La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 24. Imogen #2
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24. Imogen #2

—Bastará con que Lachlan informe a la persona que regente el establecimiento de que la compra corre a cuenta de la corona de Varya. Ya nos encargaremos de hacerle llegar el pago más adelante.

Lo dijo como si yo hubiera debido adivinar que una transacción así era posible. Como si mi ingenuidad fuera la cosa más irritante a la que había tenido que enfrentarse nunca.

—¿Y cómo dará de comer esa persona a su familia mientras tanto? ¿Cómo…?

—Vale —me interrumpió con voz profunda y disgustada—. Utiliza el anillo.

Estábamos a punto de alcanzar el muelle y no veía la hora de bajar del bote. Lachlan levantó una mano para mandarnos callar.

—En un afortunado giro de los acontecimientos, antes de abandonar el barco, hice el titánico esfuerzo de ir a hablar con Markis para que nos procurara unas cuantas monedas. —Me miró—. Así que tú guárdate los anillos. —Luego puso mala cara y se dirigió a Theo—. Y tú baja esos humos.

No sé qué fue lo que me llevo a hacerlo, pero volví a colgar de la cadena el anillo que Evander me había regalado y me puse el de Theo en el dedo anular con un resoplido.

El bote atracó y ­todos, incluidos los soldados, nos abrimos camino por los abarrotados muelles para adentrarnos en las calles todavía más abarrotadas de la ciudad.

Kardinia estaba dispuesta en un compacto círculo, de manera que las calles trazaban curvas rebosantes de edificios.

Lachlan y Agatha giraron a la izquierda y se perdieron entre la multitud, mientras que Theodore y yo continuamos lado a lado, rodeados de guardias.

Esquivamos a los dellaníes que caminaban a toda prisa y nos abrimos paso entre largas colas que no parecían tener ni principio ni final.

Casi todo el mundo vestía ropas de seda toscas pero de brillantes colores que fluían resplandecientes tras ellos.

En comparación con ellos, Theodore y yo parecíamos los últimos estertores del invierno en un paisaje primaveral.

De nuevo vestíamos el uniforme completo de la tripulación del Eleuthios, compuesto de pantalones negros, camisa blanca y casaca verde oscuro.

Lo miré de reojo y, si bien seguía de mal humor, no pude reprimir una sonrisilla.

A pesar de que no se había afeitado y de que el viento de la bahía le había revuelto el pelo, estaba claro que no era un marinero cualquiera.

Su actitud distaba mucho de la de un hombre de mar; era demasiado recta y refinada.

—Todavía se nota que eres un rey —le susurré, divertida.

Él continuó mirando al frente, pero se rascó la mejilla cubierta de barba incipiente.

—Mis soldados lucen mi sello en su coraza, Imogen. Todo este numerito tiene sus límites.

Recorrimos la calle larga y sinuosa. Empecé a verme abrumada por los olores, los sonidos y el calor, que se intensificaron y se volvieron opresivos. Me agarré al brazo de Theodore y me mantuve cerca de él.

—¿Con qué anillo habrías pagado? —me preguntó por fin.

Cerré la mano con más fuerza en torno a su brazo.

—No sabría decirte —respondí con tranquilidad—. Desconozco el valor de cada anillo y el coste de los vestidos. Sin embargo, pensando como una persona práctica y desesperada, te diré que habría pagado con el anillo que el vendedor hubiera estado dispuesto a aceptar.

Theodore gruñó y atravesó la calle en diagonal para conducirme hasta un callejón estrecho.

—Vigilad esta entrada —les ordenó a sus guardias una vez que nos hubimos adentrado en él.

Luego me llevó hasta un zaguán envuelto en sombras, me pegó contra la pared de yeso y me enganchó la cinturilla de los pantalones para inmovilizarme.

—El mío es más valioso —dijo cerniéndose sobre mí—.

Le pedí al joyero un anillo que fuera del color de tus ojos y que tuviera un precio superior al de una espinela obelina, porque todavía me mata de celos pensar que esa rata inmunda del capitán tuviera el honor de considerarse tu prometido durante un tiempo, por muy breve que fuera, mientras que yo, para poder tocarte solo por un momento, me veo obligado a arrastrarte hasta un callejón sucio como este.

Pese a lo ilógicas que eran sus palabras, una ola de calor se extendió por mi cuerpo.

—Estuvimos casados durante un tiempo, Theo. Eso es más de lo que Evander y yo tuvimos.

Me deslizó los labios por la mejilla en dirección a la oreja.

—Te acuerdas, ¿verdad? —Inclinó la cabeza hacia mis labios—. Ya sabes lo avaricioso que soy cuando se trata de ti, así que eso no me vale.

Muy despacio, se agachó para besarme. Fue un roce simple e indulgente. Y, aunque solo se tocaron nuestros labios, mis músculos y mi respiración se ondularon como el aire en un día caluroso.

Aquella era la primera vez que nos quedábamos solos desde la noche en la red, cuando me había vuelto loca besándome el cuello y los pechos.

Habíamos regresado a toda prisa al camarote al oír que la tripulación se acercaba al bauprés y, entre que los camarotes estaban abarrotados, que habíamos tenido que vigilar a Halla y que todos habíamos estado preocupados por el bienestar de Agatha, en los tres días siguientes no habíamos tenido ni un solo momento de privacidad.

