La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 23. Imogen #2
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23. Imogen #2

Hacía frío, el viento era favorable y las aguas permanecían tranquilas, por lo que solo había unos pocos miembros de la tripulación trabajando.

Pensaba que trataríamos de pasar desapercibidos, pero Theodore cruzó por el medio de la cubierta, con la cabeza bien alta, en dirección a la escalera de cuerda que conducía al castillo de proa.

Una vez arriba, señaló la red extendida bajo el bauprés con un asentimiento.

—Tú primero.

El palpitar de mi vientre se había convertido en un compañero temperamental, familiar pero tan peligroso como siempre.

Ahora que lo tenía más controlado, ya no me generaba tanta desconfianza, pero me sentía más débil en el mar que en tierra firme.

El aire salado avivaba sus llamas y no estaba segura de ser capaz de extinguirlas del todo.

—¿Y si…?

Una sonrisa le curvó los labios y sacó su hoyuelo a relucir.

—¿De verdad crees que desperdiciaría la oportunidad de atarte? Ya he dejado algo de cuerda ahí abajo.

Trepamos por la barandilla y nos acomodamos en la red mientras la proa subía y bajaba como el pecho de una bestia descomunal al respirar.

El aire de la noche me azotó las mejillas.

Theodore se sentó más cerca de mí en aquella ocasión y colgó el farol de un pequeño gancho que él mismo debía de haber apuntalado al bauprés.

La irritación que había despertado en mí la primera vez que habíamos estado allí hacía tiempo que se había disipado, pero la realidad era que apenas había cambiado nada desde entonces.

Todavía no teníamos forma de estar juntos ni de garantizar que pudiera acabar con Eusia sin morir yo también en el intento.

Entonces me había obligado a mantener las distancias con él, pero ahora el miedo y la incertidumbre me hacían ansiar disfrutar tanto de él como pudiera.

En silencio, pensativo, con el viento revolviéndole el cabello oscuro, Theodore levantó la cuerda.

—Dame las manos.

Yo las levanté y quedé cautivada por la languidez con la que se llevó una de ellas a los labios.

Me besó la yema de los dedos antes de atarme las muñecas con una angustiosa lentitud.

Con la respiración acelerada, bajé la vista a los libros que había traído consigo.

El título de cada uno de ellos resplandecía bajo la luz del farol.

El arte del hechizo. La poción de la maga. Profecías, sibilas y el poder de la determinación.

El hombre que una vez me había prohibido recurrir a la magia ahora estaba listo para ayudarme a aprender a utilizarla. Un torrente de emociones se derramó sobre mí y, al verme incapaz de poner en palabras lo que estaba sintiendo, le pregunté:

—¿Cuánto tiempo nos llevará llegar hasta Della?

Sus ojos verdes encontraron mi mirada, pero solo por un segundo. Me rodeó los dedos con la cuerda antes de darle un par de vueltas más alrededor de mis muñecas.

—Dos o tres días —dijo en un murmullo ronco—. Depende del viento.

Tras asegurarse de que el nudo aguantaba, se obligó a apartar las manos de mí. El barco cabeceó y nos zarandeó. Se sumió en sus pensamientos agarrándose las rodillas con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos. No estaba segura de cómo sacarlo de su propia cabeza.

—¿Cómo es? —le pregunté—. Della, quiero decir.

Me recorrió despacio el rostro, el cuello y la melena alborotada con la mirada. Era evidente que se había puesto unos grilletes imaginarios para controlar el impulso de acercarse.

—Kardinia es una isla abarrotada y sucia. —Hizo una larga pausa mientras recorría el borde de mis labios—. A mí me gusta más la otra isla, la más grande…, donde… donde los animales viven en libertad.

—Theo —le susurré, consciente de lo mal que lo estaba pasando—, puedes tocarme.

Las ataduras invisibles que lo inmovilizaban cayeron de golpe. Una lenta exhalación escapó de él. Trazó la forma de mis labios con la yema de un dedo antes de introducirlo en la calidez de mi boca. Con un suave gruñido, volvió a sacarlo y continuó hablando con voz estrangulada.

—Antes de dejar Varya, recibí una carta de lo más interesante.

—Sus caricias terriblemente delicadas me impedían concentrarme en sus palabras.

Deslizó los dedos hasta mi barbilla y luego los bajó por la parte delantera de mi cuello—.

La reina dellaní se está haciendo mayor y, en vez de nombrar un heredero, ha decidido convertir Della y Gos en una república.

—¿Qué? —exhalé.

Theodore asintió.

—Algunos países lejanos han instaurado ya con éxito un gobierno donde el poder está en manos del propio pueblo —explicó con voz ronca.

Me desabrochó el imperdible que me sujetaba la capa—.

Aunque no me quiero imaginar lo complicada que debió de ser la transición.

O la pesadilla que será lidiar con las personas que asciendan al gobierno sin preparación alguna.

Hice todo lo posible por sonar ofendida, pero la forma en que deslizaba la mano por la parte delantera de mi camisa lo convertía en una tarea imposible.

