La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 24. Imogen #3
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24. Imogen #3

—¿Qué ha sido eso?

Theodore, que también se había quedado inmóvil, respondió en un temeroso susurro:

—No lo sé.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando retomamos nuestro ascenso.

—Putas magas de las narices —refunfuñé.

Después de unos cuantos tramos de escalones más, por fin vimos un intenso haz de luz que atravesaba la oscuridad por encima de nuestras cabezas.

Llegamos a un pequeño rellano dispuesto ante una puerta más estrecha de lo normal.

Las seis ventanas que se abrían allí no eran más que unas delgadas rendijas en la pared, abiertas toscamente con un martillo y un cincel.

Nos detuvimos un momento, uno al lado del otro, y Theo­dore me cogió la mano.

—No me dejes fuera esta vez.

El miedo se cernió como una sombra sobre mí; no pensaba entrar ahí sola ni loca.

—Prometido.

Llamé con dos rápidos golpes a la puerta. Las orejas me pitaban en el silencio mientras esperábamos, hasta que la puerta se abrió sola con un espeluznante chirrido metálico que desgarró el aire polvoriento.

Theodore fue el primero en cruzar el umbral, aunque tuvo que hacerlo de lado para caber por el hueco.

Yo lo seguí con las piernas temblorosas.

La estancia circular permanecía en silencio y envuelta en sombras, pues la intensa luz del sol apenas conseguía colarse por el cristal sucio y ondulado de sus tres ventanales.

Parecía abandonada, aunque el suelo de madera irregular estaba abarrotado de libros viejos y cajas.

Las estanterías que había en el extremo opuesto de la estancia estaban abarrotadas de botellitas y cubiertas por una espesa capa de telarañas.

Levanté la vista hasta las vigas del techo y me estremecí al ver unos grandes huevos de araña blancos colgando como frutas maduras de las ramas de un árbol.

Me disponía a acercarme a las estanterías cuando el sonido de una inhalación voló por la estancia. Fue una bocanada profunda y cuidadosa, como si la persona que la había tomado estuviera olfateando el aire.

—¿Una visitante? —preguntó la voz dulce de una joven, con un tono tan resplandeciente como la luz del sol que luchaba por colarse por los ventanales.

Enterré los dedos en el brazo de Theodore.

—S-sí. —Tragué saliva con fuerza—. Dos, en realidad.

—Lo sé. —En el tono de la joven se intuía una sonrisa afilada.

—Ah. —Cambié ligeramente de posición, pero Theodore se había quedado quieto como una estatua—. He… he venido a buscar una pócima de la escisión —expliqué—, aunque tal vez ya lo sabías.

Oí un susurro proveniente del centro de la habitación y pensé en las enredaderas de Rohana, pero en aquella estancia polvorienta no había ni rastro de vegetación viva o muerta.

—¿Cómo iba a saberlo? —dijo exasperada—. No sabré lo que te pasa por la cabeza hasta que me dejes entrar en ella.

Sentí un tirón de nerviosismo en el pecho, como si estuviera enganchada a un cable de arrastre.

—Antes de comenzar, he de preguntarte si eres consciente del coste de lo que me pides.

—Ah, pues… —Me temblaban las manos—. Según tengo entendido, necesitarás una gota de mi sangre para la poción y, como pago, un pedazo de carne y un mechón de pelo.

—¡Vaya, vaya! —exclamó, divertida—. Veo que ya has visitado a Rohana. Qué curioso.

Theodore se puso todavía más tenso, y a mí me dio un vuelco el estómago. Mi plan se estaba desmoronando incluso antes de ponerlo en práctica.

—No creo que sea tan curioso —dije con tono despreocupado—. Fui a pedirle una profecía estando en Varya hace años. Ha sido esa misma profecía la que me ha traído hasta ti.

Oí otro susurro.

—¿Y qué decía?

Erguí la espalda tratando de obligarme a sonar todavía más segura de mis palabras.

—Que mi vínculo de sangre solo me traería desgracias.

La maga sibila dejó escapar una risita melódica como una campanilla.

—Y, dado que buscas una pócima de la escisión, entiendo que estaba en lo cierto. —Volvió a respirar hondo—. ¿El hombre que te acompaña es con quien estás vinculada?

—No. —Di otro paso arrastrando prácticamente a Theodore conmigo, en dirección a la zona de donde brotaba su voz—. Él es con quien me quiero vincular una vez que sea libre.

—Vaya, veo que te enfrentas con gran valentía a los vínculos de sangre, sirena. Te advierto que los rituales de escisión son dolorosos. Algunas han muerto en el proceso.

—Eso he oído.

—¿Te encargarás de cuidar de ella? —le preguntó a Theodore, que dio un respingo al comprender que se dirigía a él.

—Sin reservas —dijo antes de farfullar—: si ella me lo permite, claro.

—Muy bien. Pues acércate. —Seguimos su voz hasta el centro de la estancia—. Necesitaré tu sangre para preparar la poción, pero a mí el pelo no me sirve de nada, así que te pediré un pedazo de carne y monedas como pago.

Nos acercamos a lo que parecía ser un fardo de telas viejas tirado ante una caja de madera y fue entonces cuando la vimos.

Se me escapó un sonoro jadeo. Efectivamente, era del tamaño de una niña.

