La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 21. Theodore #2
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21. Theodore #2

El vestido andrajoso de Halla y su melena enredada adquirieron un brillo amarillento bajo los últimos vestigios de la tormenta.

Siguió a Lachlan y a Agatha en silencio, con la vista clavada en la tierra.

La neblina grisácea, que estaba volviendo a emerger del mar después de que la tormenta la hubiera disipado, serpenteaba por el camino del jardín y se enroscaba entre los pies todavía descalzos de Imogen.

Mientras se escurría el agua de la larga melena, yo aproveché para observarla.

Estudié las exquisitas líneas de los músculos de sus brazos, así como la curva de esos hombros que tan bien sostenían sus espesos mechones ondulados.

Tenía los labios ligeramente entreabiertos y de la punta de su recta nariz pendía una gota de agua.

Recorrí su silueta lentamente con la mirada, admirando su suavidad y su fortaleza, sin pasar por alto el extremo de la cicatriz pálida que se asomaba por la cinturilla de sus pantalones empapados.

Y, aunque no entendía por qué, la palabra que se me vino a la cabeza en aquel momento para describirla fue «inmensurable».

Como el mar. Como el viento. Imogen movía el mundo que la rodeaba.

Sus emociones fluían como un luminoso torrente de poder.

Sin siquiera proponérselo, era capaz incluso de alterar el aire de mis pulmones.

No me sorprendía nada que luchara con uñas y dientes por su libertad.

Permanecí clavado en el sitio, junto al viejo seto.

—Has mentido.

Encontró mi mirada despacio y pasó un largo rato buscando las palabras adecuadas.

—Te has dado cuenta.

No fue una pregunta. Tampoco parecía sorprendida.

—Cuando era pequeña, Agatha solía decirme que mis ojos me delataban, que parpadeaba demasiado. —Intentó sonreír—. No me digas que me sigue pasando.

—No —dije dando un paso hacia ella.

El surco que había aparecido entre sus cejas se acentuó.

—¿Entonces?

—Tu mirada se vuelve demasiado fija y tu expresión, lejana.

Profirió una carcajada hueca y sarcástica. Entonces me acerqué a ella. Me detuve ante el banco donde estaba sentada y me agaché para que quedáramos cara a cara.

—Dime qué ha pasado.

Se estremeció.

—Si… si lo hago, si confirmo en voz alta lo que he visto… —Se le rompió la voz y apretó los ojos con fuerza.

Tomé su mano cálida en la mía y le acaricié el dorso con los dedos mientras la dejaba respirar. La niebla se espesó e inundó el espacio entre nosotros. Cuando por fin levantó la mirada, el jardín se había sumido en un melancólico silencio.

—Theo, ¿crees que podrías hacer crecer algo aquí? —susurró.

Le estreché la mano en respuesta, pues no estaba seguro de qué contestar.

—Es que se me ha ocurrido… —Las lágrimas se le acumularon en las pestañas inferiores—. Como pudiste borrar el hechizo de mi vientre, se me ha ocurrido que a lo mejor…

Le di la vuelta a su mano para que la palma surcada de cicatrices quedara orientada hacia el extraño cielo de la isla.

—Si volviéramos a vincularnos, podrías intentarlo tú misma, ¿sabes?

Trató de fulminarme con la mirada, y unas encantadoras arruguitas le surcaron el puente de la nariz. Sin embargo, en su expresión no se apreciaba ni rastro de irritación, así que una sonrisa se adueñó de mis labios.

—¿No te da vergüenza insistir con eso en un momento como este?

—¿Eso es un sí?

—No —respondió ella negando con la cabeza, apesadumbrada.

No había esperado que aceptara, pero un dolor lacerante me atravesó el pecho de igual manera. Asentí para demostrar que la entendía y entonces posé una mano sobre la tierra que se extendía bajo sus pies.

—Lo intentaré.

Mi poder se hundió en el suelo. Se abrió camino por la tierra yerma, entre las raíces muertas.

Igual que cuando había curado a Imogen, una oleada de frío comenzó a drenarme, como si una capa de escarcha me cubriera poco a poco la piel.

