19. Imogen #2
Negó con la cabeza y finalmente miró a Lachlan. Frunció el ceño antes de dedicarle un seco asentimiento.
—Comandante Mela.
A Lachlan le tembló el mentón. Levantó la mano que tenía apoyada en la rodilla como si ansiara tocarla, pero enseguida volvió a dejarla caer.
—Hola, preciosa —le dijo con voz estrangulada.
La expresión de Agatha se hizo añicos como un vaso roto, y se echó a llorar. Lachlan la estrechó entre sus brazos y ella acurrucó su diminuto cuerpo contra el de él.
Jamás en mi vida había visto a Agatha dejarse llevar por sus emociones. Verla tan desolada, aterrorizada e indefensa me hizo sentir como si el mundo entero se hubiera desmoronado. Y lo único que quería en aquel momento era ser yo la encargada de reconstruirlo.
Me puse de pie rápidamente, cogí la daga que Lachlan llevaba colgada del cinturón y me acerqué al borde del estanque.
Podría haberle puesto fin a aquello en el barco de mi padre.
Podría haber mantenido a Agatha a salvo, haber eliminado la amenaza que acechaba a Theodore y haber asegurado que reinara la paz en todo el archipiélago.
Sin embargo, había sido una egoísta al no haberme dejado morir.
Estaba a punto de meterme en el agua cuando Theodore tiró de mí hacia atrás. El brillo de sus ojos verdes me dijo que sabía lo que me disponía a hacer tan bien como si hubiera expuesto en voz alta mis pensamientos.
—Así no, Imogen —me suplicó—. Enséñame ese condenado hechizo.
—Theo…
—Apenas sé nada sobre magia, pero lo que tengo muy claro es que la determinación es la clave para que un hechizo salga bien. —Me sujetó del brazo con más firmeza—. Nadie tiene más ganas de ver muerta a Eusia que yo.
Una vorágine de pensamientos puso mi mente patas arriba al imaginar todas las formas en que la situación podría torcerse si dejaba que Theodore llevara a cabo un hechizo. ¿Y si le daba a Eusia una vía de acceso hasta él? ¿Y si lo acercaba lo bastante a ella como para que le hiciera daño?
Tardé un momento en darme cuenta de que Agatha había dejado de gritar.
La estancia se había sumido en el silencio salvo por el chapoteo de la ropa mojada.
Agatha se había detenido a nuestro lado, con Lachlan ayudándola a mantenerse de pie desde atrás.
Tenía los ojos rojos clavados en Theodore y en ellos me pareció ver un ligerísimo atisbo de su antigua fiereza.
—No más que yo —dijo apretando los puños.
—Agatha. —Me llevó un segundo poner en orden mis pensamientos—. Todavía no estás bien. No hay manera de que…
Ella señaló a Theodore con una tenaz sacudida del mentón. Pese a ser un gesto de lo más familiar, en él se apreciaba una nueva fragilidad que lo hacía menos efectivo de lo normal.
—Theodore acaba de curarme.
Me mordí la lengua. Por mucho que le hubiera cerrado todos los cortes, bastaba con echarle un simple vistazo para saber que sus heridas eran mucho más profundas.
—Agatha… —Hablé con un tono tan cuidadoso como pude, pero ella se puso rígida de igual manera.
Lachlan permanecía detrás de ella y, aunque trataba de mantenerse tranquilo, yo percibía su miedo zumbando a su alrededor como un enjambre de insectos.
—Te agradecería mucho que no hicieras algo tan…, eh, valiente… como llevar a cabo tu primer hechizo en este preciso momento, Agatha.
—Por favor, necesito hacerlo. Necesito… encontrar una manera de mantenerte y mantenernos a todos a salvo. —Miró a Theodore—. Y, a diferencia de ti, si caigo al agua, no me ahogaré.
Yo sabía mejor que nadie lo aterrador que era sentirse indefensa, lo que era soñar con tener cierto control sobre tu propia existencia.
—Está bien. —El miedo empapaba mis palabras—. Lach se quedará a tu lado y Theodore hará todo lo que pueda por protegerte.
