La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 18. Imogen
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18. Imogen

Imogen

T heodore me observó con expresión ferviente. Durante un largo rato, no pude hacer más que maravillarme ante él. Ante las exquisitas líneas de su cuerpo, ante la posesividad con la que la luz que se reflejaba en el agua revoloteaba por toda su figura.

Ladeó la cabeza y un mechón de pelo oscuro le cayó sobre la frente.

—Necesitaba asegurarme de que estabas bien.

Negué con la cabeza, porque no lo estaba. Además, estaba harta de esforzarme por hacer lo correcto para acabar constantemente con el corazón roto.

—Ven aquí conmigo.

Ambos éramos muy conscientes del peligro que nos esperaba al final de la mecha que acabábamos de prender.

Ambos sabíamos que no deberíamos seguir adelante.

Nuestra postura lo dejaba claro. La lluvia golpeaba las estrechas ventanas.

Otro rayo surcó el cielo seguido del ensordecedor estruendo de un trueno.

Cuando se me despejó la vista, reparé en que Theodore había empezado a desabrocharse la camisa, que cayó con un susurro a sus pies.

Los músculos de su pecho firme y su abdomen se contrajeron cuando se quitó las botas, y sus ojos permanecieron trabados en los míos mientras hacía lo mismo con sus pantalones.

Una vez que toda su ropa quedó tirada junto a su camisa, caminó hacia mí, sin temor alguno, y entró en el estanque.

Todo en él era extraordinario, desde la forma en que los músculos de sus piernas se flexionaban hasta la suave curva del lateral de sus nalgas, los marcados ángulos y planicies de su figura y la línea descendente de vello oscuro que nacía en la parte baja de su vientre.

Se acomodó sobre el saliente que rodeaba todo el estanque, donde el agua le llegaba hasta la mitad del torso.

La tensión chisporroteaba contra mi piel húmeda.

Extendió una mano para coger un mechón de mi pelo, que dibujaba ondas sobre la superficie del agua.

—Estoy… —Me interrumpí y tomé aire.

Se enroscó el mechón en torno al dedo índice.

—¿Estás qué? —preguntó en voz baja y contenida.

No me veía capaz de contestar. La pena, la preocupación, el miedo y la desesperanza me tenían tan abrumada que ni siquiera intenté poner en palabras lo que sentía.

Sin embargo, el dolor descarnado que me retorcía la expresión debía de ser más que evidente, porque enseguida se adentró en el estanque, me soltó el pelo y se acercó a mí. Se detuvo justo antes de tocarme.

Un áspero sonido de frustración se me quedó atrapado en la garganta e hizo que sus carnosos labios esbozaran una sonrisa torcida, ardiente y divertida.

—Voy a tocarte, Imogen. —Su voz entrecortada reflejaba el ritmo de mis latidos—. Si me lo permites, claro.

Lo único que pude hacer fue ofrecerle un minúsculo asentimiento.

Entonces me rodeó la cintura enterrándome los dedos con firmeza en la carne. Sin ninguna delicadeza, pegó todo mi cuerpo al suyo.

—Eso es —gruñó.

Sentir su pecho y su vientre contra los míos hizo que un intenso deseo me embargara.

—Theo —exhalé, abrumada—, quiero…

Asintió con ansia y gruñó un «sí» antes de colocar una de sus piernas entre las mías y presionarme contra su muslo a la vez que me estrechaba firmemente la cintura con ambos brazos.

La distancia que separaba nuestros labios en aquel momento era mínima, pero ninguno de los dos la redujo.

—Es un sufrimiento… —Sonó casi enfadado cuando alejé mi cuerpo del suyo, deslizándolo por su firme muslo. El movimiento desató una descarga de placer en mi vientre—. Me mata verte y no poder tocarte. Oír el dolor que empapa tu voz y no poder aliviarlo.

Tiró de mí hacia él una vez más, y el agua chapoteó a nuestro alrededor.

Le pasé los dedos por el torso.

—No te atrevas a… —Un gemido me interrumpió.

Volvió a moverme contra su muslo con un firme agarre que demostraba lo frustrado que se sentía. Me enterró una mano en la melena mojada y me echó la cabeza hacia atrás para dejarme el cuello al descubierto y así besármelo.

—No me hables de… —se me entrecortó la respiración cuando presionó sus suaves labios contra la parte inferior de mi mandíbula, contra el pulso que me latía acelerado detrás de la oreja— sufrimiento.

Profirió un rugido irritado. Ambos conocíamos bien lo profundo que era el sufrimiento que acompañaba al deseo frustrado.

Entre los ardientes besos húmedos que me fue repartiendo por el cuello y los hombros, farfulló cosas que llegaron hasta mis oídos en breves fragmentos. «Necesito… La sensación es increíble… Imogen, déjame…». Bajó la mano libre hasta una de mis nalgas y le dio un apretón.

—Joder.

Si para entonces nos quedaba algo de autocontrol, en aquel momento se esfumó por completo.

Nos dejamos llevar por el deseo frenético y embriagador.

Nos movíamos el uno contra el otro desenfrenadamente, arañándonos con los dientes y explorándonos con los labios.

