La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 16. Imogen
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16. Imogen

Imogen

E l ancla cayó con un estrépito que me sacudió hasta los huesos.

La tripulación continuaba trabajando en cubierta, pero ahora también había más soldados salidos de los puentes inferiores.

Los miembros de la corte habían dejado atrás la seguridad de sus respectivos camarotes, al igual que el consejo de Theodore, para ver con sus propios ojos el mundo en el que nos habíamos adentrado.

La cubierta todavía estaba abarrotada de cabos rotos y restos del caos que se había desatado cuando el barco había estado a punto de zozobrar, así que me abrí camino por el laberinto de restos, hasta alcanzar el bote que pendía del costado de estribor.

Un escalofrío inquieto me trepó por la espalda.

Desde allí se alcanzaba a ver la costa, así como la difusa silueta de las ruinas del bastión de mi madre, con sus torres y murallas.

Ahora que estaba allí, una posibilidad que no había querido contemplar asomó su macabra cabeza: ¿y si habíamos llegado tarde?

Lachlan ya se estaba subiendo al bote y, a juzgar por su horrible expresión y el color ceniciento de sus mejillas, tenía el mismo miedo que yo.

El monstruo que había en el agua era el menor de nuestros problemas.

No había ni rastro del barco de la emperatriz.

Podría estar escondida en las ruinas, preparada para tenderme una emboscada y ayudar a Eusia a terminar de atarse a mí o podría haberse marchado ya tras haber cumplido con el cometido de entregarle a Agatha a su santa. Ambas opciones me ponían enferma.

Me encaramé al bote detrás de Lachlan y, mientras me acomodaba en uno de los bancos, Halla se acercó a mí. Todavía llevaba el vestido blanco de caracolas y cuentas de su banquete de boda, pero ahora estaba todo arrugado.

Parecía agotada y algo alterada.

—Te dije que te ayudaría.

Detestaba necesitarla. Detestaba estar dispuesta a confiar en ella.

—Como haya hecho este viaje solo para descubrir que mi amiga no está aquí o que le ha ocurrido algo malo… —El estómago me dio otro vuelco y perdí el hilo de mis pensamientos. Cuando volví a centrarme, hablé apretando los dientes—: No dudaré en tratarte tal y como tu madre haya tratado a Agatha.

Halla se puso blanca, pero asintió sin pronunciar palabra. Sabía que hablaba en serio. Los guardias la ayudaron a subir al bote y se colocó en el banco más alejado de mí, con la mirada clavada en la silueta desdibujada del bastión.

—¿Qué hechizo necesitas?

Me presioné la mano contra el vientre para placar los vuelcos de mi estómago.

—Hablaremos de eso más tarde, una vez que hayamos encontrado a Agatha.

Apenas había pegado ojo tratando de dar con la respuesta a esa pregunta.

¿Qué tendría que hacer para romper mi vínculo con Eusia?

Lo más lógico sería repetir a la inversa el hechizo que lo había forjado, pero algo me decía que tendríamos que intentarlo sin éxito unas cuantas veces para dar con la fórmula adecuada.

Lachlan estaba preparando el bote, comprobando sus armas, afanándose por mantenerse ocupado.

—Vamos.

El monstruo se retorció con un destello de piel pálida y brillante al surcar la superficie del agua.

—Primero tengo que asegurarme de que esquivamos a esa cosa. Emprenderemos la búsqueda cuando lleguemos al bastión. —Pensé en las piedras y antorchas que había visto en mis visiones y que rodeaban el estanque de Eusia—. Eusia está ahí, en algún lugar.

Halla giró la cabeza bruscamente en mi dirección.

—¿Cómo lo sabes?

Casi había estado vibrando de interés hasta aquel momento, así que me sorprendió que se quedara tan inmóvil al hacer aquella pregunta.

—Halla —mi tono de voz la forzó a encontrar mi mirada—, el hechizo que necesito que lleves a cabo matará a Eusia, ¿lo entiendes? Yo no puedo hacerlo. Dependemos de ti, pero solo te llevaré hasta esa isla si me prometes que cumplirás con tu palabra.

Mantuvo la mirada firme, pero reparé en que se le aceleraba la respiración y se retorcía la falda ya de por sí arrugada entre los dedos.

Asintió con la cabeza. No me quedaba más remedio que creerla, pues por el momento me negaba en redondo a aceptar la alternativa que me quedaba, que era la de quitarme la vida para matar a Eusia.

Halla recorrió la isla con mirada anhelante.

—Lo que te dije era verdad. No quiero que las maquinaciones de mi madre le hagan daño a nadie más. —Irguió la espalda con una elegancia etérea—. Mi marido nos acompañará por si sufro algún contratiempo.

No fui capaz de reprimir el estremecimiento que me sacudió el cuerpo.

—Ni en broma.

—Pues entonces no voy —concluyó Halla levantando el mentón.

Antes de que yo reparara siquiera en su presencia, Theodore agarró el borde del bote para subir con nosotros. Lo empujé con fuerza del hombro haciendo que la barca que todavía colgaba de sus amarres se tambaleara.

—¿Qué te crees que estás haciendo?

