21. Theodore
Theodore
M e quedé mirando la superficie agitada del estanque durante un buen rato después de que Imogen desapareciera.
El agua era extraña. Cuando le daba la luz, adquiría una tonalidad de un verde enfermizo, pero, cuando se quedaba quieta, se volvía tan oscura y lisa como la superficie pulida de una losa de obsidiana.
Apreté los dientes, incapaz de apartar los ojos del estanque. Me arrepentía de no haberle arrebatado a Imogen la daga de la cinturilla de los pantalones cuando había tenido la oportunidad. Estaba seguro de que intentaría quitarse la vida si el hechizo fallaba.
Agatha se estremeció y luego se echó a temblar violentamente al meterse hasta las rodillas en el agua. Lachlan se agachó a su lado, atento y con el rostro pálido.
—Agatha, ¿estás segura de que…?
Ella negó con la cabeza como si estuviera intentando concentrarse.
—Chitón.
El tesón de Agatha era tan impresionante como el de cualquier soldado, pero algo me decía que estaba al límite de sus fuerzas y que el hechizo que estaba a punto de lanzar iba a agotar la poca energía que le quedaba.
Mantuvo acunada contra su pecho la mano en la que sostenía el pedazo de carne ensangrentado. Exhaló profundamente y cerró los ojos.
—¿Lach?
—¿Qué pasa? —dijo él inclinándose hacia ella.
—Es posible que quede demasiado débil. Cuando acabe, sácame del agua.
Lachlan se colocó de tal manera que pudiera alejarla a rastras del borde del estanque.
—Listo.
Pero Agatha no parecía estarlo. Se le aceleró la respiración y le empezó a temblar la mano.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté agachándome a su lado.
—Sí, tranquilo. —Pero había respondido demasiado deprisa. Todavía tenía los ojos cerrados y seguía temblando.
—Sal del agua —le pidió Lachlan haciendo intención de agarrarla—. Todo esto es demasiado para ti. Puedes hacerlo aquí en el suelo.
Ella negó con la cabeza justo cuando yo extendía una mano para detenerlo.
—Lach, no —intervine.
Si el hechizo fallaba por no haberlo llevado a cabo como habían acordado, Imogen permanecería vinculada a Eusia.
Pero Lachlan ya estaba sacándola del estanque.
Tiró de Agatha hacia atrás por los codos, pero entonces ella profirió un alarido tan ensordecedor que resonó por toda la cámara.
Se sacudió y se hizo un ovillo en el suelo, de manera que la sangre que albergaba en la mano ahuecada se le derramó por el brazo.
Mientras Lachlan trataba de calmarla, me apresuré a quitarme las botas y empuñar mi daga.
Cuando Imogen le había enseñado el hechizo a Agatha, yo había estado prestando atención para replicarlo en caso de que fuera necesario.
Me levanté la camisa, listo para cortarme un pedazo de piel, cuando vi algo por el rabillo del ojo.
Halla.
Su rostro y su cuerpo estaban laxos. Tenía el corpiño del vestido abierto, y la sangre le manaba del corte que se había abierto en el centro del pecho.
—Vuelve a sentarte —le espeté.
Ella negó con la cabeza.
—Siempre he obedecido —dijo con una voz tan débil que sonaba como la de una niña—. Siempre he sido buena. —Avanzó hacia mí y me obligó a darle la espalda al estanque—. Pensaba que así me ganaría su amor, pero lo único que he recibido a cambio es un rey frío y embustero como custodio.
—No es conmigo con quien estás enfadada, Halla —levanté la daga para hacer que se detuviera—, sino con tu madre y Eusia.
Volvió a mover la cabeza de lado a lado. Tenía la mirada tan desencajada que resultaba perturbadora.
—¿Qué harías con tal de no perder tu poder?
—Había bajado la voz hasta convertirla en un susurro maníaco—.
Esa es la pregunta que me quita el sueño.
Mi madre lo dio todo por él, pero estaba dispuesta a hacer más sacrificios, a sacrificarme a mí.
Eusia se despedazó a sí misma con tal de seguir amasando poder.
Tu querida Imogen está siguiendo su ejemplo para proteger el suyo.
—Dio otro paso hacia mí—. Así que, ¿qué harías tú, Theodore Ariti, noble rey dios de Varya?
Me quedé inmóvil y adopté una expresión distante.
Aunque su pregunta me hubiera atravesado como un dardo, no le daría el gusto de ver lo nervioso que me estaba poniendo.
Le había dicho a Imogen que haría cosas terribles con tal de protegerla, con tal de asegurar el bienestar de mi pueblo, pero jamás cometería una atrocidad solo por amasar poder.
Tampoco por un trono, riquezas o reconocimiento.
Al ver que guardaba silencio, Halla se acercó más y profirió un grito ronco y frustrado.
—Ni siquiera eres capaz de imaginártelo, ¿no? Siempre has tenido poder y siempre lo tendrás.
Hubo una vez en que Imogen me había hecho esa misma pregunta. Antes de que yo hubiera entendido lo mal que la habían tratado y lo indefensa que se había sentido siempre. Ver esa misma rabia y tristeza reflejada en Halla hizo que se me encogiera el corazón.
