16. Imogen #2
—Mis tutores me enseñaron que fue ejecutada aquí.
La abrieron desde el esternón a la ingle y tiraron sus entrañas al agua antes de hacer lo mismo con su cuerpo.
—Se volvió para mirarnos—. ¿Sabíais que no mueres en el acto si te destripan?
—Su voz sonaba lejana, como si aquella escena tan sangrienta que estaba describiendo no fuera más que un sueño.
Un escalofrío me recorrió la columna. Halla había llegado a la misma conclusión que yo.
Sabía que Eusia había lanzado un hechizo para sobrevivir a su ejecución.
Sabía que el mar la había arrastrado hasta las costas de Obelia pese a estar vacía por dentro.
De hecho, la habían nombrado santa precisamente por eso.
El hechizo que había usado debía de haber mantenido con vida también la parte de su ser que dejó atrás.
Halla encontró mi mirada desde el otro extremo del bote. Parecía sentirse perdida y traicionada.
—Me enseñaron que obraba milagros. Mi madre me dijo que mi carne era el precio que debíamos pagar por ellos.
Que el poder de Eusia era único, que nadie sería capaz de replicarlo nunca.
Entonces conocí a una mujer con una magia idéntica a la suya, te conocí a ti, y yo…
—Se atragantó, abrumada por la emoción.
Negó con la cabeza—. Anoche no podía dormir y leí los libros que el rey tenía en su escritorio.
Estaban plagados de hechizos. Hechizos para llevar a cabo tanto tareas mundanas como hazañas imposibles. Y me sentí… me sentí muy enfadada.
Comprendía el dolor que destilaban sus palabras como si fuera mío. Nos habían utilizado a las dos.
Aunque no bajé la guardia, asentí.
—Yo me siento igual, Halla.
Ya habíamos recorrido la mitad de la laguna y estábamos lo bastante cerca del bastión Raidne (del castillo de mi madre) como para distinguir el mortero que mantenía unidos sus sillares. Distinguía su imponente puerta de roble y las piedras del camino que conducía hasta ella.
El estómago me dio otro vuelco, y la brillante piel rosada del monstruo surcó la superficie del agua a mi izquierda.
—Conozco el hechizo que mantiene al monstruo con vida —dije—, es el mismo que utilicé yo después de resultar herida. Si hubiera uno a la inversa…
—Lo hay —me interrumpió ella señalando a Theodore—. Su majestad lo tenía marcado.
Desvié mi atención hacia él y luego bajé la vista al libro que tenía sujeto bajo la cadera. Aunque agarraba el remo con todas sus fuerzas, su expresión era la viva imagen de templanza.
—¿Ah, sí? —Sabía que había estado leyendo y anotando hechizos que podrían sernos útiles—. Y yo que pensaba que el rey aborrecía la magia.
—Y la sigue aborreciendo. —Theodore desplazó su remo por las espesas aguas con un gran esfuerzo, rehuyendo mi mirada—.
Pero he aprendido la lección y ahora sé que a veces uno tiene que hacer de tripas corazón para conseguir lo que quiere.
—Flexionó sus poderosos brazos para barrer el agua de nuevo—.
Una lección que, si no me equivoco, tú aprendiste ya hace tiempo.
Lachlan nos miró a los tres con semblante tenso y luego levantó la vista al cielo, incómodo.
—¿Me puedes enseñar el hechizo para explicárselo paso a paso a Halla? —le pregunté a Theodore, embargada por la gratitud de saberme comprendida por él.
Continuó remando con mirada tensa y analítica. Bajó la cabeza.
—Te lo enseñaré, pero el libro no menciona cómo llevarlo a cabo.
—No pasa nada. —Sospechaba que, a esas alturas, podría apañármelas para averiguar los pasos por mi cuenta.
Theodore cogió el libro y lo abrió por la página que había marcado cuando un golpe sordo resonó por el casco del bote y nos sobresaltó.
—Léelo rápido, Theo.
