24. Imogen
Imogen
E l día en que el Eleuthios por fin se adentró en las pálidas aguas de Della, el sol brillaba y el cielo estaba despejado.
La isla principal era una extensión de colinas verdes.
Desde el barco, se atisbaban algunas cabañas repartidas aquí y allá como puntitos blancos, rodeadas de amplios terrenos y rebaños que deambulaban sueltos.
Me agarré a la barandilla, acompañada de la silenciosa presencia de Agatha, y pensé en la primera vez que había visto Varya.
En comparación con sus paisajes verdes y floridos y sus densos grupos de casas de piedra blanca, Della casi parecía desierta.
La mayor parte de sus coloridos edificios se concentraban junto al límite del puerto, donde las mercancías iban y venían.
Sin embargo, no teníamos intención de atracar en la isla principal; nos dirigíamos hacia Kardinia, una isla más pequeña ubicada al norte, donde casi todos los ciudadanos dellaníes (así como su maga sibila) residían.
Conforme el barco se acercaba a Kardinia y al puerto de Temis, desgarrando las aguas tranquilas como el filo de una espada, aproveché para admirar las discretas casitas de ladrillo y madera.
Una enorme estatua del gran dios Milton, conocido por su don para controlar a las bestias, se alzaba ante la entrada del puerto.
Entorné los ojos para apreciar los detalles de la efigie de piedra.
No alcanzaba a verla bien desde donde me encontraba, pero sabía que sostenía gusanos de seda en su mano extendida y que la liebre con la que cargaba bajo el brazo estaba envuelta en la famosa seda que producían.
Recordaba que la distribución de la isla estaba pensada para respetar el hábitat de sus animales.
Sus amplios paisajes habían sufrido alteraciones mínimas y la mayoría de sus habitantes se dedicaban a la agricultura, al pastoreo o a la producción de seda.
Me incliné hacia Agatha, que tenía la mirada clavada en la ciudad a la que nos aproximábamos. Era la primera vez que conseguía sacarla de su camarote durante el día, pues había estado pasando la mayor parte del tiempo dormida.
—¿No me vas a contestar?
—Está bien. —Resopló y, a regañadientes, dijo—: La maga sibila vive en la torre que se encuentra en el mismísimo centro de la ciudad. Es el edificio más alto y el más antiguo.
Escudriñé el perfil de la ciudad en busca de la torre que mencionaba, pero no alcanzaba a ver más que un cúmulo homogéneo de tejados.
—¿Y construyeron todos esos edificios a su alrededor?
—Sí. —Me miró con mala cara desde debajo del sombrero de ala ancha que llevaba—. No me gusta nada lo que planeas hacer, Imogen. Le has perdido el miedo a la magia y no estás actuando con cabeza. Es una idea totalmente absurda.
—Ha sido cosa de Theo.
Enarcó sus cejas oscuras y su expresión me recordó tanto a su antiguo yo que me hizo sonreír.
—Dioses santos, Theo. —Echó un vistazo por encima del hombro—. ¿Dónde está? Quiero llamarlo idiota a la cara.
Entrelacé un brazo con el suyo y la sujeté con fuerza.
—No tengo ni el tiempo ni los conocimientos necesarios para preparar una poción. No hay otra alternativa.
Ella negó con la cabeza.
—Ya sé que no, pero necesito recordarte una vez más que no debes subestimar a las magas sibilas. ¿Te crees que no se olerá tus mentiras cuando te inventes una historia para pedirle una poción? ¿O que no reconocerá tu sangre divina cuando se la ofrezcas?
—Tendré… Tendremos todo el cuidado del mundo. Te lo prometo. —Y lo decía en serio. Le di un tirón del brazo para tranquilizarla y demostrarle que agradecía que se preocupara tanto por mí—. Eso sí, necesitaré que me cuentes todo lo que sepas sobre la maga de Della.
Dejó escapar un suspiro largo y afligido.
—Si no recuerdo mal, es la maga sibila más joven de Leucosia. —Me lanzó una mirada furiosa—. Sin contar contigo, claro. Es de ascendencia dellaní y, por lo que he oído, es la maga más temida de todas por su «inestabilidad mental».
Me dio un vuelco el corazón.
—¿Habrá sido la magia lo que le ha hecho perder la cabeza?
Me pregunté si yo acabaría igual con el tiempo.
—Lo más seguro es que haya sido por el aislamiento. —Habló como si su mente estuviera en otra parte—. O por el dolor.
Casi cualquiera habría sucumbido a la locura al llevar la vida de una maga sibila.
En mi caso, me veía capaz de lidiar con el aislamiento y el dolor, pero temía que lo que me consumiera fuera la sed, esa remota insistencia que me azuzaba como un dedo dándome golpecitos en el hombro para reclamar mi atención.
Contemplé la resplandeciente superficie de la bahía sumida en mis pensamientos hasta que su brillo se volvió repentinamente cegador.
Gruñí cuando un fogonazo de luz blanca estalló tras mis párpados.
Una cacofonía de sensaciones me cubrió como el velo de una novia y tuve que agarrarme a la barandilla del barco con tanta fuerza que se me hizo doloroso.
Oía a Agatha llamándome, pero su voz sonaba distorsionada, como si tuviera la boca llena de agua.
Dejé que la visión me arrastrara.