—Halla…
Levantó los puños y los presionó con fuerza contra mi pecho. Todavía tenía el estanque a mi espalda, pero me mantuve firme. La agarré de las muñecas y ella continuó hablando:
—Entiendo que mi madre y Eusia se esforzaran tanto por tener poder.
Igual que entiendo que Imogen esté dispuesta a dar su vida por derrotarlas a las dos.
—Trató de zafarse de mi agarre siseando de rabia y enseñando los dientes—.
Me hiciste una promesa. Firmaste un acuerdo conmigo.
Algún día encontraré la manera de hacer que cumplas tu palabra.
Su voz destilaba tal veneno y determinación que me arrancó un escalofrío.
La obligué a retroceder hacia la pared sin soltarle las muñecas y, en cuanto su espalda entró en contacto con la piedra y se dejó caer al suelo derrotada, corrí de vuelta al estanque.
Lachlan había cogido a una desconsolada Agatha en brazos y se disponía a llevársela escaleras arriba cuando la superficie del agua se onduló.
Imogen emergió con un chapoteo.
Tenía el cabello oscuro pegado a las mejillas y los hombros.
Se agarró al borde del estanque con dedos temblorosos y se aupó para salir del agua.
La humedad que la cubría la hacía resplandecer bajo la luz de las antorchas y, aunque se movía con determinación y paso firme, su mirada albergaba una expresión… desolada. Sombría.
Di un paso hacia ella impulsivamente, pero me detuve al ver la frialdad con la que se apartó en respuesta.
Se arrodilló ante el estanque con la respiración agitada por el esfuerzo. El agua le caía por el rostro impasible, los labios y el cuello.
—¿Imogen? —No levantó la cabeza. No reaccionó—. ¿Qué ha pasado?
La luz de las antorchas se convulsionó sobre su silueta empapada.
—Está… —Apenas movió la boca al hablar.
—¿Está qué? —Le acuné la barbilla con una mano y la obligué a mirarme. Se me cayó el alma a los pies al ver lo atormentada que era su expresión—. ¿Qué ha pasado?
Lachlan se detuvo al pie de la escalera con Agatha gimoteando entre sus brazos, a la espera de oír su respuesta.
Imogen negó con la cabeza, pero fue Halla, sentada contra la tosca pared de piedra, quien habló en un susurro reverencial, edulcorado y altivo.
—Ya os dije que no estaba ahí.
El aire húmedo de la estancia se enrareció.
Imogen clavó los ojos inyectados en sangre en Halla y los entrecerró con gesto amenazante, pero no dijo nada.
Se limitó a sacudir el mentón para zafarse de mí y ponerse de pie.
Pese a su aspecto desaliñado, se las arregló para adoptar una postura orgullosa antes de dirigirse hacia la escalera.
Pasó por delante de Agatha y Lachlan sin siquiera mirarlos y nos dejó a los cuatro sumidos en el silencio cargado y denso de la cámara.
La encontramos en el jardín seco de la parte trasera del bastión.
La tormenta había amainado, y sus truenos eran solo un estruendo lejano en el horizonte.
Ahora no era más que una llovizna tan desganada como la oscuridad que nos rodeaba.
Imogen se había sentado en uno de los extremos más alejados del jardín, bajo lo que antaño debía de haber sido un orgulloso ciprés, pero que ahora no era más que un manojo de ramas secas y retorcidas.
Tenía las manos firmemente apretadas en torno al borde del banco de piedra.
Al salir y respirar el aire fresco, Agatha se había calmado.
Lachlan le había cubierto los hombros con su camisa y la había conducido por el camino de adoquines hasta Imogen.
Agatha se sentó a su lado e Imogen no dudó en cogerle la mano y estrechársela con fuerza, aunque seguía sin levantar la mirada angustiada del suelo. Verla así me hacía sentir débil.
—Tengo que pedirte disculpas… —empezó Agatha con voz ronca.
—Nada de esto es culpa tuya.
—Pero, si Eusia no estaba en el estanque…, ¿qué has visto?
Imogen frunció el ceño.
—Fue un truco de la luz del orbe —dijo al fin—. Allí abajo solo había una maraña de venas.
Imogen dio por concluida la conversación depositándole un repentino beso en el dorso de la mano, como si no hubiera más que hablar. Como si no hubiera salido arrastrando la horrible experiencia que había vivido en aquel estanque como un parásito adherido a su piel.
Imogen era una mujer apasionada, terca y de una tenacidad incomprensible.
Había pasado toda una vida guardando secretos, pero yo había aprendido a identificar los pequeños gestos que la delataban cuando no decía la verdad.
Lo que acababa de contar era una mentira flagrante.
Agatha respondió con un asentimiento, aliviada pero todavía algo confundida.
El cansancio empezaba a hacerle mella. Se le hundieron los hombros y la cabeza se le cayó hacia delante como si le pesara demasiado.
Lachlan se colocó a su lado enseguida.
—Tenemos que llevarte al barco a descansar —dijo levantándola de nuevo en volandas.
Ella apoyó la cabeza contra su hombro, fundiéndose con él.
—Puedo andar.
—Sin ánimo de ofender… —Lachlan se alejó en dirección a la verja del jardín—, no pienso dejar que tus pies toquen el suelo nunca más.