Exhaló con expresión tensa y recorrió la superficie del agua con la mirada antes de volver a centrarse en el libro.
—Un hechizo para inducir la muerte. Para contraer los pulmones y detener el corazón. Estas son las palabras que hay que pronunciar: «Goetia hecates thantos».
Aquella fórmula mágica no se parecía en nada a las de los hechizos que había aprendido hasta el momento y, por si fuera poco, estaba escrita en una lengua que desconocía. Negué con la cabeza.
—¿Estás seguro de que es así? ¿Qué más dice?
Pasó el dedo por la hoja, preparado para seguir leyendo, cuando un grueso tentáculo emergió de las profundidades justo al lado del bote y se elevó hacia el cielo.
Theodore cerró el libro cuando una lluvia de oscuras gotas cayó sobre nosotros.
El bote sufrió una brusca sacudida, y el tentáculo descendió sobre los hombros de Lachlan.
Todo sucedió tan deprisa que ni siquiera fuimos capaces de asimilar que se había enroscado a su alrededor antes de que se tensara y lo arrancara del banco.
Halla profirió un alarido ensordecedor. Theodore se puso de pie, listo para saltar a por su amigo.
—¡Para! —le grité. Él se quedó inmóvil, pero me miró furioso, con la boca entreabierta—. Iré yo a por él. A mí no puede hacerme daño. Halla, lanza el hechizo. Hazlo ya.
El miedo por fin la había alcanzado. Me miró estupefacta y sacudió la cabeza.
—No puedo…
—Sí puedes. Es igual que la oración que pronunciaste en la playa. Lo más importante es que tengas en mente tu propósito. —Me desabroché la camisa y me quité las botas—. Tienes que hacerlo ya.
Se quedó muda cuando Theodore cogió una daga y se la ofreció.
—Córtate la palma de la mano —le dije, vistiendo ya solo mis pantalones y la tela que me cubría los pechos—.
Derrama su sangre en el agua, trágate un pedazo de tu propia carne y pronuncia el conjuro.
—Me apoyé sobre el borde del bote, lista para saltar al agua—.
Debes concentrarte en el monstruo y estar decidida a verlo morir.
Ella asintió con una sacudida.
Theodore me miraba aterrorizado.
—Vuelve conmigo —me pidió antes de volver a abrir el libro para buscar el hechizo.
—Lo haré.
Entonces me sumergí en las turbias aguas de la laguna.
Estaban a la misma temperatura que mi propio cuerpo y eran viscosas y espesas.
Como no veía nada, me centré en la conexión que compartía con Eusia sin intentar mantener el control sobre ella.
El poder abrasador que residía en mi vientre salió despedido de mí y de pronto pude sentir la laguna entera.
Había cadáveres de sirenas repartidos por el fondo, nekgya a las que Eusia no había devuelto a la vida, además de barcos hundidos y los huesos de sus marineros.
Cada movimiento del monstruo hacía que mis propias entrañas dieran tumbos.
Capté los latidos cada vez más lentos de Lachlan.
Me hundí más con una gran urgencia, siguiendo las vibraciones a través de esas aguas negras como la noche.
Luché por nadar hacia Lachlan, pero la sal y la suciedad comenzaron a desdibujar los límites de mi cuerpo.
En aquel lugar donde mi poder quedaba libre de toda restricción, me sentía como si me estuviera disolviendo, como si me estuviera convirtiendo en todo y en nada.
En un momento de confusión, me pregunté si aquello era lo que experimentaban los seres ancestrales, los espíritus que habían albergado los grandes dioses.
Aquella novedosa inmensidad resultaba cautivadora.
Tenía que ser la sensación de la que Eusia me había hablado, el éxtasis embriagador del poder.
Sin embargo, mientras trascendía, mientras descendía más y más, mi determinación se me fue escapando poco a poco de los dedos.
Aminoré el ritmo para deleitarme con aquellas deliciosas sensaciones, para disfrutar de la omnisciencia.