maga sibila mientras me conducía hacia la puerta.
—Libérala de tu canto.
Pero yo ya me sentía atenazada por el frío que me consumía cada vez que Eusia se hacía con el control de mi poder. Era como si la sangre hubiera abandonado por completo mis extremidades.
—No puedo —admití algo avergonzada—. Tendrás que dejarme inconsciente para pararlo.
Se le desencajó la mirada. Contempló a la maga sibila, que sufría unos terribles estremecimientos, y luego volvió a posar sus ojos en mí. Se negó en redondo con una firme sacudida de la cabeza.
Ambos dimos un respingo al oír que la maga sibila hablaba en un ronco hilo de voz:
—Esta ofrenda le entrego a la arena. Esta ofrenda le brindo al mar. Óyeme, escúchame. Purifica las aguas por mí.
Theodore me arrastró hacia la puerta, y la estancia entera cobró vida conforme las criaturas recuperaban la movilidad y corrían hacia el cuerpo de la maga.
—¿Cómo va a…? Esa es la oración que se entona durante las ofrendas. Necesita estar cerca del mar para que Eusia la reciba…
Theodore bajó por la escalera sin dejar de tirar de mí.
—Eusia encontrará la manera de llevarla hasta el agua, Imogen. Pedazo a pedazo, seguramente.
Cuando llegamos al primer rellano, un brusco y agudo alarido resonó desde lo alto de la torre.
Después, lo único que se oyó fue el estruendoso correteo de los insectos.