La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 17. Imogen
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17. Imogen

Imogen

A nte nosotros, en la playa de arena de una suave tonalidad púrpura, se alzaba el bastión Raidne.

El antiguo hogar de mi madre. Allí la espesa niebla que cubría la superficie del agua también asfixiaba la tierra, pero el viento la desplazó y me permitió ver las siluetas retorcidas de unos árboles desnudos, las estructuras huecas y derruidas de algunos edificios y las colinas desiertas.

En aquella tierra yerma ya ni siquiera quedaba el recuerdo de la belleza de Antemusa. Era imposible imaginar cómo había sido antes de caer en desgracia.

Lachlan todavía permanecía tumbado, recuperando fuerzas a mis pies, mientras que Theodore arrastraba el bote por la arena para sacarlo del agua. Cuando lo soltó, sus habilidosas manos temblaban.

Dioses, quería correr hasta él, tranquilizarlo y sostenerlo entre mis brazos, pero me limité a contemplar a Halla, que se había levantado con vacilación y había extendido una mano hacia él para que la ayudara a bajar.

Tan pronto como se sostuvo en pie sola, Theodore agachó la cabeza y se alejó por la playa.

Halla dio un paso hacia él.

—Majestad, ¿os encontráis…?

—Déjalo —le dije permitiendo que mi posesividad y mi preo­cupación endurecieran mi tono. Mis botas encontraron la arena—. Dale un momento a solas.

Halla me miró apremiante, pero obedeció. Imaginé que me tenía demasiado miedo como para desafiarme.

En el bote, Lachlan se levantó despacio hasta quedar de ro­dillas.

—¿Ha funcionado? —preguntó mirando la laguna con desconfianza.

—No —respondí yo mirando mal a Halla. Ella palideció y volvió la cabeza hacia las ruinas del castillo con incomodidad. Me acerqué a Lachlan y susurré—: Ha dicho que no ha tenido «el valor» de matar a Eusia.

Lachlan gruñó y se pasó una mano por el pelo, lo cual hizo que unas cuantas gotas salieran volando de sus cortos mechones.

—¿Y te sorprende?

Me daba demasiada vergüenza admitir que sí.

Había sido una ingenua, pero me había compadecido de ella al ver las cicatrices que plagaban su cuerpo.

Porque estaba familiarizada con el dolor que acompañaba aquellas ofrendas y había experimentado lo devastador que era no tener ni voz ni voto en tu propia vida, y lo que era existir para ser utilizada.

Así que sí, me había sorprendido profundamente que Halla no estuviera tan furiosa como yo.

Que no quisiera romper como fuera las ataduras que la habían mantenido presa y disfrutar del proceso.

La costa trazaba una curva infinita que se perdía en la niebla en ambas direcciones.

Lachlan tenía los ojos verdes como el musgo clavados en la laguna, tensos y agitados.

Me resultaba impresionante verlo desterrar su conmoción sin miramientos para volver a ponerse la armadura, coger su espada como el soldado que cumple con una tarea rutinaria y bajar del bote.

Se puso en marcha tan pronto como sus botas empapadas entraron en contacto con la arena.

Me miró con seriedad.

—Vamos a buscar a Agatha.

Asentí y lo seguí. Theodore emprendió el camino de regreso hasta nosotros, mientras que Halla se alejó de la orilla para admirar los detalles de las imponentes ruinas.

Siguiendo los pasos de Lachlan, me fijé en que en la arena no había ni rastro de huellas o marcas de arrastre.

De hecho, estaba tan lisa que supuse que una ola debía de haber descendido sobre la playa y había borrado cualquier indicio de movimiento.

Más allá de la arena, se extendía un campo yermo.

Recordé que Agatha me había hablado de las colinas y praderas de Antemusa cuando era pequeña y que me había reñido cuando había creído que no le prestaba atención.

Pero yo había escuchado todas y cada una de sus palabras.

Me había contado que, tiempo atrás, toda la isla había estado cubierta de un manto de flores silvestres cuyo aroma empapaba el aire y que la tierra estaba surcada de abundantes vetas de oro que las sirenas habían preferido extraer con moderación.

Por eso sufrían frecuentes ataques. Por eso Ligea le había pedido a Diatan, la gran diosa de la artesanía, que utilizara su poder para moldear la tierra y erigir una barrera de rocas escarpadas alrededor de la isla, un arrecife tan afilado como unas fauces que mordieran el casco de los navíos codiciosos que llegaran con malas intenciones.

Lachlan y Theodore se habían detenido a estudiar el terreno justo al límite de la arena, donde empezaba la tierra abrasada. Yo no alcancé a ver qué era lo que les había llamado la atención hasta que me acerqué y me llevé una sorpresa.

Allí había un incontable número de huellas, marcas de ruedas y largos surcos de arrastre. Se me desbocó el corazón. Levanté la vista para seguir entre la niebla uno de los caminos rectos, así como otro que giraba hacia la derecha. En dirección a las ruinas del bastión Raidne.

