19. Imogen
Imogen
H alla se quedó sin fuerzas y Agatha volvió a hundirse en el estanque. La obelina cayó hacia atrás con un alarido, moviendo los brazos en todas direcciones.
Detrás de nosotros, oí que Lachlan bajaba por la escalera corriendo, acompañado del clamor de su armadura.
Al entrar apresuradamente en la cámara, con toda mi atención puesta en Agatha, el entorno quedó reducido a un lúgubre borrón.
De alguna manera, Lachlan se las arregló para llegar al estanque antes que yo.
Ya se había quitado la coraza y se estaba desprendiendo del resto de su armadura a una velocidad pasmosa, listo para meterse en el agua.
Lo agarré del hombro y tiré de él.
—Apártate. —No iba a tolerar que el pánico anulara su buen juicio—. Iré yo.
Con su daga en alto, Theodore arrinconó a Halla contra el extremo más alejado de la cámara. La princesa se había subido el vestido y, al hacerlo, se había esparcido la sangre de la herida por todo el esternón.
Tras prometerme destriparla muy despacio cuando todo aquello hubiera acabado, me quité las botas de una patada y me zambullí en el estanque.
Tan pronto como el agua cálida y aceitosa me engulló, reparé en la luz rutilante de las antorchas que se colaba en el estanque verdoso.
En la espantosa sensación de notar brazos y piernas chocando con los míos.
Ya había estado allí antes.
Aunque las antorchas iluminaban la superficie del agua, no vi nada más que una densa maraña de aquellos cabos blanquecinos y carnosos.
Se me pegaron a los pantalones y se me enredaron en los brazos.
Parpadeé para aliviar el escozor que me causaba el agua sucia y esbocé una mueca al paladear su repulsivo sabor.
Busqué a Agatha en mi desesperado descenso, pero el estanque era tan profundo que daba pavor.
Utilicé una de esas resbaladizas cuerdas blancas como guía mientras me hundía más y más.
Parecían ramas nevadas, pero de base gruesa y resistente y ramificaciones mucho más delgadas en los extremos.
Se mecían de acá para allá con una gracilidad fluida.
Apreté una y descubrí que era esponjosa, como un cartílago. Como una vena.
Bajé y bajé hasta que, por fin, en el mismísimo centro de lo que parecía ser una red blanca y enmarañada, vi a Agatha apenas iluminada por la luz de la cámara.
Alcanzaba a distinguir sus brazos y sus piernas, recogidos contra su cuerpo como si fuera una recién nacida.
Tenía el cuero cabelludo enrojecido y lleno de cortes y arañazos allí donde le habían cortado el pelo sin ninguna delicadeza.
Las puntas de aquellas venas fantasmales estaban repartidas por todo su cuerpo, ancladas en su piel.
Me aproximé a ella para tratar de averiguar cuál sería la mejor manera de desenredarla de aquella masa. Pero entonces vi su torso.
El centro de su pecho estaba atravesado por una línea de una tonalidad rojo oscuro.
Una rabia incontenible se adueñó de mí. Comencé a cortar y desgarrar aquellas rígidas venas con mis garras, hasta que una sustancia negruzca se derramó en las aguas ya turbias de por sí.
El ataque pareció despertarlas. Se me enredaron en el pelo, en los brazos y las piernas, rodeándome y aferrándose a mí.
Aunque casi no veía nada, seguí lanzando zarpazos, decidida a liberar a Agatha. Hasta que algo me embistió desde abajo.
Un ardiente dolor estalló en mi pantorrilla.
Traté de liberarme con una sacudida, traté de ver qué me había atacado a través del entramado de nudos blancos y del torbellino de burbujas que estaba desatando al moverme, pero el doloroso peso que me lastraba no desapareció.
Me palpé la pierna a tientas y comprendí que era una mano.
La mano de Agatha. Me había enterrado las garras en la piel y estaba tratando de trepar hasta mí.
Cegada por la pavorosa situación, me dispuse a arrancar las venas que todavía se aferraban a ella.
Sin embargo, Agatha, que reaccionó como un animal aterrorizado, movido por el instinto, me clavó las garras en el brazo y tiró hacia abajo.
El agua convirtió mi grito en un gorgoteo.
Ahora estábamos cara a cara. Forcejeé contra ella para que dejara de resistirse y me las arreglé para sostenerle el rostro entre las manos y obligarla a estarse quieta.
Una fuerte sacudida la recorrió de arriba abajo cuando se detuvo a mirarme de verdad.
La tensión abandonó su rostro y se quedó boquiabierta de sorpresa.
En aquel paréntesis, aproveché para evaluar el estado en que se encontraba con más atención.
Llevaba una de las túnicas que Halla había vestido durante el ritual que había celebrado en la playa variana el mismo día en que yo había tomado la pócima para la escisión.
Una banda de un color rojo intenso caía por la parte delantera de la túnica color rosa pálido para imitar la herida que Eusia había recibido al ser eviscerada.
Además, tenía cuerdas alrededor de las muñecas, aunque ya le habían cortado el pedazo que se las había estado inmovilizando juntas.