Estaba tumbada sobre un costado, hecha un ovillo, y, aunque esperaba que no tuviera pelo y que sus ojos fueran grandes y lechosos, lo que me más impresionó fue…

su piel. Era como la vitela amarillenta, delgada, seca y quebradiza.

El exceso de piel que tenía bajo los ojos recordaba a las hojas caídas, agrietado y surcado de venas.

Estaba en los huesos. Alcancé a apreciar los detalles de las articulaciones de sus rodillas, sus nudillos protuberantes y la profunda hendidura del hueso que sobresalía de su cadera.

Estaba en peores condiciones que Rohana con diferencia.

De golpe, me vino a la mente algo que Nemea me dijo poco antes de morir: «Yacía hecha un ovillo en el suelo de su torre como un insecto moribundo. Fue ella quien me contó que había una manera de obtener poder sin tener que lidiar con las consecuencias. Me explicó cómo servir a Eusia».

Aquel recuerdo estuvo a punto de derribarme. Aquella era la maga sibila que había enviado a Nemea a Obelia. La maga que lo había animado a convertirse en un siervo de Eusia. Tardé un momento en encontrar la voz.

—No tengo dinero —me las arreglé para decir—, pero sí un collar de oro.

—Déjame verlo. —De pronto su voz sonaba gangosa, como si algo nadara en ella.

Miré a Theodore mientras me sacaba la larga cadena de debajo de la camisa tratando de esconder el anillo de espinela dentro del puño. Lo deslicé hacia el cierre y, al abrirlo, se lo pasé a Theodore discretamente.

Luego rodeé la caja junto a la que estaba tumbada la maga sibila con paso vacilante, aunque ella ni siquiera pestañeó.

De no haber sido por la ligera subida y bajada de sus costillas, habría pensado que me aproximaba a un cadáver muerto tiempo atrás.

Apenas me separaban dos palmos de ella cuando me arrodillé y dejé la cadena colgando ante su rostro.

—¿Servirá? —le pregunté.

—Hum. —Profirió un pequeño sonido atragantado—. ¿Y qué hay de ese encantador anillo que llevas en el dedo?

Me lo cubrí con la mano contraria y miré a Theodore una vez más. De pronto, la mera idea de separarme del anillo, de dejarlo en aquel lugar tan horrible, sabiendo lo mucho que significaba para Theodore, me partió el corazón.

—Fue un regalo del hombre al que amo —admití con una queda sinceridad—. No puedo desprenderme de él.

La maga se rio entre dientes.

—Está bien, chiquilla. La cadena bastará.

Despacio, en un espectáculo aterrador, a la maga sibila se le desencajó la mandíbula.

Fue tan espeluznante, tan antinatural y desconcertante, que tardé más tiempo del que debería en reparar en el grueso insecto de numerosas patas que escapó de su boca y trepó por sus labios.

Grité y caí hacia atrás cuando el insecto se enroscó alrededor de la cadena de oro y se retiró de nuevo al interior de las fauces abiertas de la maga sibila.

El susurro del metal al ser arrastrado por la criatura se me antojó ensordecedor, pero no pude apartar los ojos de ella hasta que el collar desapareció por completo de la vista.

Theodore se cernió sobre mí y me aupó con manos fuertes para ponerme de pie. Luego me estrechó entre sus brazos y tiró de mí hacia atrás mientras yo me aferraba a él esforzándome por controlar el ritmo de mis latidos.

—Bichos —siseé. Sabía que Milton de Della tenía el don de controlar la fauna, pero dioses benditos—. Joder, no habrá animales.

La maga sibila profirió otra carcajada cristalina. Saber que ese sonido escapaba de un cuerpo consumido hizo que fuera aún más estremecedora que la primera.

—Ahora, el pago en carne.

Theodore y yo intercambiamos una mirada. La expresión de su rostro dejó claro su mensaje: «¿Lo haces tú o lo hago yo?».

Mi sangre no me delataría, ya que la maga la mezclaría con la pócima de la escisión sin probarla, pero se comería el pago en carne. Sabiendo que era una seguidora de Eusia, concluí que lo más sensato sería evitar que descubriera mi verdadera identidad.

—Hazlo tú —articulé.

Theodore se soltó la daga del cinturón, se sacó la camisa de los pantalones y se hizo un diminuto corte en la piel tersa bajo el ombligo.

Luego tiró el pedacito de carne ante la maga sibila.

El mismo insecto que había salido reptando de su boca apareció para devorarlo y, tan pronto como la ofrenda desapareció tras sus labios, la maga ahogó una exclamación.

—Vaya, vaya, sabes a Panos. —Pronunció el nombre del antepasado de Theodore saboreándolo con tono empalagoso.

Él cuadró los hombros.

—Chiquilla —continuó dirigiéndose a mí—, ¿sabes con quién deseas vincularte?

Traté de mantener una actitud tan inocente como pude, empapando cada una de mis palabras con la misma ligereza que le había oído una vez emplear a una sirvienta enamorada en la trascocina.

—Con un buen hombre de Varya —dije—. Un sanador, según me ha dicho. Es un pariente muy lejano del gran dios Panos, pero yo no lo amo por eso. Juro que…

—Silencio, necia. Quieres vincularte con el nieto de Panos. Debes saber que estás ante el rey de Varya.

Ahogué una exclamación y me llevé una mano al pecho.

—Qué… No, yo…