La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 17. Imogen #2
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17. Imogen #2

Halla recorrió el modesto vestíbulo con la mirada, como si hubiera dado la conversación por concluida.

Los tapices cubiertos de polvo estaban tan desgastados que no había manera de distinguir qué era lo que representaban.

No había velas en las lámparas de araña.

El vestíbulo central conducía a las alas este y oeste y contaba con una estrecha escalera que llevaba al piso superior de cada una de ellas.

Halla se detuvo a estudiar la oscura entrada del ala este y entornó los ojos.

—Os ayudaré a buscar —anunció distraídamente antes de dirigirse hacia allí—. Vosotros peinaréis la zona oeste, ¿no?

Las sombras del pasillo la engulleron. Theodore me miró con expresión suspicaz.

—Iré a vigilarla —musitó.

Yo asentí agradecida.

Mientras subía los polvorientos escalones, me empezó a costar introducir aire en los pulmones.

Estaba tan decidida a dar con Eusia y Agatha que había olvidado por completo que, allí donde estuviera Eusia, también encontraría a mi madre…

o lo que quedara de ella. Su vínculo con Nemea, por muy debilitado que hubiera estado en su momento, seguía intacto cuando lo maté. Y eso significaba que estaba viva.

Llegué al rellano. Una espesa capa de telas de araña cubría una mesa redonda y unas estanterías vacías. Sobre los candelabros de metal todavía quedaban varias velas a medio consumir. Sin embargo, no había huellas ni en el polvo ni en la suciedad del suelo.

—¿Agatha?

El silencio que reinaba en el bastión, interrumpido solo por el lejano susurro del agua que lamía la costa, me ponía la piel de gallina.

Pasé de una habitación a otra, desesperada y muy consciente de que era la primera persona que abría aquellas puertas en mucho tiempo.

Con cada chirrido de las bisagras oxidadas y la consecuente sensación de vacío a la que daban paso sus lamentos, el miedo que albergaba fue creciendo hasta que lo sentí como una estaca enterrada en el pecho.

Regresé abajo, derrotada, y contemplé la laguna a través del umbral de las puertas delanteras.

El Eleuthios no era más que una motita en la niebla, pero el manto de nubarrones negros que cubrían el horizonte era imposible de ignorar.

El viento que aullaba al colarse en el interior del bastión me azotaba la cara.

No íbamos a poder marcharnos hasta que la tormenta amainara.

Giré sobre los talones, lista para continuar la búsqueda hasta dar con Agatha o rendirme al agotamiento, pero me detuve en seco al reparar en una silueta oscura en medio del jardín trasero.

Era alta y desgarbada y estaba ligeramente encorvada.

Sabía que no podía ser él, pero, por un instante, pensé en Nemea.

Se me tensó todo el cuerpo. Todas y cada una de mis terminaciones nerviosas me pedían a gritos que me moviera.

Que echara a correr. Pero me quedé allí parada mientras dejaba que mi mente completara los detalles de la figura envuelta en sombras para hacerme creer que se movía como él, que oía el particular ritmo de sus pasos.

La persona siguió avanzando hacia mí, hasta que mis ojos me revelaron por fin su verdadera identidad.

Lachlan se detuvo ante el umbral. Parecía sentirse hueco por dentro y cargaba con su espada apuntando hacia el suelo con desánimo.

Dejé escapar una temblorosa exhalación para tratar de aliviar el nudo de miedo que me obstruía la garganta. El cansancio me tenía al borde del desmayo.

—¿Has encontrado algo?

—Ahí fuera no hay nada de nada —dijo con voz rota—. Las pisadas y las marcas de ruedas acaban dando media vuelta, de regreso a la laguna. También he comprobado todos los edificios cercanos. —Levantó la vista hasta las escaleras por las que acababa de bajar yo—. ¿Arriba tampoco hay nada?

Negué con la cabeza.

—Pero no podemos rendirnos todavía. —Se me revolvió el estómago—. Pensaba que el estanque de Eusia estaría en la superficie, como una tina gigantesca, pero…

La visión de Ligea y Eusia de jóvenes me vino a la mente. Pensé en el agujero abierto en la tierra. En el hechizo que habían utilizado para llenarlo de agua.

—Tenemos que mirar abajo.

Y eso hicimos. Los cuatro buscamos pasajes secretos y trampillas en el suelo tanto dentro como fuera del bastión. Pasamos tanto tiempo buscando que la luz blanca como el sebo se tornó ambarina y las nubes de tormenta que tan alejadas se me habían antojado antes casi nos habían alcanzado.

Aun así, no encontramos nada. Una vez que hubimos revisado cada habitación y cada rincón, nos volvimos a reunir en el vestíbulo central.

El tormentoso viento que aullaba al colarse por las puertas revolvió el vestido ahora sucio de Halla alrededor de sus tobillos.

Durante todo aquel tiempo, la joven había permanecido en silencio y se había limitado a sacudir la cabeza para informarnos de que no había encontrado nada.

Si creí en su palabra fue solo porque yo misma comprobé las estancias por las que había pasado ella para quedarme tranquila.

Era evidente que Theodore estaba preocupado por Lachlan, quien se estaba sumiendo en una terrible espiral de melancolía conforme la situación mermaba su optimismo y grababa una expresión desolada en su rostro.

Yo conocía bien su dolor.

—Lach…

Extendí la mano para tocarlo, pero él se adelantó para cruzar las puertas principales del bastión y sentarse en los escalones delanteros con la vista clavada en la tormenta que se avecinaba. Que se hubiera detenido…, que se hubiera rendido…, me partía el corazón.

Theodore lo siguió justo cuando un rayo iluminaba el cielo. Un trueno sacudió los muros del edificio. Halla soltó un gritito y me dejó sola al retirarse al abrigo del ala inferior este.

La soledad caló en mí de verdad en aquella ocasión.

No tenía a nadie más. Había mantenido a raya aquella sensación durante mucho tiempo, pero por fin me había alcanzado.

La pérdida de Agatha me atravesaba como un cuchillo al rojo vivo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Otro fogonazo de luz, acompañado del estruendo del trueno, desterró las sombras del vestíbulo central e iluminó toda la estancia.

Me estremecí de pies a cabeza y me sequé los ojos para asegurarme de que mis ojos no me habían engañado.

Me había parecido atisbar la silueta de una puerta diminuta en la pared curva bajo la escalera.

Ahora, en la penumbra ambarina, solo distinguía las líneas de mortero entre los sillares.

Me acerqué a la pared mientras el golpeteo de la lluvia me inundaba los oídos.

Posé las manos allí donde había visto la silueta de la puerta y empujé.

La piedra cedió con un gruñido sordo.