Un instante más tarde, Agatha volvió a patalear y a revolverse para tratar de salir a la superficie justo cuando aquellas venas blancas comenzaron a estirarse en nuestra dirección. Les lancé un zarpazo, pero se movían como criaturas vivas que se buscaban y se volvían a unir a voluntad.
No. No, no, no. Sentí una ardiente punzada de dolor cuando una de ellas se agarró a mi cuello.
Agatha se hundió de nuevo al quedarse sin fuerzas, pero un tempestuoso fuego se había desatado en mi interior.
Prendió el centro de mi ser y se extendió por mi pecho.
Rodeé a mi amiga con ambos brazos, la estreché con fuerza contra mí y, cuando la siguiente vena hizo contacto con mi piel y se enterró en ella, el oscuro poder de mi vientre estalló.
Inundó el espacio entre mis músculos y mis órganos y, al ordenarles a las aguas del estanque que se detuvieran, todas y cada una de las venas que trataban de alcanzarnos se quedaron inertes.
Nadé hacia la superficie.
Cuando por fin emergimos del agua, un nuevo alarido escapó del pecho de Agatha.
—Ya estás a salvo. —La abracé con más fuerza—. Te tengo.
—Sácame —me pidió con voz desgarrada. Me apartó de ella con un débil empujón—. No… me toques. Sácame.
La solté un poco. Lachlan estaba al borde del estanque, esperando para ayudarla a salir.
Juntos la aupamos para dejarla sobre las irregulares piedras del suelo.
Agatha escupió y tosió y se hizo un ovillo para adoptar la misma posición que había mantenido en el estanque, rodeándose estrechamente las rodillas con los brazos ensangrentados.
Se quedó allí tumbada muy quieta, con los músculos algo temblorosos.
No había desplegado las alas, pero sí que tenía las garras extendidas.
Algunas de ellas se le habían roto y otra se la había arrancado de cuajo.
Era evidente que no se lo había puesto fácil.
Le puse una mano en el hombro.
—¡No! —exclamó ella en un grito atroz.
Aparté la mano de golpe con el corazón destrozado.
Lachlan se sentó a su lado. Estaba empapado de una mezcla de sangre y agua, y se encontraba en tal estado de conmoción que estuve segura de que nunca se recuperaría del todo de ese momento.
Permaneció inmóvil, y yo tuve que morderme la lengua para no gritar.
Habían pasado años separados porque le había hecho caso a Agatha cuando le había pedido que la dejara tranquila.
Porque Agatha había sido demasiado terca, demasiado dura como para dejar que alguien cuidara de ella.
Recorrí la estancia con una mirada impotente.
Halla estaba acurrucada en un rincón, apoyada contra la pared y derramando unas lágrimas inexplicables.
El agua me escurrió por el pelo y formó un charquito a mi alrededor cuando me incorporé para quedar de rodillas.
Miré a Theodore, que ya se aproximaba a nosotros, como si supiera lo que había estado a punto de pedirle.
Ayuda. Por favor, ayuda.
Hincó una rodilla en el suelo.
—¿Me permites curarte las heridas, Agatha? —le preguntó en voz baja y amable—. No te tocaré. Solo sentirás un calorcillo.
Ella profirió un sonido minúsculo pero tremendamente devastador y se encogió cuando Theodore empezó a cerrarle todas las lesiones que le salpicaban la piel. Al ver que Lachlan seguía sin reaccionar, gateé hasta Agatha y me tiré al suelo para verle la cara.
Agatha siempre había sido una mujer con una voluntad de hierro, inflexible e intocable, pero la emperatriz había conseguido romperla.
De sus rizos negros solo quedaban algunos mechones sueltos aquí y allá.
Levanté la vista para contemplar a Theodore, arrodillado a su lado, y una feroz determinación cayó sobre mí como un jarro de agua fría.
Me encargaría de solucionarlo todo por las dos personas a las que más quería en el mundo; por las dos personas que me habían mostrado compasión y que me cuidaban, no porque lo mereciera, sino porque ellos querían.
—Agatha —susurré. Ella permaneció con la mirada vidriosa, sin parpadear siquiera—. Agatha, ¿qué ha pasado? ¿Te ha metido ahí la emperatriz?
—Ofrenda. —Habló tan deprisa que me sobresaltó.
—¿Te ha usado como ofrenda? ¿Para Eusia?
Ella intentó negar con la cabeza, pero solo logró estremecerse.
—Mantengo viva a esa cosa.
¿Cosa? La miré confundida. La piel de las heridas ensangrentadas de su cabeza cicatrizaba a medida que se le iban cerrando muy despacio, una a una.
Agatha abrió y cerró la boca como si estuviera buscando las palabras adecuadas y luego dijo:
—Sigue ahí.
Me llevé un sobresalto y me incorporé un poco.
—¿Qué es lo que sigue ahí? —le pregunté—. ¿Eusia? ¿Eusia está en el estanque?
Agatha por fin parpadeó.
—En el fondo.
Entonces, con brazos temblorosos, se apoyó en el suelo para levantarse. Hice intención de ayudarla, pero me detuve antes de tocarla.
—¿Qué haces? Haz el favor de tumbarte.