La sangre me empapaba la lengua. Estaba sumergida en un líquido caliente y resbaladizo, como el agua del estanque de Eusia, pero dentro de unos muros mucho más estrechos.
Me golpeé los codos con su dura superficie.
El cansancio tiraba de mí, entorpecía mis movimientos, pero notaba el estómago lleno.
Me retorcí y me golpeé las rodillas. Frustrada, bajé la vista hasta mi cuerpo y, para mi sorpresa, descubrí que no tenía rodillas.
La parte inferior de mi cuerpo estaba cubierta de escamas azules y rojas.
Mis piernas se habían alargado de una forma antinatural y estaban unidas por una membrana, igual que las de la nekgya que había emergido de las profundidades ante mi llamada.
Antes de que tuviera oportunidad de examinarlas de cerca, levanté la vista para contemplar un cielo plomizo y unas resplandecientes velas blancas.
En lo alto del palo mayor, ondeaba bajo el azote del viento la bandera color azul oscuro de Obelia.
Escapé de la visión tan pronto como me vi catapultada a ella. Ahora solo sentía la brisa cálida que soplaba por la bahía; solo veía el cielo despejado y azul.
—¿Qué te ha pasado? —me preguntó Agatha agarrándome del brazo.
—He visto… —Me estremecí ante el sabor de la sangre fresca—. Es justo lo que sospechábamos. Eusia va de camino a Obelia en el barco de la emperatriz.
Agatha se quedó muy quieta mientras observaba mis ojos blancos.
—Dioses santos, Imogen. —Su rostro perdió el poco color que había recuperado—. ¿Has tenido una visión?
—Sí.
La tripulación ya estaba echando el ancla y preparando un bote para Theodore, unos cuantos guardias y yo. Se me retorció el estómago por los nervios.
—Ven con nosotros.
Agatha volvió la cabeza para mirarme y agitó la mano.
—No, os esperaré descansando.
—No puedes pasar otro día entero sola en la oscuridad de tu camarote —insistí—. Ven a tierra firme con nosotros. Necesitamos ropa, así que puedes bajar a comprarnos algún vestido.
Miró el bote antes de volver a posar los ojos en mí con cautela. Se tocó el ala del sombrero, cohibida por su apariencia, pero yo le cogí la mano y le ofrecí una sonrisa amable.
—No va a pasar nada. Por favor, ven con nosotros.
Te dejaré que me elijas el vestido que quieras y no rechistaré —bromeé y, aunque tardó un buen rato, por fin me dio un apretón en la mano para mostrarse de acuerdo—.
Maravilloso. —Recorrí la cubierta con la mirada en busca de Theodore—.
Vamos a buscar al rey. Echarle un buen rapapolvo te subirá todavía más el ánimo.
Agatha rio entre dientes mientras nos acercábamos al bote y, a pesar de que se aferraba con fuerza a mi mano, una pequeña sonrisa (la primera que le había visto esbozar desde que la habíamos encontrado) se adueñó de sus labios.
Cuatro soldados remaron por las aguas danzantes de la bahía para llevarnos hasta los abarrotados muelles. Agatha, que había perdido hacía ya un buen rato su pequeña sonrisa, permanecía muy recta, con la mirada clavada en las olas.
—¿Qué tipo de vestidos tienes pensado comprar? —le pregunté para tratar de mantenerla alejada del rincón oscuro de su mente al que se hubiera retraído.
—Alguno de color gris neblinoso.
Miré a Theodore, que estaba sentado a mi lado, y luego a Lachlan, quien encontró mis ojos con expresión incierta.
—Anda, ¿y eso por qué?
—Para que, cuando me reencuentre con la emperatriz… —hizo una pausa tras hablar con voz frágil por el miedo, con la respiración entrecortada—, piense que soy una siniestra aparición llegada para atormentarla y hacerle pagar por sus actos.
—Ah.
Lachlan respiró hondo y, aunque era evidente que estaba preocupado por ella, asintió suavemente.
—Si quieres darle un buen susto, creo que un velo sería la guinda del pastel.
Me saqué la cadena de oro que llevaba bajo la camisa y me la desabroché para sacar los anillos. Repiquetearon en mi mano al ofrecérselos a Agatha, uno dorado como el sol y otro gris como la tormenta.
—Supongo que te bastará con uno de estos para comprar vestidos y ropa interior, pero llévate los dos por si acaso. No sé cuánto valdrá la seda dellaní.
A mi lado, Theodore se puso tan rígido que bien podría haberse convertido en piedra. Tanto Agatha como Lachlan se quedaron callados al notar su repentino cambio de actitud. Yo lo miré despacio, con cautela, y, al encontrar su mirada iracunda, una pequeña punzada de miedo me atravesó el pecho.
—¿Qué pasa? —le pregunté en un susurro ronco.
Él bajó la mirada a los anillos antes de volver a encontrar la mía.
—No… Ah. No era mi intención ofenderte, es que no tengo nada más de valor.
Se le crispó la mandíbula.
—Yo tengo dinero, Imogen, y está a tu disposición.
Cerré el puño en torno a los anillos y hablé apretando los dientes:
—Ya, bueno, te lo agradezco, pero no creo que lleves nada encima, ¿verdad? ¿Cómo esperas que paguemos por la ropa?