Cada gemido y cada movimiento parecían ser una prueba del dolor y la rabia que sentíamos y, aunque no había dejado de moverme contra su musculosa pierna, aunque el ardiente placer que sentía se desenroscaba lentamente en mi interior y me trepaba por la columna, aunque él continuaba hablándome en voz baja al oído, no nos besamos en la boca.

Daba la sensación de que no nos hacía falta verbalizar lo que pensábamos para saber que compartíamos una misma opinión: que la intimidad de un beso nos destrozaría.

Aquello. Aquello era lo que necesitábamos.

Eso fue lo que me dije, pero, en realidad, era todo cuanto podíamos permitirnos.

Le pasé las manos por los hombros para llegar hasta su espesa cabellera.

La forma en que tiraba y empujaba de mis caderas estaba empezando a tensarme el cuerpo, a llevarme cada vez más y más cerca del límite.

—Por favor, quiero…

—Adelante —me animó en voz ronca y sombría—. Te daré lo que me pidas —exhaló.

Tenía la boca pegada a mi clavícula, así que aprovechó para lamerme la piel con languidez.

—Theo.

Se echó hacia atrás de repente, manteniendo un agarre férreo para no dejar de presionarme contra él.

—Necesito verte.

Maldito fuera por mirarme de aquella manera. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro, mis pechos, admirándome como si aquella fuera su última oportunidad de hacerlo. Como si estuviera a punto de transformarme en agua sin ser consciente de ello y a escapar de su contacto para siempre.

Tomé las riendas de la situación manteniendo el contacto visual mientras me movía contra su muslo para alcanzar el clímax.

—Bien —jadeó. Sus manos, que hasta ahora habían permanecido firmes alrededor de mis caderas, treparon por mis costados—. Justo así.

Cuando dejé caer la cabeza hacia atrás, me acarició el cuello y los pechos. El agua seguía ondulando y chapoteando a nuestro alrededor. Saboreé la sal de su lengua y el sonido de su trabajosa respiración.

Me afané por ahogar el jadeo que escapó de mi interior cuando el calor que hasta ese momento había crecido en mi vientre estalló por fin. Theodore gruñó como si verme temblar y arquear la espalda le causara un profundo dolor. Tomó mi rostro entre las manos.

—Yo…

Pero se interrumpió, sacudió la cabeza y me dio un beso en la oreja. Me arañó el lóbulo con los dientes. Nos quedamos escuchando el suave eco de nuestra respiración mientras recuperábamos el aliento.

El silencio que descendió sobre nosotros era tenso, de ese que pedía a gritos algún tipo de reconocimiento, pero ninguno de los dos se vio capaz de dar el primer paso.

Theodore me cogió en brazos sin pronunciar palabra y me dejó al borde del estanque antes de colocarse en el saliente recubierto de teselas.

El agua salada bañó nuestros cuerpos y formó un charco sobre el resplandeciente mosaico del suelo.

—Todavía no he acabado contigo —dijo al tiempo que recorría cada curva de mi cuerpo húmedo con un desvergonzado brillo anhelante en los ojos—. Abre las piernas.

Aquella orden hizo que todo mi cuerpo hormigueara de ardiente anticipación.

Quería que me tomara, quería que silenciara los pensamientos que me asolaban con la fuerza de su cuerpo.

Quería estar cerca de él, ya que cabía la posibilidad de que no volviera a tener la oportunidad de estarlo.

Obedecí despacio; me sentía segura, desinhibida y cautivadora.

Mientras me recorría con la mirada, sus ojos eran todo fuego y sombras. Apretó los dientes y su pecho se hinchó al tomar aire muy despacio. Un delicioso sufrimiento marcó una arruguita entre sus cejas.

—No sé cómo lo haces —dijo mientras me recorría el interior del muslo con una mano todavía mojada.

—¿El qué?

—No sé cómo te las arreglas para hacer que me sienta como un famélico mendigante.

Para hacer que todo lo que no sea tu cuerpo sepa a cenizas.

Te juro que nunca había tenido algo tan bueno como tú en mi vida antes de conocerte.

—Sus cálidos dedos recorrieron mi centro con una suave y devastadora caricia.

Jadeé y dejé caer la cabeza.

—Cosa de la magia, supongo.

Su cálida risa hizo que mi corazón aleteara, pero, un instante más tarde, el delicado momento se volvió tórrido. Me agarró una de las rodillas y me obligó a separar más las piernas mientras introducía dos dedos en mi interior. Se puso de rodillas y tiró de mí.

—Dioses.

Traté de moverme contra él, pero solo conseguí resbalarme por el suelo de teselas.

Por mucho que lo busqué, se negó a concederme mayor contacto.

Se limitó a usar sus fuertes dedos, a moverlos de adelante atrás, curvándolos dentro de mí.

No era suficiente. Pese a la frustración que sentía, un largo gemido entrecortado escapó de mis labios.

—Maldito seas.

—¿Qué te pasa, Immy? —preguntó sin detenerse, llenándome más, profundizando sus embestidas.

—Lo sabes… de sobra…

Ronroneó para mostrar su aprobación cuando mi cuerpo se tensó ante el envite de otra oleada de placer.

—Así es. —Me presionó el vientre con firmeza con la mano libre y dejé escapar un gritito—. Pero primero tendrás que hacer algo por mí, querida.

Estaba a punto de estallar, a punto de ponerme a chillar.

—¿Qué?

Aceleró el ritmo.