La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 15. Imogen #3
45%

15. Imogen #3

«Pero necesito que sepas que veo todas esas facetas tuyas que odias y que tanto te esfuerzas por esconder y aun así te quiero igual».

—Reina Imogen. —La capitana me llamó en voz alta y clara. Estaba detrás de mí, con las mejillas rojas y expresión seria—. Nos habéis traído hasta aquí con vuestra demostración. Ahora ha llegado el momento de que utilicéis vuestro poder para llevarnos hasta la laguna costera sanos y salvos.

Giró sobre los talones y se encaminó hacia el timón sin esperar respuesta.

La tripulación no tardó en izar de nuevo las velas para asegurar que la embarcación estuviera lista para cruzar el arrecife, pero su temerosa anticipación era más que evidente.

—A la orden, capitana —dije al tiempo que me soltaba de la barandilla y me dirigía hacia la proa.

Theodore me siguió y Lachlan desenvainó su espada con un sonido metálico.

—Por todos los putos dioses, Lach —oí refunfuñar a ­Theodore.

Contemplé la neblina amarilla que se arremolinaba alrededor de las imponentes rocas del arrecife. Entorné los ojos en busca de la laguna y la costa de Antemusa, pero lo único que vi fue un espacio entre las rocas lo bastante amplio como para que el Eleuthios pasara con holgura.

Exhalé despacio mientras hacía un balance de mi situación. Todavía notaba el estómago revuelto y agarrotado. Mi poder bullía a la espera de que recurriera a él.

—Lachlan, lleva a Theodore al otro extremo de la cubierta.

Ninguno de los dos rechistó. No eché la vista atrás para ver cómo se alejaban antes de volver a centrar toda mi atención en el agujero que se retorcía en mi vientre.

Una ola de calor me embistió al instante.

De pronto, me sentía como si aquel mar corrupto corriera por mis venas.

La voz de Eusia regresó como un cántico, una canción que templó mi garganta.

—Mi hogar, mi hogar, mi hogar.

El objetivo de mi determinación era claro como el agua y, aunque tenía los ojos cerrados, sabía que el barco avanzaba sereno entre las rocas por orden mía.

Oí un quedo jadeo fascinado a mi lado. Al girar la cabeza, descubrí que Halla, acompañada de los guardias de Theodore, contemplaba boquiabierta la laguna y la tenue curva de la costa que se extendía al otro lado.

Se llevó una mano al centro del pecho para obligarse a respirar y luego se volvió para mirarme.

Cuando nuestros ojos se encontraron y dio un respingo, supe enseguida qué era lo que acababa de ver: los ojos blancos y sobrecogedores de una maga sibila.

Desvié mi atención de nuevo hacia Antemusa y aminoré el avance del barco una vez que estuvimos dentro de la laguna.

Apretando los dientes, dejé que el viento amainara y que las sucias corrientes marinas se detuvieran antes de cortar la conexión que había establecido con Eusia.

En aquella tierra yerma, suponía una hazaña comparable a la de interrumpir un caudal con un puñado de barro suelto, pero al final me las arreglé para lograrlo.

Llamé por encima del hombro a la capitana, que no se había alejado mucho y me contemplaba con las cejas arqueadas en señal de aprobación.

—Preparad un bote.

Se colocó el sombrero de tres puntas y asintió, pero entonces el barco sufrió una sacudida. Un fuerte golpe resonó por el casco.

—¡Hay algo en el agua! —exclamó un tripulante—. ¡A babor!

Halla corrió hacia donde el hombre había señalado. La capitana hizo lo mismo, con Lachlan y Theodore pisándole los talones.

Halla se asomó por la barandilla y profirió un gruñido frustrado.

—No veo nada.

El marinero señaló directamente hacia abajo.

—Estaba justo ahí, aunque no lo he visto hasta que ha emergido de las profundidades. No he sabido identificarlo.

El estómago me dio otro profundo y terrible vuelco justo cuando la criatura de la que hablaba el tripulante surcó de nuevo la superficie.

Se tomó su tiempo moviéndose con languidez entre las espesas olas, como si quisiera que la viéramos bien.

La cosa tenía la piel pálida, brillante y tan delgada que se le veían las venas.

Extendió para nosotros unos tentáculos mucho más largos de los que había visto jamás.

Uno de ellos dibujó un arco sobre las aguas y golpeó el costado del barco.

Su ataque reverberó por el casco como si fuera un tambor.

Igual que Halla, me asomé a la barandilla del Eleuthios para tratar de ver mejor a la criatura. Entonces emergió por completo y su grotesco cuerpo quedó a la vista mientras se retorcía sobre sí mismo, imitando los movimientos que notaba dentro de mí.

De pronto, caí en la cuenta de algo que me horrorizó…

A pesar de que el mar la había transformado y había cubierto su piel lustrosa de resplandecientes parches de escamas, ventosas de púas afiladas y percebes blanquecinos, todavía se alcanzaba a apreciar la curva rosada de un estómago, un hígado marrón rojizo y una ristra de intestinos tan delgados como una cuerda.

Me quedé helada. De piedra.

—Dioses benditos…

—Es el monstruo marino del que nos habló la mariscal Baros —jadeó Halla.

Monstruo marino.

La mariscal no se hacía una idea de lo acertada (y equivocada) que había estado al describirlo de aquella forma.