A Lachlan se le dilataron las aletas de la nariz al exhalar con rabia todo el aire de los pulmones.
—Un momento. No, no puedes dejar que…
—¿Cómo que no? —preguntó Agatha fulminándolo con la mirada.
Que Agatha utilizara la magia me hacía tan poca gracia como a él.
—No quería que pasara esto, Lach.
Theodore se pasó una mano por el pelo.
—No, lo que Imogen quería era sacrificarse ella misma. —Su desasosiego era palpable, saturaba el aire—. Yo me he ofrecido a hacerlo, pero…
Lachlan se encaró con él.
—Claro, pero está enamorada de ti, así que no me sorprendería que se negara a dejarte hacerlo… Y eso es lo que me molesta.
Aquello me enfureció, pero la terrible expresión desconsolada de su rostro mitigó un poco mi ira. Sabía que el amor que sentía por Agatha era muy profundo; tanto que rivalizaba con el que yo misma sentía por ella.
—Te juro que…
—Soy yo quien ha decidido hacer esto —me interrumpió Agatha con los ojos entornados—. Quiero vengarme de esa desgraciada.
Antes de que Lachlan tuviera oportunidad de protestar, la suave voz de Halla inundó la estancia.
—No está ahí.
Ahora mostraba una actitud abatida, con la cabeza apoyada contra la pared de piedra y la mirada perdida.
—Cierra el pico. —Me lancé a por ella, pero Theodore me agarró de la cintura y tiró de mí hacia atrás—. Dijiste que me ayudarías. Te juro por los dioses que pienso disfrutar de lo lindo despedazándote por…
—Estaba intentando sacar del agua a tu amiga. —La luz había abandonado por completo sus ojos—. Ya me has visto.
Me afané por liberarme de Theodore.
—Te he visto derramando tu puta sangre en el estanque de tu adorada santa.
Halla se encogió de hombros, alicaída.
—A lo mejor es el estanque equivocado. No me sorprendería que hubiera más…
Agatha sacudió la cabeza con vehemencia.
—No la escuches. Ahí abajo hay un cuerpo. No le he quitado ojo de encima desde que me obligaron a meterme en el agua.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Halla—. ¿Cuánto tiempo has pasado ahí dentro?
El rostro de Agatha se volvió inexpresivo. El pánico inundó su mirada. Lachlan se acercó a ella para ofrecerle algo de apoyo.
—No… no estoy segura de cuánto…
Me miró, y yo me volví hacia Halla.
—Es el estanque correcto —aseguré entre dientes—. Una maga sibila, alguien como tu santa y como yo, no solo puede utilizar la magia, sino que también tiene visiones. Yo acabo de empezar a tenerlas y sé que este es el estanque que buscamos porque ya he estado aquí antes. Y tú también.
La confusión le crispó el rostro.
Theodore se mantuvo alerta al verme dar un paso hacia ella.
—Naciste a bordo de un barco —le dije en un feroz hilo de voz—.
Vi a tu madre suplicando, arrodillada al borde de este mismo estanque, sosteniéndote contra su pecho cuando apenas tenías unos días de vida.
Pensé que había venido a darle las gracias a Eusia por el milagro, pero tu madre quería utilizarte como ofrenda para que le sirvieras de sustento.
Para que se alimentara de ti. Igual que hizo con tu padre.
—Respiré hondo para no temblar—. Pero Eusia no te quiso.
Dijo que no eras especial y te rechazó. —La mirada de Halla se volvió vidriosa, exánime, y las lágrimas se acumularon en el borde inferior de sus ojos—.
Esas son las personas a quienes has escogido para serles fiel, Halla.
A una madre que te considera prescindible y a un monstruo que no te valora.
No dijo nada, pero una solitaria lágrima le cayó por la mejilla.
Una punzada de dolor me atravesó cuando un espeso silencio sucedió a mis palabras. Le di la espalda evitando la mirada abrumadora de Theodore y regresé al borde del estanque para detenerme al lado de Agatha y Lachlan.
Encontré los ojos de mi amiga y tomé una dificultosa bocanada de aire.
—¿Lista?