La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 18. Imogen #2
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18. Imogen #2

—Dado que el vínculo que compartes con Eusia no te va a dejar lanzar un hechizo en su contra, vas a enseñarme a mí a utilizar la magia.

Jadeé enfadada pese a que mi cuerpo había empezado a arquearse, movido por el devastador placer que me proporcionaba.

—No… —Tuve que agarrarme al borde del estanque cuando la sensación se volvió abrumadora. Gemí y gimoteé hasta que aquella abrasadora ola por fin amainó hasta dejarme reducida a un montoncito de músculos flojos y respiraciones aceleradas—. No… no pienso enseñarte ningún hechizo.

Theodore sonrió con petulancia por encima de mí al mismo tiempo que me acariciaba el interior de las rodillas.

—Vaya, pues yo creo que sí.

Me apoyé sobre los codos, todavía jadeando.

—Jamás te dejaría hacer algo tan peligroso. Además, odias la magia, así que pondrías en entredicho tus valores…

Echó la cabeza hacia atrás y rio.

—Claro, porque soy la viva imagen de la honradez, ¿no? —Se colocó entre mis piernas y me fulminó con la mirada—. No soy tan bueno como tú crees, Imogen, así que haz el favor de parar.

Negué con la cabeza.

—Los hechizos son dolorosos, Theodore. No quiero verte sufrir. No puedo.

Con un brusco tirón, me acercó a él hasta que su erección quedó presionada contra mi centro. Cuando habló, lo hizo con voz peligrosa y mirada severa.

—Y, aun así, permites que yo te vea sufrir y esperas que lidie con ello como si nada. —Me embistió con un impulso de las caderas—. Qué cruel por tu parte.

Su cercanía contra mi palpitante cuerpo y la absoluta indignación que desataron en mí sus palabras me dejaron sin aliento. Cuando logré encontrar la voz, escapó de mis labios con una bochornosa debilidad.

—No hemos encontrado a Eusia y tal vez nunca lo hagamos.

—La encontraremos —aseguró con firmeza.

—Ni siquiera sabemos si eres capaz de lanzar hechizos. No todo el mundo…

—Y nunca lo averiguaremos si no me enseñas.

Proferí un gruñido exasperado y le apreté las caderas con ambas piernas.

—No pienso hacerlo, Theo.

Me agarró del pelo de la nuca.

—Lo harás. —Ahí estaba el rey indomable, de voz imponente y mirada implacable.

Sin embargo, sus caricias seguían siendo delicadas y desesperadas—.

Lo harás porque ambos estamos a punto de alcanzar nuestro límite.

Tenerte en la palma de mi mano y no poder sostenerte me está matando.

Y no sé durante cuánto tiempo seguirás siendo tú misma.

No puedo… —Tragó saliva con fuerza—. Ver cómo la magia te aparta poco a poco de mi lado es un sufrimiento que no puedo ni pienso soportar.

—Se inclinó hasta que nuestros labios estuvieron a punto de rozarse—.

Así que, en vez de bajar a los infiernos sola, te pido que me dejes acompañarte.

Se me revolvió el estómago solo de pensarlo, pero decidí centrarme en el ritmo de su corazón, que latía bajo mis manos, apoyadas sobre su firme pecho. Decidí centrarme en lo afortunada que me sentía de que alguien se preocupara tanto por mí pese a no merecerlo.

Me rozó la nariz con la suya.

—Di que sí y te besaré.

Lo aparté de un empujón. Furiosa. Aterrorizada. La culpa fue resurgiendo conforme mi pulso se ralentizaba. La mera idea de perder a Agatha, de ver cómo la magia consumía a Theodore, era algo que no podía soportar.

Abrí la boca para responder cuando un estremecedor alarido resonó por el pasillo que conducía a la puerta cerrada de la gruta.

Rebotó contra las teselas como un eco terrorífico que nos hizo dar un respingo a los dos.

El agua lo salpicó todo mientras corríamos a recuperar nuestras ropas.

Nos estábamos vistiendo con torpeza al seguir todavía mojados cuando los gritos se reavivaron.

Era un sonido inhumano, salido de otro mundo pero demasiado real.

Con la ropa todavía a medio poner, salimos a toda prisa de la gruta y nos adentramos en el pasillo oscuro.

Corrimos hacia la puerta oculta, donde los lamentos se oían con más fuerza, aunque no lograba identificar de dónde provenían.

Sonaban amortiguados, pero reverberaban por el vestíbulo central y trepaban hasta el techo para volver a bajar.

Miré a Theodore.

—Por aquí —dije apresurándome hacia la escalera este.

En la pared curva que se extendía bajo los escalones no se apreciaba la silueta de ninguna puerta, pero presioné las piedras de igual manera, justo en la zona que ocupaba la entrada de la gruta secreta en el extremo opuesto.

Cedió con tanta facilidad como su gemela.

Los gritos cesaron nada más atravesar el umbral.

Olía a moho y descomposición, como a plantas húmedas y podridas.

Me recordaba a la densa neblina marrón que había manado de la pila de Rohana. Theodore retrocedió.

—Hay una escalera —señaló dándome la mano.

Alcancé a distinguir el primer escalón, así como una tenue luz más abajo. El lamento volvió a escapar de las oscuras profundidades del pasadizo y nos empujó a emprender el descenso.

Bajamos y bajamos hasta que quedó claro que nos estábamos adentrando en las mismísimas entrañas de la tierra. Pensé en la cámara donde el rey Nemea celebraba sus rituales, excavada en el corazón de la montaña, y un mal presentimiento se adueñó de mí.

Se hizo un silencio repentino hasta que oímos un sonido húmedo, como el de un gorgoteo espeso.

Apretamos el paso. La escalera dio un brusco giro y los escalones quedaron iluminados por unas cuantas antorchas casi consumidas.

Al otro lado de la puerta ojival que había al pie de la escalera, vimos a Halla, arrodillada junto a un pequeño estanque redondo.

Se había soltado el cuerpo de su vestido de boda arrugado y una delgada línea de sangre manaba del centro de su torso desnudo y surcado de cicatrices.

Entre las manos sostenía lo que parecía ser un cabo desgastado, pero, al contemplarlo con más atención, reparé en que tenía un aspecto carnoso, firme e irregular.

Halla tiró de la cuerda que sostenía con la boca retorcida en una mueca y los brazos temblorosos, hasta que una cabeza viscosa, de piel oscura y con el cabello brutalmente rapado, emergió del agua.

Reconocí sus ojos grandes y aterrorizados.

Agatha.

Tenía la boca desencajada y, tras expulsar el agua que se le acumulaba en la garganta con un sonido húmedo y estrangulado, profirió otro alarido estremecedor.