22. Theodore
Theodore
N os abrimos paso en silencio por la pradera seca para llegar al límite de la playa.
Lachlan esperaba al lado del bote, donde las perezosas olas le lamían las botas. Ya había dejado a Agatha en el banco central y ahora estaba ayudando a subir al asiento libre frente a ella a una solemne Halla. A través de la neblina, alcancé a vislumbrar la silueta del Eleuthios.
Extendí una mano para ayudar a Imogen a subir al bote, pero ella me ignoró y siguió adelante, hasta acabar con el agua marrón de la laguna hasta las rodillas. Examinó la superficie con una mano apoyada en el vientre.
—Subid todos —dijo sin levantar la mirada.
Yo obedecí de inmediato. En aquel momento, su creciente concentración le confería un aire tan impresionante como aterrador.
Casi alcanzaba a sentir el poder que manaba de ella y se vertía sobre las aguas.
Dejó caer los párpados y echó la cabeza hacia atrás, hacia el cielo encapotado.
Se adentró más en las profundidades de la laguna, hasta que el agua le empapó los muslos, hasta que sus dedos rozaron la espuma amarillenta.
Un tentáculo resplandeciente emergió ante ella y la gigantesca masa de órganos, agallas y ventosas se enroscó sobre sí misma al acercarse a ella, al acercarse a la orilla.
Lachlan y yo hundimos los remos en el agua, pero antes de que tuviéramos oportunidad de ponernos a remar, una corriente nos empujó hacia el barco.
Una mezcla de terror y fascinación nos dejó a todos sin aliento al ver que Imogen dirigía a la grotesca y palpitante masa de vísceras hacia la playa para obligarla a salir del agua y asegurarse de que nosotros llegáramos hasta el Eleuthios sanos y salvos.
Agatha dejó escapar una brusca exhalación.
—Aunque lo sospechaba, nunca hubiera imaginado que… —El resto de la frase murió en sus labios cuando Imogen se zambulló bajo la siguiente ola y desapareció en la laguna.
Agatha la contempló con una mezcla de asombro e inquietud. Era evidente que ninguno de los dos sería capaz de encontrar la paz hasta que Imogen no la hubiera encontrado también.
El bote se meció junto al Eleuthios mientras asegurábamos las cuerdas de las poleas alrededor de sus respectivos ganchos.
Imogen había nadado a nuestro lado y ahora estaba sentada en el fondo de la barca, con las rodillas abrazadas contra el pecho, la vista clavada en sus propios pies y un hombro apoyado contra la rodilla de Agatha en busca del exiguo consuelo de su contacto. Deseé poder ofrecerle más.
Las poleas emitieron un chirrido de protesta cuando la tripulación comenzó a auparnos.
—Te conseguiré un camarote —le dijo Lachlan a Agatha al tiempo que le daba un empujoncito en el hombro—. Con un catre y una puerta. Y te prepararé un baño caliente y algo de comer. ¿Te parece bien?
Ella asintió distraídamente, con los puños apretados sobre el regazo.
El bote dejó de ascender y quedó suspendido en el aire, meciéndose de lado a lado.
Luego, uno por uno, bajamos a cubierta. Halla fue la primera, seguida de Lachlan, que a su vez aupó a Agatha para sacarla de la barca.
Yo fui el siguiente en bajar y vi que Aleka se abría paso con determinación entre los marineros.
Se detuvo ante mí antes de que yo pudiera darme la vuelta y ayudar a Imogen a apearse del bote. Mi mariscal iba vestida con una austera túnica de un tono óxido y portaba su característico portafolio y un pedazo de pergamino en la mano.
—Nos alegramos de teneros de vuelta sano y salvo, majestad.
Markis apareció detrás de ella con uno de sus trajes con detalles dorados. Ambos hicieron una reverencia, y Aleka me ofreció el pergamino.
—Ya hemos hecho los preparativos para la ejecución que habíais solicitado y hemos dispuesto una plancha a babor, majestad.
Lachlan, que seguía al lado del bote y había rodeado los hombros de Agatha en actitud protectora, torció el gesto.
—¿De qué habla?
Me había empezado a temblar la mano.
—De la ejecución de Eftan —dije en un hilo de voz.
A mi amigo se le desencajó la mirada. Le arrebató el pergamino a Aleka y leyó la lista de delitos de los que se le acusaba al canciller.
—Theo —pronunció mi nombre en un susurro entre amonestador e incrédulo—, destiérralo si quieres, pero no hagas esto.
Markis se había detenido al lado de Lachlan, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Me temo que discrepo con el comandante, majestad.
El comportamiento del canciller es inexcusable.
El mensaje que mandaríamos al desterrarlo sería que cometer actos tan despreciables como los suyos no es un delito tan grave como podría parecer.
Además, él lo ha admitido todo. —Enarcó las cejas rubias y adoptó un tono conspirador—.
