La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 22. Theodore #2
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22. Theodore #2

—No negaré los delitos mencionados y tampoco suplicaré perdón por haberlos cometido.

—Aunque pareció suponerle un gran esfuerzo, consiguió hacer que su voz cansada sonara como siempre: clara, no demasiado fuerte y enteramente cautivadora—.

Sin embargo, no toleraré que el tiempo que he dedicado al servicio del reino de Varya quede reducido a los defectos que se me atribuyen.

He servido con orgullo a dos valerosos reyes.

Hombres, dioses, que, en vez de rehuir de sus obligaciones, se enfrentaron a ellas con mi ayuda.

Por ese motivo, tengo una última petición.

Si se han de tener en cuenta mis malos actos, considero que se debería hacer lo mismo con los buenos.

Algo me decía que iba a tratar de darle la vuelta a la situación, que iba a pedirme que lo indultara o le rebajara la sentencia. Asentí.

—Exijo que el rey me ejecute por su propia mano. —Levantó la barbilla con gesto orgulloso—. Como recompensa por mi infatigable labor.

—Theo… —me advirtió Imogen al haber debido de notar que me ponía tenso.

La interrumpí negando con la cabeza. Desde que era bien pequeño, Eftan me había enseñado a poner mi deber por delante de todo y de todos y a blandirlo como un arma de hoja afilada y reluciente. No pensaba cambiar ahora de proceder.

La capitana mantuvo un semblante sombrío al ofrecerme la espada que colgaba de su cinturón.

El arma era lo bastante pesada como para cumplir con la tarea.

Recordaba bien la sensación de blandir un arma durante una ejecución, así como la fuerza, la concentración y la puntería que tendría que volcar en el movimiento.

Todos los monarcas estábamos preparados para enfrentarnos a situaciones como aquella, para ofrecer una muerte digna.

Rápida y limpia. Yo había estado entrenándome desde los nueve años para ello junto a Lachlan y los demás soldados en el patio de palacio.

La única vez que había tenido que llevar a cabo una ejecución había sido durante mi primer año de reinado.

El ajusticiado había sido un joven soldado, más o menos de mi edad, que se había emborrachado tanto una noche que se había peleado con un compañero de barracón y había acabado matándolo.

Había sido Eftan quien me había aconsejado ejecutarlo, pues era un castigo rápido y severo que me ayudaría a mantener a raya al resto de los miembros de la guardia.

Entonces había enarbolado mi espada con firmeza.

Pero después había pasado una semana sin dormir y había acabado bebiendo mucho más vino que el hombre al que había matado.

Me sudaban las manos, así que afiancé mi agarre en torno a la empuñadura. Una petulante mueca de satisfacción retorció el mentón de Eftan.

—Arrodíllate.

—Majestad. —Imogen reclamó mi atención.

El agua todavía le caía por el cuerpo y formaba un charco a sus pies.

Sus ojos entornados centelleaban como el oro—.

Una parte de vos se arrepentirá de esto.

—Tragó saliva con incomodidad. Todos la mirábamos absortos—.

Para el resto de vuestra vida, si no me equivoco.

Su intención no era orientarme, sino abrirme los ojos.

En su expresión vi el mensaje implícito en sus palabras: la muerte de su padre la atormentaría para el resto de sus días.

Igual que la de su madre. Las decisiones complicadas, por muy necesarias que sean, dejan una huella en nosotros y, en aquel momento, tendría que decidir si deseaba lidiar con ella o no.

Eftan me observaba con atención.

Levanté la espada y pasé el pulgar por su borde afilado antes de volver a bajarla.

—De ahora en adelante, Eftan Zervas de Varya pasará a ser considerado un delincuente proscrito.

—Hice una pausa para ver cómo su expresión cambiaba y sus hombros se hundían—.

Todo el mundo sabrá que antepuso el poder a su deber, que recurrió a tácticas malintencionadas para proteger su título y que pagará por sus fechorías encerrado para el resto de su vida en la prisión de la isla Mav Petra, en la costa de Seraf.

—Encontré la mirada de Imogen—. Si la reina lo permite, claro.

Ella entreabrió los labios y exhaló, pero bajó la cabeza para mostrarse de acuerdo.

Eftan se puso lívido y depositó todo el peso de su cuerpo sobre uno de los guardias, que luchó por mantenerlo erguido.

—Majestad…

El canciller ya había dejado su huella en mí.

Por mucho que me desagradara pensarlo, la realidad era que me había moldeado como rey y que tendría que pasar el resto de mis días esforzándome por desprenderme de su influencia.

Aquella era ya una carga lo bastante considerable como para añadir, además, el peso de su ejecución.

—No mereces morir por mi mano, Eftan. —Señalé con la cabeza a los soldados que lo sujetaban—. Encerradlo en el calabozo.

Le devolví su espada a la capitana Doxa.

—Eusia no está en Antemusa —le dije—. La emperatriz se la ha llevado y ha dejado a Agatha en su lugar. Suponemos que la ha llevado a su hogar, a Obelia. La seguiremos y haremos una parada en Della para reabastecernos si os parece bien, capitana.

—Por supuesto, majestad.

Necesitaba moverme.

—Aleka, por favor, asegúrate de que la princesa Halla esté cómoda en su camarote y de que haya guardias apostados ante su puerta en todo momento. No tiene permiso para entrar en el mío.

La capitana bramó sus órdenes. Markis siguió a Eftan para comprobar que lo encerraban en el calabozo y Aleka y sus guardias escoltaron a Halla hasta sus aposentos al otro lado de la cubierta.

Solo entonces, cuando había hecho todo cuanto se esperaba de mí, conduje a Imogen, a Agatha y a Lachlan a mi camarote y cerré la condenada puerta con llave a mi espalda.