23. Imogen
Imogen
Theodore se movía por el camarote con tal determinación que casi parecía un animal enjaulado.
Siempre se le había dado bien ocultar sus emociones, pero estas se habían vuelto demasiado agresivas, demasiado intensas como para poder negar su existencia.
Sus emociones eran una bestia y él, una jaula que, si bien era capaz de contenerlas, no podía hacer nada para impedir que sacudieran los barrotes y lucharan por liberarse.
Dejamos a Agatha sobre su cama mientras Theodore se acercaba al armarito de la pared decorada en oro y sacaba vino y unas cuantas copas. Lo dejó todo sobre la mesa y luego se dirigió apresuradamente a la puerta.
—¡Traednos comida! —bramó asomando la cabeza a cubierta—. ¡Y agua caliente para un baño!
Con eso, cerró de un portazo y echó la llave de nuevo.
Lachlan cogió una camisa del armario y, tras correr las cortinas del dosel de la cama para darle algo de privacidad, ayudó a Agatha a cambiarse.
Cuando se hubo despojado de la túnica ritual sucia que todavía llevaba puesta, Lachlan la tiró al suelo, donde aterrizó con un sonido húmedo.
Yo tuve la tentación de hacerla jirones, de prenderle fuego y lanzarla al mar.
Sin embargo, me acerqué a una de las ventanas de popa, escurrí los últimos restos de agua que empapaban la delgada tela y la doblé con cuidado. Mi intención era guardarla como prueba.
Theodore descorchó la botella sin decir nada y llenó las copas.
El sonoro repicar del ancla mientras la levaban inundó la quietud, y el barco comenzó a mecerse con suavidad.
Cuando Theodore por fin se dejó caer sobre el canapé con una copa de vino en la mano, estuve a punto de correr a su lado.
Quería borrar el ceño de su frente con un beso y rodearle el cuello con ambos brazos, pero sabía que le vendría bien tener algo de espacio.
Había visto la expresión de su rostro y la obstinación con la que había sostenido la espada. Había estado a punto de ejecutar a Eftan, y lo iba a hacer, al menos en parte, por mí.
Lachlan descorrió las cortinas de la cama y abandonó el colchón.
Theodore le ofreció una copa de vino en silencio, con la mirada perdida en la distancia, y el otro se dejó caer a su lado tras aceptarla.
Se la bebió casi de un trago. A veces olvidaba que se conocían desde hacía mucho, que debían de estar muy unidos tras años de camaradería, pruebas y entrenamiento.
Estudié a Agatha desde los pies de la cama; estaba tan acurrucada que se me encogía el corazón de dolor al verla. Al fijarme en las nuevas cicatrices blancas que salpicaban su cabeza rapada, presionada contra la mullida almohada, mi dolor se transformó en rabia. Rodeé la cama y me senté a su lado.
El barco crujió y se bamboleó mientras la contemplaba en silencio. Entonces levantó la cabeza, solo un poco, y me ofreció un adormilado amago de sonrisa.
—Deja de preocuparte por mí —dijo con voz ronca.
—No creo que pueda. —Le cubrí el hombro con la manta—. ¿Necesitas algo?
—¿Qué te acabo de decir? —insistió.
Pero le tembló la barbilla y, a pesar de tener los ojos cerrados, una lágrima escapó de entre sus negras pestañas y le cayó por la mejilla hasta empapar la seda blanca de la ropa de cama. Busqué su mano y se la estreché con fuerza.
—Lo siento muchísimo —susurré—. La emperatriz debería haberme llevado a mí en tu lugar. Nada de esto hubiera pasado si yo…
Agatha abrió los ojos.
—Para. —De pronto su voz era la siempre, toda colmillos afilados y acero, y una de las vueltas de cuerda que me estrangulaba el corazón se aflojó—. A ti no habría podido raptarte.
—¿Qué?
—Incluso yo supuse una amenaza para su barco y su tripulación —explicó—, y eso que apenas tengo poder.
Aunque me amordazaron, me las arreglé para ahogar a un buen puñado de marineros con un simple tarareo.
No estaban preparados para enfrentarse a una sirena.
No tenían cera con la que taparse los oídos ni experiencia alguna.
La emperatriz acabó apaleándome y obligándome a tomar pociones para mantenerme en un estado de semiinconsciencia y así protegerse de mi poder.
—Negó con la cabeza—. A ti ni siquiera habría podido subirte al barco.
—Pero si…
Me soltó la mano y me interrumpió con una sola mirada.
—No tengo fuerzas para esto, Imogen. Deja de sentirte culpable sin motivo. Insistes e insistes en cargar con más peso del que puedes soportar. Debes parar ya.
Nadie era capaz de hacerme sentir tan comprendida como Agatha. Nadie era capaz de dejarme tan al desnudo con unas pocas palabras como ella.
Desde el canapé, Theodore se mostró de acuerdo con un resoplido.
Traté de encontrar una manera de defenderme, pero no encontré ninguna y concluí que estaba demasiado cansada como para seguir esforzándome.