Toda la cubierta tenía los ojos posados en nosotros: la mariscal Baros, el procurador Gabros, los miembros de la corte, los soldados, la tripulación…

—Majestad —dijo Theodore con una meticulosa tranquilidad.

En una mano sostenía un pequeño libro encuadernado en cuero y decorado con letras doradas.

Una nueva era de magia atroz. Lo levantó un poco y me dedicó una mirada cargada de significado—.

Como bien ha dicho Halla, os acompañaré para asegurarme de que las dos permanecéis a salvo.

El aire caliente se volvió asfixiante. El estómago me dio un vuelco al comprender sus intenciones. Theodore sabía lo que yo pensaba hacer o, como mínimo, lo sospechaba. E iba a tratar de impedírmelo.

Lachlan ya había empezado a accionar las poleas.

—Rápido.

Yo ya había tomado una decisión. Eusia estaba desesperada por saciar su sed con la sangre de Theodore y no me arriesgaría a entregárselo en bandeja ni por todo el oro de Leucosia.

Un par de mechones oscuros se le pegaron a la frente perlada de sudor. Se había quitado la casaca negra y llevaba el cuello de la camisa blanca desabrochado y las mangas recogidas por encima de los codos.

—No puedes venir —insistí.

Entornó los ojos verdes para retarme con firmeza.

—¿Y si Agatha necesita que alguien la cure?

—No vayas por ahí —le advertí en un hilo de voz, con mala cara.

Aquello solo pareció reafirmar su decisión. Echó un vistazo a las personas que nos observaban y se subió al bote con un poderoso impulso. Luego se sentó a mi lado y habló en voz baja:

—¿Estás molesta conmigo por pensar un poco con cabeza en semejantes circunstancias? —Cruzó los brazos sobre su amplio pecho, con el libro todavía en la mano—. Que los dioses nos libren.

—Lo que me molesta es que uses a Agatha en mi contra de esa manera —siseé—. También estoy intentando protegerte a ti, pedazo de zoquete.

Pese a lo frustrado que se sentía, bajó la vista a mis labios.

—Si tú puedes arriesgar la vida sin ningún reparo por mí, ¿por qué no me dejas hacer lo mismo?

—Porque tú tienes mucho más que perder que yo —aseguré en un arrebato—. Tú tienes todo un reino que proteger y un consejo al que convencer de que eres un monarca con dos dedos de frente. Leucosia no puede permitirse perderte, pero saldrá adelante sin mí.

Lachlan profirió un gruñido furibundo y les pidió a los tripulantes que empezaran a bajarnos. Halla dio un respingo ante su ines­perado grito y se aferró a uno de los bordes del bote. Yo estuve a punto de protestar, pero ya habíamos perdido demasiado tiempo.

La mirada ardiente de Theodore sostuvo la mía durante unos segundos eternos.

—Yo no saldría adelante —dijo—. Y tu reino y tu gente tampoco. Eres tan necesaria como yo.

La barca sufrió una sacudida mientras lo observaba y trataba de evitar que el peso de mi corona, mi deber y mi necesidad de proteger a Theodore me asfixiaran.

—Te quedarás en el bote.

Él negó con la cabeza.

—Iré donde esté el peligro —sentenció con tono amable pero inflexible—, porque sé que es allí donde te encontraré.

Estaba segura de que vio el torrente de cálidas emociones que pasó por mi rostro.

Fui incapaz de disimularlo, así que desvié la mirada hacia el siniestro horizonte.

Entonces por fin soltamos los amarres y, una vez que nos mecimos junto al casco del Eleuthios, comenzamos a remar por la laguna de aguas espesas.

Cogí una de las dagas más grandes de entre los cuchillos y espadas que habíamos subido al bote.

El monstruo no se había dejado ver de nuevo, pero notaba sus movimientos en mis entrañas.

Lo sentía retorcerse y girar, así que les recé a todos los malditos dioses para que no fuera lo que yo sospechaba.

Escudriñé la superficie del agua mientras remábamos.

—Algo me dice que no nos hará daño mientras yo permanezca en el bote.

Lachlan había apretado los labios con gesto inquieto.

—¿Por qué?

El aire húmedo hacía que se me pegara el pelo al cuello y que notara una presión en los pulmones.

—Creo que está ligado a Eusia y, como yo también lo estoy, no puede hacerme daño.

—Pero eso solo te protege a ti, no al resto —dijo con un resoplido.

El silencio me puso los pelos de punta. Los únicos sonidos que se oían eran los aullidos del viento y el chapoteo de los remos.

No había lugar a dudas de que el hechizo que había corrompido aquel territorio era una abominación.

Mientras que todos contemplábamos sus estragos con horror y estupefacción, para mi creciente alarma, en los grandes ojos azules de Halla brillaba una evidente devoción.

Se había colocado en la parte delantera del bote, en el extremo más alejado de donde yo me encontraba.

Me quedé sin aliento al verla extender el brazo y deslizar un dedo por la superficie de la laguna negra.

En su fascinación, se había olvidado del resto de nosotros.

No muy lejos de donde nos encontrábamos, un carnoso tentáculo se deslizó por las perezosas olas. Halla fue la única que no se acobardó.

Rompió el silencio con suavidad.