—No hemos venido aquí a esto —le recordé sonriendo entre cada beso apasionado.

—Lo sé. —Me inclinó la cabeza hacia atrás y profundizó el beso.

Ahora que por fin estábamos solos, mi deseo era tan poderoso como mi necesidad de comer, beber y respirar. Enterré los dedos entre sus espesos mechones y correspondí a sus fervientes atenciones con las mías. Al fin y al cabo, no sabía cuándo volveríamos a tener una oportunidad así.

Un sonido de aprobación retumbó en su pecho y sus labios cálidos encontraron mi mandíbula, una de las comisuras de mi boca y mi cuello. Buscó la cinturilla de mis pantalones con ambas manos y tiró de ella con frustración.

Dejé caer la cabeza contra la pared y gruñí.

—Debería haberme puesto un vestido.

—Para mí eres sagrada, Imogen —dijo con una pizca de diversión en la voz—, pero me temo que en ese caso no habría tenido problema en profanarte contra la pared de este callejón sucio.

Cuando se disponía a darme otro beso, alguien llamó nuestra atención carraspeando con timidez.

Uno de los guardias de Theodore se encontraba ante la entrada del zaguán con la vista clavada en el suelo y la espada en la mano.

—Disculpadme, majestades. —Se oyó un griterío en la calle principal—. Tenemos que seguir adelante.

Theodore estiró el cuello, manteniéndome oculta tras su cuerpo, para ver qué estaba ocurriendo.

—¿Qué pasa?

—Es el primer día de elecciones en Della, majestad.

Parece que solo es un altercado, pero cada vez hay más gente…

—El resto de los guardias entraron en el callejón con las espadas en ristre y nos guiaron en dirección opuesta a la calle—.

Este camino será más seguro —explicó el hombre enseñándome sus enormes dientes en una sonrisa tranquilizadora—. Y más rápido.

Y tenía razón. En un abrir y cerrar de ojos, llegamos al núcleo de aquella ciudad vibrante y caótica, donde se alzaba una antiquísima torre torcida de piedra desgastada y techumbre de paja ennegrecida.

Los guardias nos hicieron cruzar la puerta maltrecha para entrar en un pequeño vestíbulo desnudo e iluminado por una única lámpara de aceite, que conducía a una estrecha escalera de peldaños peligrosamente empinados.

El guardia recorrió la pequeña estancia con suspicacia.

—¿Queréis que os acompañemos, majestades?

Theodore y yo negamos con la cabeza al unísono.

—No tardaremos mucho —respondió Theodore.

El guardia nos miró con severidad antes de apostarse al pie de la escalera.

—Más os vale, mi rey. Estaremos atentos a vuestra llamada. En cuanto acabéis, regresaremos directos al barco.

Me empezaron a sudar las manos tan pronto como subimos por la escalera.

El aire en la torre estaba viciado y era seco.

Nos detuvimos en el primer rellano para dejar que nuestros ojos se adaptaran a la oscuridad.

Allí tampoco había nada más que paredes desnudas, suelos desgastados y una ventana tapiada por la que se colaba un finísimo haz de luz.

Lo único que iluminaba eran las nubes de polvo que flotaban en el ambiente.

Retomamos nuestro ascenso con cuidado, aguzando el oído, pero la torre estaba sumida en una incómoda quietud. El edificio entero daba la sensación de estar abandonado, igual que los trastos viejos y olvidados transmiten una perturbadora soledad.

—¿Los dellaníes no vienen aquí? —susurré—. Parece que nadie pone un pie en este lugar desde hace años.

Theodore me condujo hasta el siguiente rellano.

—Nadie visita a las magas sibilas a no ser que sea estrictamente necesario.

Cierto era que la magia y el precio que había que pagar por ella eran terribles, pero yo siempre había pensado que tendría su utilidad para los leucosianos de a pie.

A fin de cuentas, era capaz de lograr hazañas que escapaban al poder de los dioses.

Era una pena que el horror de las magas sibila supusiera un obstáculo para quienes se beneficiarían de recurrir a su ayuda.

Al llegar a lo alto de la escalera, miré a Theodore y tiré de él para que se detuviera.

—Quítate la casaca.

Sus dedos volaron de inmediato al botón superior.

—¿Quieres…? ¿Aquí?

—Dioses benditos. —Le di un empujón en el hombro—. ¡No! Llamas… demasiado la atención.

Empecé a desabrocharle los botones de latón de la chaqueta a toda prisa, y él se la quitó con gesto alicaído.

—Imogen, va a acabar averiguando quién soy.

—Es posible. —Le revolví el pelo un poco más y le abrí el primer botón de la amplia camisa—.

Pero no nos conviene que lo sepa tan pronto como cruces esa puerta.

—Di un paso atrás para echarle un buen vistazo.

Ahora su apariencia no era tan llamativa, pero seguía manteniendo una postura devastadora y magníficamente regia—.

Dioses, Theo, ¿no puedes encorvarte un poco?

Se esforzó por dejar caer los hombros y hundir el pecho, pero entonces oímos un sonoro rumor correr por la escalera, como el del viento al sacudir la madera.

Me detuve en seco.