Por si fuera poco, mientras permanecía inconsciente, hemos encontrado algunas notas manuscritas que relatan sus planes y su intención de convertir Leucosia en un imperio poniendo a los demás reinos en contra de Varya.
Por mucho que Eftan me hubiera enseñado a disimular, en aquella ocasión fui incapaz de ocultar mi sorpresa. Me resultó imposible. No obstante, era muy típico de él que no se conformara con tener un pájaro en la mano cuando había ciento volando.
—Mostradme esos documentos.
Aleka los sacó del portafolio mientras Lachlan se recomponía.
—No estoy sugiriendo que pasemos por alto su amenaza, Markis —dijo—. No está bien, pero una ejecución no es ni la única ni la mejor manera de proceder. Siempre podemos encarcelarlo.
Imogen, que había bajado del bote sola, se colocó al lado de Agatha y la rodeó con un brazo para conducirla a una zona más tranquila de la cubierta.
Al hacerlo, me observó con una mezcla algo molesta de estupefacción y cierta cautela, como si yo estuviera metamorfoseándome ante sus ojos.
Ya le había dicho que no era tan buena persona como ella pensaba.
Cerré los dedos en torno al pergamino.
Markis soltó una risotada.
—Qué adorable… El soldadito ahora se muestra reacio a matar.
No hay forma de asegurar que Eftan permanezca encarcelado, pedazo de zoquete.
—Markis me miró con una arrolladora sonrisa arrogante—.
¿Cómo vamos a encerrar al hombre que ha pasado más de cuatro décadas dirigiendo el palacio en sus mismas mazmorras?
A saber cuántos guardias y sirvientes le serán más leales a él que a la corona.
Aleka dio un paso al frente como si quisiera intervenir, pero yo alcé una mano para impedírselo. Se hizo un silencio tan cargado como las miradas de aquellos que se habían reunido en cubierta, pero fue Halla quien me llamó la atención.
Su expresión era tan iracunda y crítica como la que había esbozado en la desagradable cámara del estanque.
«¿Qué harías con tal de no perder tu poder? ¿Qué harías tú, Theodore Ariti, noble rey dios de Varya?».
En aquel momento, movido por la cólera que titilaba en mi interior como una llama, estuve a punto de responder a su pregunta.
Sabía a ciencia cierta que haría lo que fuera necesario con tal de conservar mi corona y el poder que esta me atribuía, pero solo porque era lo único que me permitía proteger a Imogen y a mi pueblo de hombres como Eftan.
Entonces el canciller apareció por el pasaje que se abría junto a mi camarote.
Iba flanqueado por dos soldados protegidos con armadura, que lo agarraban de un brazo cada uno con firmeza para ayudarlo a caminar.
Parecía haber envejecido una década desde la última vez que lo había visto, con el rostro macilento y surcado de profundas arrugas.
Cruzaron la cubierta despacio y, cuando llegaron a la altura de Imogen, Eftan se apartó con torpeza de los soldados.
Apenas era capaz de mantenerse de pie sin ayuda, pero se las arregló para dedicarle una mueca fulminante antes de escupir a sus pies.
Imogen no se inmutó. Mi propia mano se crispó, ansiosa por empuñar una espada, pero los soldados desviaron a Eftan hacia mí con una sacudida antes de que tuviera oportunidad de hacerme con una.
Eftan inclinó el mentón y borró su expresión de asco del semblante demacrado.
—Canciller —lo miré con dureza—, me han informado de que has confesado tus delitos.
—Así es. —La voz de Eftan, por lo normal vigorosa, sonaba exánime—. No obstante, diré que me siento orgulloso de haber atentado contra la vida de la reina Imogen. Era mi deber para con el reino.
Las llamas que lamían mis entrañas se avivaron, y supe que ya no se extinguirían.
—¿El mismo reino que quieres destruir?
Eftan ladeó la cabeza de forma casi imperceptible, como si tan solo tuviéramos opiniones enfrentadas sobre la inviolabilidad de los derechos de las islas y las leyes de Varya. Esbozó una breve sonrisa y habló con ese tono tan familiar que había usado cuando yo era pequeño.
—Jamás habría esperado acabar en una situación así contigo, joven Theo.
No era más que otro ardid, otra táctica de manipulación, pero funcionó. Sentí la repentina necesidad de obedecer, de conseguir que elogiara mi dedicación y mis capacidades, pero la reprimí.
—Comandante Mela, ¿te importaría leer la lista de delitos del canciller en voz alta?
Él cumplió a regañadientes.
—Por los delitos de manipulación, asesinato, dominio, conspiración, traición y regicidio, el rey de Varya, Theodore Ariti, ha decretado la ejecución del canciller de Varya, Eftan Zervas. —Lachlan carraspeó—. ¿Desea el acusado decir unas últimas palabras?
Salvo por el intenso rubor que le cubría las prominentes mejillas, Eftan tenía un aspecto sereno bajo la luz blanquecina.