16. Imogen #3
Pero la euforia no tardó en transformarse en pánico cuando caí en la cuenta de que el lento bum, bum, bum que sentía a través del agua coincidía con los latidos cada vez más débiles de Lachlan.
Desesperada, me esforcé por concentrarme en el monstruo, por recuperar los límites de mi cuerpo, por pensar en Lachlan, Agatha y Theodore. Traté de visualizar su rostro en la oscuridad, de llenar el silencio con sus voces, de darle su forma a la vaga inmensidad que me rodeaba y me embargaba.
A pesar de que mi poder seguía retorciéndose y acaparando todo mi cuerpo, aferrarme a mis seres queridos de algún modo me ayudó a volver a tomar las riendas sobre él, a ponerle límites y obligarlo a obedecerme con una renovada facilidad.
Volvía a notar mi propia piel, a sentir la calidez del agua contra ella al bucear hacia Lachlan.
No sabía muy bien cómo lo había hecho, pero pensar en ellos me había permitido volver a encontrarme a mí misma.
Entonces alcancé a la criatura. Aunque no la veía, percibí su presencia ondulante ante mí.
Extendí la mano y palpé su piel correosa.
El vínculo que compartía con Eusia no me permitiría despedazarla con mis garras como a mí me habría gustado, pero busqué a Lachlan mientras nadaba entre sus descomunales pliegues y tentáculos a través de nuestra conexión.
El golpeteo de su corazón era cada vez más lento.
Le ordené a la cosa que lo soltara tan pronto como noté los bordes duros de su armadura.
Estaba envuelto en uno de los tramos de su inmenso intestino salpicado de ventosas y escamas.
Tiré del órgano para desenredarlo de los hombros de Lachlan, a la espera de que Halla completara el hechizo.
El tiempo seguía corriendo. La cabeza de Lachlan estaba presionada contra el tentáculo carnoso, así que se la acuné entre las manos y le hice el boca a boca.
Tardó bastante en obedecer, pero el monstruo por fin liberó el cuerpo de Lachlan y dejó que se hundiera más, lastrado por su pesada armadura.
Yo lo seguí con esfuerzo y lo agarré mientras le pedía a una corriente que lo subiera hasta la superficie.
Entonces noté una picazón en la piel. Una ligera tensión en los músculos.
Durante un momento, una extraña sensación hizo que mi poder flaqueara.
El monstruo se había hundido cuando lo había obligado a soltar a Lachlan, pero se quedó repentinamente quieto.
Aquel dolor desconocido creció al tiempo que los largos tentáculos de la criatura se estiraban y se quedaban tiesos, como presa de una rigidez cadavérica.
Apreté los dientes mientras mi poder guiaba a Lachlan hasta la superficie, pero ya apenas le notaba el pulso.
Y el mío era más errático cada vez.
Halla había completado el hechizo, lo sentía, pero el monstruo no había muerto. Solo había descendido hasta el fondo de la laguna como si hubiera recibido una reprimenda.
Emergí del agua junto al bote y me limpié la humedad viscosa de los ojos y la cara con la mano.
Theodore ya había subido a Lachlan a la barca y lo había tumbado cuan largo era sobre su estrecho fondo.
Sin perder un solo segundo, le quitó la armadura, lo acostó sobre la espalda y le presionó el pecho para obligarlo a expulsar el agua que había tragado. Pero yo solo tenía ojos para Halla.
Estaba hecha un ovillo en la proa, abrazándose las rodillas y pagando por el hechizo que acababa de lanzar. Presionó la frente contra la madera mientras respiraba entre sonoros y pesados jadeos. Cuando clavó la mirada en mí, de sus ojos enrojecidos brotaban lágrimas.
Me aupé sobre el borde del bote.
—Has mentido. —Cogí la daga con una mano y la agarré de la melena blanca con la otra.
El agua sucia goteó sobre su vestido impoluto al apuntarle al cuello—.
Has dicho que nos ayudarías, que querías asegurarte de que ni Eusia ni tu madre le harían daño a nadie más.
—Había notado la potencia del hechizo a través del agua.
Sabía que lo había llevado a cabo correctamente, pero había flaqueado—.
Si hubieras tenido la suficiente determinación, el hechizo habría funcionado.
Halla tragó saliva contra el filo de mi daga.
—Lo he intentado. —Todavía tenía la voz ronca y entrecortada por el hechizo—. Hablaba en serio, pero no… no he tenido el valor de matarla. —Las lágrimas siguieron brotando de sus ojos inyectados en sangre—. Pensaba que podría hacerlo…, pero no he sido capaz. Lo siento.
Detrás de mí, Lachlan tosió y tomó una jadeante bocanada de aire. Aparté la daga del cuello de Halla y la tiré al fondo del bote.
Casi habíamos llegado a la costa. Theodore había conseguido que Lachlan volviera a respirar con normalidad, pero no le apartó la mano del centro de la espalda. Intercambiamos una mirada. Parecía roto y aterrorizado, y apretaba la boca en una mueca sombría.
—Es descorazonador, ¿no os parece? —Soné completamente desesperanzada. Tocamos tierra—. Tenemos un hechizo que nadie puede llevar a cabo.