La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 20. Imogen
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20. Imogen

Imogen

E n la mano ahuecada de Agatha, en un pequeño charquito de sangre, descansaba un pedazo de carne arrancado de su propio muslo.

Se había encaramado al borde del estanque con una expresión concentrada y decidida para repetir el conjuro que le había enseñado hacía un momento.

—Recuerda que tienes que lanzar el hechizo y mantenerte alejada del agua —le dije—. Yo permaneceré bajo la superficie para asegurarme de que ha funcionado.

—¿Y si no sale bien? —preguntó Theodore mirando con desa­grado la daga que me había sujetado a la cintura de los pantalones—. Eusia quiere establecer un vínculo contigo igual que hizo con tu madre. ¿Cómo se te ocurre meterte en el agua y arriesgarte a dejar que se salga con la suya?

Yo negué con la cabeza.

—No puede hacerlo sola. Existe un hechizo, un ritual que tendría que llevar a cabo para unirnos, y nuestro vínculo se lo impide. Necesita ayuda. —Desvié la mirada hacia Halla con mala cara—. Pero no tiene a nadie. —Le toqué el hombro a Agatha—. ¿Estás segura de…?

—No me lo vuelvas a preguntar, Imogen.

Pero se quedó mirando la superficie del estanque sin pestañear y con la respiración acelerada.

—Está bien. —Mantuve un tono tan apaciguador como fui capaz—. Concéntrate en tu determinación de acabar con Eusia.

Ella asintió con rigidez.

—¿Estás segura de que tiene que volver a meterse en el agua para hacer esto? —preguntó Lachlan, cuyo enojo solo se había aplacado un poco.

Negué de nuevo.

—No sé si tendrá que sumergirse del todo, pero yo solo he lanzado hechizos en el agua…

Y, dado que esta es la primera vez que Agatha recurre a la magia, me parece que lo más sensato es que esté cerca de ella.

—Miré a mi amiga—. No te metas del todo.

Con que te mojes los pies bastará. Yo me aseguraré de mantener esas venas alejadas de ti.

Sus estrechos hombros se relajaron al dedicarme un asentimiento agradecido. Metí los pies en el agua caliente y, mientras comprobaba que llevaba la daga bien sujeta al pantalón, noté una mano en la nuca.

Theodore se arrodilló a mi lado. Aunque su cálida mano era mi único punto de contacto con él, lo sentía por todo el cuerpo.

Se me tensaron los pulmones y la piel se me caldeó.

Halla seguía acurrucada en el rincón más alejado de la estancia, pero su presencia no impidió que se inclinara hacia mí despacio, con descaro, y que dejara los labios lo bastante cerca de mi oído como para desatar un estremecimiento por mi columna.

—No me hagas entrar ahí a por ti, Immy.

«Así que, en vez de bajar a los infiernos sola, te pido que me dejes acompañarte».

Arrastrarlo conmigo al infierno era precisamente lo que había estado tratando de evitar. Tenía que esperarme para que me sirviera de guía. Para que fuera el faro que me condujera de vuelta a casa.

Dejó caer la mano a toda prisa y volvió a ocupar su lugar al lado de Agatha, preparado para sanarla cuando concluyera el hechizo.

Recorrí la cámara con la mirada por última vez. Halla seguía agazapada en un rincón, con la vista perdida clavada en la pared opuesta. Lachlan estaba sentado al otro lado de Agatha, en un adusto silencio.

Tras tomar una última bocanada de aire para tranquilizarme, me metí en el estanque.

La sensación viscosa y cálida fue mucho más desagradable aquella segunda vez. El agua era espesa y las paredes del estanque, demasiado estrechas. Mientras me hundía, noté el movimiento de los pies de Agatha al romper la superficie.

Bajé y bajé durante lo que se me antojó una eternidad antes de acercarme al entramado de venas blanquecinas, que todavía flotaban sin vida, rozándose contra mí al pasar.

Una vez que lo hube dejado atrás, la presión del agua creció y la temperatura descendió.

Las antorchas no alcanzaban a iluminar las profundi­dades, pero, mientras continuaba hundiéndome, vi una nueva luz.

Contemplé el orbe de brillo enfermizo, que me recordaba a las luces mágicas que Rohana había utilizado en su choza sin ventanas. A menos de tres metros más, debajo de él, había un cuerpo grisáceo y arrugado.

Extendí los brazos y me detuve para estudiarlo con atención.

El espeluznante brillo del orbe y el agua turbia del estanque hacían que pareciera que el cuerpo se retorcía.

Que pareciera que uno de sus hombros sufría un espasmo y una de sus delgadísimas piernas se crispaba.

Las venas pálidas se extendían por las paredes del estanque y se conectaban con el torso de la criatura, aunque también tenía algunas adheridas a sus esqueléticas extremidades.

Retomé el descenso, pero un mal presentimiento me agarrotó el vientre y me empujó a detenerme.

Volví a estudiar el cuerpo para desentrañar por qué me ponía la piel de gallina y entonces caí en la cuenta de que lo que no encajaba era su melena.