Lachlan ya había emprendido la marcha por el camino recto.

—Vosotros id por el que conduce a las ruinas —nos gritó a Theodore y a mí antes de que se lo tragara la niebla.

Me alegré de que Halla continuara en la playa. Theodore seguía taciturno, sumido en sus pensamientos, pero, antes de emprender la marcha, me rozó los dedos con los suyos. Fue un gesto fugaz y distraído, como para asegurarse de que seguía a su lado antes de emprender la marcha hacia el bastión.

La tierra seca crujió bajo nuestras rápidas zancadas.

El bastión Raidne no era muy grande en comparación con otras fortificaciones.

Ocupaba la mitad de espacio que la fortaleza de Nemea y no era más que una casucha de piedra al lado del amplísimo palacio de Theodore.

Levanté la vista para admirar sus altos muros y sus prominentes agujas, así como los sillares curvos finamente trabajados.

En la parte trasera de la fortificación descansaban los restos carbonizados de un antiguo jardín.

Pegados al muro, había unos amplios parterres donde todavía se apreciaban los espinosos esqueletos de decenas y decenas de gigantescos rosales.

Que mi madre cultivara rosas me sorprendió mucho más de lo que habría esperado.

Theodore siguió avanzando hacia la imponente puerta principal, pero a mí el miedo comenzó a lastrarme.

Sentía que el pecho se me constreñía más y más a medida que me acercaba a aquella construcción en ruinas.

Pero seguí adelante por Agatha.

Los sillares del arco de entrada estaban decorados con grabados de mujeres aladas.

Con grandes olas, barcos y piedras afiladas.

Un motivo de flores silvestres y plumas enmarcaba los bajorrelieves.

Pasé los dedos por la silueta de una sirena con una corona puntiaguda.

Ligea tenía un aspecto regio e indomable incluso tallada toscamente en la piedra.

Y, sin embargo, había sido derrotada.

Bajo los grabados había una pequeña placa que rezaba «Vathia Aithier».

Vathia había sido su segundo nombre, en honor al espíritu de las profundidades que había ayudado a crearla.

Aithier, si no recordaba mal, era el espíritu del aire.

Habían estado tan intrínsecamente ligados, tan vinculados, que habían decidido habitar el cuerpo de una misma diosa.

Justo antes de llegar a la puerta, Theodore me cogió la mano.

No dijo nada, no encontró mi mirada, pero me estrechó los dedos como si supiera que yo lo necesitaba y me instó a seguir adelante con un suave tirón.

Las bisagras de la puerta emitieron un profundo lamento.

Ahogué una exclamación al ver a Halla en medio del vestíbulo circular central del bastión.

Las puertas opuestas a la que acabábamos de abrir, las que daban a la laguna, estaban abiertas de par en par ante el cielo neblinoso. Aparté mi mano de la de Theodore, pero ya era tarde. Halla nos dejó clavados en el sitio con una mirada gélida con la que nos hizo saber que nos había visto.

—El hogar de tu madre —dijo con voz quebradiza. Sus ojos albergaban un brillo casi febril y en su tono se apreciaba una inquietante fascinación que, como un fuelle, no hizo más que avivar mi irritación—. Está todo en silencio por aquí. Y no hay ni rastro de tu amiga.

El mosaico de mármol que decoraba el suelo estaba todo sucio y salpicado de hojas secas.

Aunque también alcancé a distinguir restos de arena, pedazos de cuerda deshilachada y más huellas de ruedas.

Nos adentramos en el vestíbulo con paso vacilante.

El bastión entero estaba hecho un desastre.

En uno de los laterales de la estancia había una lámpara de araña de hierro con la cadena rota, tirada sobre el suelo de mármol.

—Lo comprobaré yo misma de todas maneras. —Me dirigí hacia las estrechas escaleras que había pegadas a la pared curva—. ¡¿Agatha?! —Mi voz rebotó por los muros de piedra.

Theodore se detuvo ante Halla.

—Sabes más acerca de Antemusa de lo que nos has dado a entender.

—Es imposible que mis conocimientos sean más extensos que los de la reina Imogen o los vuestros… —le dio una patada a una piedrecita—, majestad.

—Halla, cuéntanos lo que sepas. —La seriedad con la que habló hizo que me detuviera en seco—. Te ordeno que…

—¿Qué me vas a ordenar? Soy tu esposa, no tu sirvienta. —Aquello puso furioso a Theodore, pero Halla le lanzó una mirada fulminante de la que su madre habría estado orgullosa—. Lo único que sé es que Eusia vive en un estanque muy hondo —dijo por fin— y que siempre debe permanecer allí.

Pensé en las visiones que había estado teniendo.

—¿Alguna vez has visto el estanque que utilizaba en Obelia? —le pregunté agarrándome al pasamanos.

—No. —Su tono destilaba resentimiento—. Lo único que he visto es una pintura que ilustraba el santuario de las ofrendas. El estanque era pequeño y redondo, dispuesto en el centro de la ­estancia.