—Yo tampoco estoy preparada —repliqué a la defensiva. Quería creer que tanto ellos como yo podíamos aprender a ser grandes dirigentes—. No tengo nada que hacer a la cabeza de un reino.

Una sonrisa traviesa le curvó los labios.

—Me estás dando la razón.

Entonces me inclinó hacia atrás para tumbarme sobre la red. El peso de su cuerpo sobre mí me reconfortaba, pero su expresión se tornó fiera y hambrienta al colocarme las manos atadas por encima de la cabeza y proceder a desabrocharme los botones de la camisa.

Todo mi cuerpo prendió fuego, pero el golpeteo de mi vientre también se intensificó. Contuve el aliento al notar la presión que crecía en mi interior, al sentir el cosquilleo de mis alas ansiosas por desplegarse. Pero reprimí aquel impulso.

—Pensaba que me ibas a leer algo, Theo.

Él no tenía tanto autocontrol. Estaba desatado, presa de un deseo y un miedo incontrolables.

Me pasó los dedos por el pecho para abrirme la camisa con dulzura.

Luego me miró desde arriba durante un esplendoroso y prolongado momento, mientras las fuertes acometidas de las olas que rompían contra el casco del barco nos zarandeaban, hasta que por fin enganchó la tela que ­llevaba bajo la camisa y me la bajó para dejar uno de mis pechos al descubierto.

—Y eso voy a hacer —susurró.

La arruga de su frente se hizo más pronunciada al concentrar toda su atención en mi piel.

Agachó la cabeza y, al meterse mi seno en la boca, me hizo jadear y arquear la espalda.

Jugueteó con él, lo acarició suavemente con su lengua cálida y lo succionó con fuerza antes de soltarme.

Se incorporó para que quedáramos cara a cara, con nuestros labios a punto de rozarse, y me miró con una expresión desolada.

—La magia te va a apartar de mi lado, Imogen. —Su voz no era más que una exhalación suave contra mi boca—. Temo que mi destino sea perderte una y otra vez.

Estuve a punto de besarlo. De intentar que ambos nos perdiéramos en el otro para dejar de pensar.

Mi cuerpo se amoldó lentamente al suyo hasta que sus caderas quedaron acomodadas entre las mías.

Nuestras piernas se enredaron, noté su firme presión contra mi centro y, mientras me afanaba por tranquilizar mi respiración, busqué una forma de apaciguarlo, de demostrarle que la magia no me controlaría, que, una vez que derrotara a Eusia, no volvería a lanzar un solo hechizo.

Pero, por primera vez, temí que la magia se hubiera hecho un hueco en mi alma. Igual que él.

Theodore me agarró del pelo y tiró de mi cabeza hacia atrás al tiempo que buscaba mis labios con los suyos. El corazón se me aceleró, presa de una creciente sensación de pánico. Me había esforzado mucho por no desmoronarme y sabía que un beso lo echaría todo a perder.

—Theo… —dije para que se detuviera antes de acariciar su nariz con la mía—. Tú… tú siempre me dices cosas bonitas y yo nunca te he correspondido…

Se rio y su aliento cálido me hizo cosquillas en la boca.

—Immy…

—Escúchame —le pedí poniéndome seria—. Yo no soy tan elocuente como tú, aunque ese solo es un motivo de muchos. Como ya bien sospecharás, lo que más me frena es el miedo que siento.

Asintió.

—Sé que…

—No es ninguna tontería, Theo —lo interrumpí sacudiendo la cabeza con vehemencia—.

Mi miedo es como un creciente agujero negro que amenaza con engullirme.

—Apreté las piernas contra las suyas—.

Te deseo en cada sentido de la palabra. De todas las formas posibles.

Pero, da igual desde qué ángulo mire lo…

nuestro, no encuentro la forma de hacer que funcione.

—Imogen…

—Por favor, escúchame. Ahora los dos somos reyes. Dioses santos, cuando todo esto acabe, si es que sobrevivo, tendré que regresar a un reino donde mis súbditos me odiarán. Tendré que dedicar el resto de mis días a velar por ellos, muy lejos de ti, al otro lado del mar.

El viento sopló con fuerza a nuestro alrededor. Theodore me pasó los dedos por el pelo y me acarició la sien con el pulgar.

—Uniremos los dos reinos.

Aunque estaba peligrosamente cerca de acceder a todo lo que me propusiera, me mantuve firme.

—¿Así de simple?

Él asintió, pero algo en su expresión me decía…

que comprendía lo imposible que era todo aquello.

La cantidad de años y obstáculos que se interponían entre nosotros cada vez era más innegable.

Acabar con Eusia no nos permitiría disfrutar del pequeño y dulce placer de despertarnos al lado del otro cada mañana y de irnos a dormir juntos cada noche.

No nos aseguraría el tiempo ni la tranquilidad de los que tanto ansiábamos disponer.

Nos quedamos allí, rumiando en silencio nuestras circunstancias, cerca del otro para mantener el calor. Traté de acurrucarme más contra él, de presionar mi mejilla contra su cuello, pero me sujetó del pelo con más firmeza para impedírmelo.