Tenía razón. Aunque solo unos cuantos faroles de luz débil iluminaban el camarote, Agatha debió de ver en mis ojos todo lo que me estaba pasando por la cabeza, porque me estrechó de nuevo la mano entre las suyas.
Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz más suave, ronca y lenta.
—Nunca alcanzarás tu objetivo si te dejas llevar por las dudas o la preocupación.
—Me acarició los nudillos con el pulgar y, en un susurro todavía más amable, añadió—: ¿No te das cuenta de lo cansada que estás?
Pronto podrás descansar. Lo sé. No es justo que tengas que luchar con uñas y dientes por conseguirlo, pero no queda otra.
Lo que te espera consumirá hasta tu última gota de energía, así que, por favor, por favor, deja de derrocharla en mí.
Subió y bajó el mentón y dio el tema por zanjado. Lo que no sabía era lo hondo que me había calado aquella orden tan sencilla y cortante. Su agarre en torno a mi mano se aflojó. Cada vez le pesaban más los párpados.
—Duerme un poco. Te despertaré cuando nos traigan la comida.
Enterró la cara en la almohada, pero levantó la cabeza de nuevo un segundo más tarde.
—¿Dónde está Lach?
Él se acercó en un abrir y cerrar de ojos.
—Aquí. Estoy aquí. —Retiró las sábanas, se tumbó a su lado y levantó la vista para mirarme con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Entonces, en uno de los susurros más estruendosos que había oído nunca, dijo—: Me ha elegido a mí antes que a ti.
Resoplé y le ofrecí una sonrisa. Cuando me disponía a retirarme, Lachlan me agarró del brazo y me dio un firme apretón. Luego articuló un silencioso «gracias» y me soltó rápidamente.
—Lo mismo digo —murmuré.
Cerré las cortinas del dosel, agradecida de que Agatha estuviera en un lugar caliente, a salvo y bien atendida, y me volví hacia el canapé.
Theodore seguía allí sentado, pero ahora me ofrecía con el brazo levantado una copa de vino.
Tenía uno de los libros de magia que había robado abierto sobre una rodilla, y sus ojos volaban por la página.
Me detuve un momento a observarlo.
—La ermitaña te va a moler a palos con su vara por haberle mojado el libro, ¿sabes?
Esbozó una media sonrisa y levantó el brazo todavía más.
—Bebe —me ordenó en voz baja y malhumorada.
Aunque dadas las circunstancias debería haber obedecido sin rechistar, el cansancio le ganó la batalla a la razón. Hice una reverencia exagerada.
—Por supuesto, su majestad.
Sus ojos encontraron los míos. Su expresión sombría y preocupada enseguida me dio a entender que ninguna broma serviría para levantarle el ánimo. Rodeé el tallo de la copa con ambas manos, rozándole los dedos con suavidad al hacerlo.
Entonces devolvió su atención al libro y dio unas palmaditas en el asiento libre del canapé.
Nos sentamos juntos en un silencio alentador, de esos para los que uno solo necesita estar presente.
La respiración de Agatha inundó el camarote.
El barco se mecía con suavidad en su nuevo rumbo.
Bebí un trago de vino. Y otro. Permanecimos en aquel agradable silencio hasta que Theodore por fin me puso una mano en la rodilla.
Cuando me la estrechó con fuerza, me permití disfrutar de la electrizante sensación de su breve contacto.
Apoyé la cabeza en su hombro un momento, complacida.
Debí de quedarme dormida, arrullada por el vaivén del mar y la calidez y firmeza del cuerpo de Theodore, porque, cuando volví a abrir los ojos, ya era noche cerrada.
Al otro lado de los ventanales, el mar se había teñido de plata y el amplio cielo estaba despejado.
Todavía oía los suaves ronquidos que escapaban de Lachlan y Agatha.
Theodore me había dejado en el canapé y me había cubierto con una manta.
Al incorporarme poco a poco, vi que me ofrecía un plato de comida.
Lo acepté, somnolienta, y me fijé en que se había cambiado de ropa. Ahora llevaba una pesada capa atada al cuello.
—¿A dónde vas? —le susurré.
—Vamos —me corrigió—. Come y ponte esto.
Dejó un uniforme limpio en el espacio libre del canapé y luego cogió los libros que había dejado sobre una mesita baja para esperarme junto a la puerta.
Mientras daba buena cuenta rápidamente de la comida y me vestía con mayor premura todavía, pensé en lo extraño que me resultaba su cambio de actitud, pues desde que me había despertado estaba más serio y pensativo. Cuando estuve lista, señaló una silla que había junto a la puerta con el mentón.
—Ponte eso.
Había dejado otra de sus capas sobre ella, una de color verde oscuro con bordados de enredaderas doradas.
Me cubrí los hombros con ella bajo su atenta mirada.
La luz del farol que sostenía era tan tenue que no me permitía interpretar bien su expresión, pero era sombría e inflexible y hacía que me ruborizara.
Entonces nos condujo al exterior con los libros en una mano y el farol en otra.