No debería tener pelo. Era larga y oscura y apenas se distinguía de las sombras que ondulaban a su alrededor.

Cubría el rostro de la mujer y flotaba en torno a su cabeza y sus hombros, meciéndose como la hierba alta con la brisa.

Un ardor espectral se extendió por mi cuero cabelludo al pensar en la forma en que la magia había abrasado mis rizos, que se me caían a puñados cada vez que llevaba a cabo un hechizo.

Me hundí un poco más, con el maltrecho corazón latiéndome desbocado en el pecho.

Tras acomodarme junto al cuerpo en el fondo resbaladizo del estanque, extendí lentamente una mano para tocar los mechones que flotaban a su alrededor.

Se los aparté con cuidado de la cara y una descarga helada me bajó por los brazos, seguida de una llamarada de entumecimiento.

Mi propio rostro me devolvía la mirada. Los ojos de la mujer, más oscuros que los míos, permanecían abiertos y ausentes.

Tenía los labios más gruesos que yo y la mandíbula menos marcada, pero nadie se atrevería a negar que era la viva imagen de mi madre.

Al acunar su rostro viscoso entre las manos, fui capaz de identificar la sensación que se abrió paso por mí como conmoción.

¿Dónde esperaba encontrar a mi madre después de todo?

Aun así, verla en aquel estado, tocarla…

Levanté la vista hacia la red que se extendía sobre mi cabeza y que flotaba más cerca de la superficie.

Seguí la trayectoria de aquellas gruesas venas hasta alcanzar el lugar que ocupaba mi madre.

Pese al breve intervalo de tiempo que había transcurrido desde que había liberado a Agatha de ellas, ya habían empezado a marchitarse y sus extremos, a ennegrecerse.

Conque así era como Eusia había llevado a cabo su plan.

Así era como se había alimentado. Había drenado a mi madre para mantenerse con vida y amasar su propio poder.

Lo veía todo tan claro que se me revolvió el estómago.

La emperatriz se había llevado a Eusia y había sustituido su cuerpo por el de Agatha.

«Mantengo viva a esa cosa».

Ahora comprendía que la cosa a la que se refería era la estructura venosa que recorría aquel abominable estanque. Su conexión debía de tener un carácter simbiótico. Las venas conducían la vida de un cuerpo a otro.

Acaricié uno de los pronunciados pómulos de Ligea con el pulgar.

Tenía la piel endurecida y resbaladiza como el jabón, pero en aquella zona, así como en el puente de la nariz, tenía un corrillo de escamas diminutas e iridiscentes.

Le toqué con delicadeza la curva de una de sus fosas nasales y el labio superior y, aunque sus facciones permanecieron tan rígidas como las de una figura de cera, una de sus piernas sufrió un espasmo deliberado.

Aparté las manos de ella de golpe, sorprendida por el repentino movimiento, pero no logré dejar de mirarla.

¿Podría un hechizo traerla de vuelta? ¿Y el poder de Theodore?

Mientras me devanaba los sesos tratando de encontrar una manera de deshacer la obra de Eusia, reparé en la expresión de su rostro inmóvil.

Angustia. Dolor. Por mucho que su corazón siguiera latiendo, había sufrido una muerte lenta y brutal en todos los sentidos. Eusia la había convertido en una carcasa hueca.

No me podía creer que la gran diosa Ligea, poderosa, aterradora y cautivadora, hubiera acabado así.

«La reina yace despojada de su divinidad».

Le había dicho a Theodore que no podía permitirme soñar con estar juntos algún día, pero la verdad era que le había mentido.

Pese a lo mucho que me había esforzado por actuar con cabeza, pese a lo bien que sabía que aspirar a algo tan improbable era una insensatez, me había aferrado a aquella chispa de esperanza con tanta fuerza como una niña hambrienta a un pedazo de pan duro.

La posibilidad de compartir un futuro con él era la tenue llama que me guiaba a través de la oscuridad, pero ver a mi madre de aquella manera…

había apagado su ya de por sí trémula luz.

Redujo mi minúscula esperanza a la nada.

Las lágrimas me formaron un nudo en la garganta al coger la daga que me había metido en la cinturilla de los pantalones mientras trataba de mantener a raya las preguntas que se abarrotaban en mi cabeza. ¿Me estaría viendo? ¿Habría notado mi contacto?

Mi lado vulnerable, aquel que había conseguido proteger a lo largo de los años, se endureció con una violenta y despiadada determinación.

Le arrebataría todo a Eusia: tanto el poder que les había robado a los dioses como las sirenas a las que les había dado caza.

Descendería sobre ella y sobre todos sus seguidores como una tempestad.

Se desmoronarían ante la fuerza de mi envite.

Ya no me bastaba con sacrificar mi vida por la causa.

Ahora quería ver con mis propios ojos cómo la vida se le escapaba de entre los dedos.

Quería que supiera que había sido yo quien la había matado.

Sosteniendo mi daga con firmeza, besé la mejilla rígida de Ligea y le enterré mi arma entre las costillas hasta atravesarle el corazón que ya apenas latía.