Me doblé por la mitad, concentrado ante el esfuerzo, y me tambaleé conforme mi energía se iba consumiendo.

Imogen me agarró por los hombros para estabilizarme.

—¿Theo?

Estuve a punto de perder el conocimiento cuando un brote de un color verde intenso emergió de la tierra seca. Creció rápido: su tallo se alargó, sus hojas se ensancharon y una flor morada extendió sus pétalos. Era una flor silvestre.

Encontré los ojos color miel de Imogen.

—La tierra está muy enferma.

Ella asintió y una delicada llovizna comenzó a caer por sus mejillas como si fueran lágrimas.

Arranqué la flor y se la pasé por el lateral del rostro, por las gotitas de lluvia que le perlaban las mejillas y por la mandíbula para acariciarla con sus suaves pétalos. Cerró los ojos con un aleteo de sus pestañas oscuras.

El silencio que se sucedió me resultó desgarrador, así que hablé movido por la necesidad de romperlo, aunque fuera solo por un instante:

—¿Sabías que las flores silvestres de Antemusa fueron un regalo que Panos le hizo a Ligea cuando ascendió al trono?

Se le retorció el rostro en una mueca de dolor antes de obligarse a recuperar el control de sus facciones.

—Estoy segura de que Agatha me lo comentó en algún momento. —Las lágrimas hacían que su voz sonara pastosa—. Era Ligea quien estaba en el estanque.

Tomé una brusca bocanada de aire, furioso conmigo mismo por no habérmelo imaginado.

—Imogen…

—Estoy bien…

—No, no lo estás. —Acuné su rostro y me incorporé para acercarla a mí—. ¿Está… viva?

Se quedó inmóvil.

—Lo estaba. A duras penas.

La implicación de sus palabras me golpeó tan de lleno que me quedé sin aliento.

—El estanque y las venas que había dentro mantenían a Ligea conectada con Eusia. Imagino que la emperatriz metió a Agatha allí para mantener vivo al sistema entero, incluida mi madre. Pero, si Eusia estaba dispuesta a desvincularse de Ligea, debe de estar muy segura de que va a conseguir atraparme.

Tiré de ella hacia mí y la estreché entre mis brazos.

Su pecho se convulsionó.

—Todo esto es por mi culpa…

—Imogen, para —le pedí contra su pelo, cerrándole los dedos en torno a la nuca.

—No. —Ahogó un sollozo—. En la playa, el día en que me tomé la pócima de la escisión, le dije a Halla que tenía intención de matar a Eusia.

Halla debió de contárselo a su madre y ella vino aquí corriendo para llevársela a un lugar seguro.

Halla ha intentado convencerme de que sus intenciones son buenas.

Me dijo que nos ayudaría y yo… —Las lágrimas la interrumpieron.

—Shhh.

Imogen había vuelto a mi lado con una pequeña grieta en su armadura.

Su dolor había escapado a través de ella gota a gota, pero ahora la fisura se había convertido en un enorme agujero.

Todo cuanto se había tragado, todo cuanto había enterrado en lo más profundo de su ser, ahora emergía como un torrente de emociones.

La sostuve con firmeza mientras se purgaba e hice todo lo posible por ocultar mi preocupación.

Si descubría lo impotente que me sentía, no me cabía duda de que ella acabaría sintiéndose igual.

Uno de los ensordecedores silbidos de Lachlan resonó por el aire para llamar nuestra atención.

Imogen respiró hondo y se limpió la nariz con el brazo antes de ponerse recta.

Verla tragarse todo su dolor para recobrar la compostura era tan extraordinario como doloroso.

Adoptó la postura de una reina y una expresión severa nada típica de ella que no le favorecía.

Solo sus ojos hinchados revelaban lo que sentía en realidad.

—Pero bueno, ¿dónde has aprendido a recomponerte así? —Le coloqué la flor morada detrás de la oreja—. Espero que no haya sido cosa mía.

—Tú te las has arreglado para persistir. —Una expresión a caballo entre una sonrisa y algo mucho más triste le iluminó la mirada—. Tal vez yo también lo consiga.