La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 17. Imogen #3
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17. Imogen #3

Un espacio negro se abrió ante mí. Crucé el umbral con paso precavido y fui recibida por el suave olor del agua salada, por el aroma puro y limpio del mar, nada del hedor del agua ponzoñosa de la laguna.

Me dio un vuelco el corazón. Avancé por el pasadizo con los brazos levantados ante mí para enfrentarme a la oscuridad asfixiante.

El olor del agua salada creció hasta ser tan denso que casi pude saborearlo.

Entonces choqué con un muro de piedra y el impacto me recorrió ambos brazos de arriba abajo.

Pasé una mano por la superficie irregular hasta que noté un borde seguido de una superficie de metal y madera.

Otra puerta. Una delgada línea de luz tenue escapaba por sus rendijas.

Mi propio aliento siseó en mis oídos.

—¿Agatha?

Zarandeé el picaporte. Empujé la puerta y, al comprobar que no cedía, embestí la franja de hierro con el hombro.

En mi segundo intento, una descarga de dolor me estremeció.

Levanté el pestillo con un rugido y un gran esfuerzo, y luego cargué una vez más con todo el peso de mi cuerpo contra la puerta.

Se abrió de golpe, y caí de rodillas sobre un impresionante mosaico azul, negro y dorado.

Lo contemplé desorientada. Sus teselas brillaban tanto que bien podrían haber estado hechas de piedras preciosas.

Cubrían las paredes, el suelo y el techo irregular.

La luz tormentosa se esforzaba por colarse en la estancia a través de un trío de ventanas altas y estrechas.

En el centro de la sala había un pequeño estanque redondo y lleno de agua salada cristalina y reluciente.

Se me puso la piel de gallina. Me incorporé despacio, sin apartar la vista ni por un momento del agua.

Ninguna de mis visiones me había conducido a una cámara tan luminosa y serena como aquella.

Me acerqué al estanque empapándome de la paz que se respiraba en el ambiente.

La cámara parecía transmitir una intensa sensación de seguridad, que manaba de sus muros como si fuera una criatura viva y poderosa.

No percibía la influencia maligna y escurridiza de Eusia. Aquel lugar, así como el poder que lo inundaba, transmitía luz, ligereza y vigor. Tal y como el mar y el aire. Vathia Aithier, pensé. El agua estaba tan limpia que se veía el fondo del estanque.

No había ni rastro de Agatha. Ni de Eusia.

A pesar de lo hermosa que era aquella cámara, todavía me sentía entumecida. Unas lágrimas silenciosas me cayeron por las mejillas al acuclillarme junto al agua para sumergir mis dedos en ella. Estaba fresca e hizo que una chispa de energía me trepara por el brazo y se hundiera en mi pecho.

Me pregunté si así era como ella, mi madre, se había sentido.

De pronto me vi embargada por la imperiosa necesidad de escapar de la ponzoña de Eusia y del dolor que me causaba pensar en Agatha, aunque fuera solo por un rato.

Quería sentirme tan ligera como el aire de aquella cueva.

Me quité las botas, los pantalones húmedos y la tela que me cubría los pechos y lo dejé todo en el suelo.

El agua me calmó a medida que me envolvía. En realidad, no me preguntaba tanto por lo que mi madre había sentido, sino por lo que yo misma experimentaría si alguna vez conseguía desligarme de Eusia.

Me pregunté si me sentiría incandescente. Divina.

Me sumergí por completo en el estanque, ansiosa por que el agua me engullera y así poder disfrutar de la momentánea ingravidez que me proporcionaría.

El tiempo se dilató mientras flotaba. No habría sabido decir cuánto tiempo permanecí allí suspendida antes de notar la sacudida de un trueno en el pecho.

Saqué la cabeza del agua a regañadientes y me detuve en seco.

Theodore estaba en la puerta de la gruta.

La luz trémula bailaba sobre su cuerpo inmóvil, completamente en tensión. Nuestras miradas se encontraron.

Se adentró un paso en la estancia.

—¿Immy?

Un doloroso torrente de sentimientos me embargó al oír su voz grave rebotando contra las teselas. Se me formó un nudo en la garganta por culpa de las lágrimas contenidas.

—Creo… creo que se ha ido.

Hizo un asentimiento breve y desolado con la cabeza.

—Lo siento muchísimo, tesoro. —Ninguno de los dos nos movimos mientras nos contemplábamos. Tragó saliva con fuerza y, cuando por fin volvió a hablar, sus palabras sonaron roncas y estranguladas—. Pídeme que me vaya.

El corazón me rugía al bombear un calor líquido por todo mi ser.

Continué flotando en silencio, con la mirada clavada en el pesado subir y bajar de su pecho.

El espacio que nos separaba era tan frágil como un delgado cristal abocado a romperse en mil pedazos si alguno de los dos respiraba más fuerte de la cuenta.

Me mentalicé para que aquella hambre atroz que solía embargarme cuando estaba cerca de él tomara el control de mi cuerpo.

Pero nunca lo hizo. En aquella ocasión, lo único que percibí fue mi propio anhe­lo, el dulce y cálido deseo que despertaban en mí sus labios, sus manos y el consuelo de su devoción.

No me vi asaltada por las imágenes de su cuerpo ensangrentado o despedazado.

—Quédate —le supliqué en un susurro.

Su mirada se oscureció al cerrar la puerta con firmeza y echar el pestillo metálico.