La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 15. Imogen #2
44%

15. Imogen #2

Los marineros gritaron. El viento aulló. Lachlan, que ya se había amarrado a la barandilla, trató de deslizarse por la cubierta hacia el punto donde habíamos perdido de vista a Theodore, pero yo ya casi había llegado allí.

Cogí un cabo partido en dos y pasé junto al palo mayor, deslizándome un momento y gateando el siguiente, en dirección a la escotilla abierta.

Entonces lo vi, aferrado al cabo que rodeaba el siguiente mástil.

Me agarré a la celosía de la escotilla y descendí poco a poco hacia él.

Si se soltaba, el ángulo de la cubierta haría que se resbalara y se perdiera en las profundidades negras y rabiosas del mar.

—¡Ni se te ocurra soltarte! —le grité.

Él levantó la vista bruscamente. Tenía los dientes apretados por el esfuerzo.

—No tengo intención de hacerlo.

Otra fuerte ráfaga de viento hizo que el barco se inclinara todavía más. Me aferré con más fuerza a la celosía y amarré el cabo que sostenía tan bien como pude a una amplia cornamusa cercana a la escotilla.

—Más te vale coger este cabo o te juro por los dioses que te traeré de vuelta al mundo de los vivos con un hechizo solo para matarte yo con mis propias manos.

Me miró con una sonrisilla divertida justo cuando el amarre del mástil se le comenzaba a resbalar de los dedos. Dejó escapar un gruñido mientras la punta de sus botas arañaba la cubierta en busca de apoyo.

—Theo —lo llamé tras asegurar el cabo.

Cogí impulso para lanzárselo y él lo atrapó al vuelo, aunque se resbaló.

La cuerda se le escurrió de entre los dedos y le quemó la palma de la mano.

Por suerte, no se soltó. Con un esfuerzo, salvó la distancia que nos separaba mientras el descomunal navío comenzaba a enderezarse con un estrépito de crujidos y gemidos ensordecedores.

Justo cuando creía que se partiría por la mitad, volvió a quedar horizontal sobre las aguas.

Acabé tumbada sobre la espalda, con medio cuerpo sobre la celosía y otro medio sobre las tablas de cubierta.

Me temblaban las manos. La tripulación se apresuró a corregir las velas y sustituir los aparejos rotos.

Theodore me agarró del tobillo y tiró de mí hacia él para que quedáramos cara a cara.

Lo estudié mientras ambos respirábamos con dificultad.

Tenía la frente perlada de sudor y unas marcadas ojeras.

La barba incipiente que le oscurecía la mandíbula me resultaba tan atractiva que tuve que contener el impulso de tocarlo para sentir su aspereza contra la palma de la mano.

Aunque todavía estaba conmocionado y sin aliento, se las arregló para torturarme con una de sus medias sonrisas.

—Iba de camino a buscarte —dijo con tono algo burlón.

La embarcación había recuperado una estabilidad relativa, pero yo todavía me sentía como si el mundo estuviera patas arriba.

—Menuda irresponsabilidad por tu parte.

—Tenía que contarte que he encontrado un hechizo… —Pero se interrumpió y se me quedó mirando con un brillo cálido y vidrioso en los ojos y los labios entreabiertos.

—No me mires así —le dije de mala gana.

—¿Cómo te estoy mirando?

—Yo qué sé. Así. Con cara de tonto.

—¡Con cara de tonto! —Se puso de rodillas y me ofreció una mano para ayudarme a incorporarme—.

Contendré el impulso de cogerte en brazos y besarte —aseguró con firmeza— y me morderé la lengua siempre que pueda para no hacer grandes declaraciones de amor, pero si te miro como dices, te prometo que es algo que escapa por completo a mi control.

Estábamos demasiado cerca el uno del otro. El perverso viento seguía aullando y revolviéndonos el pelo en todas direcciones. Otro desagradable retortijón me atravesó el vientre y se me formó un nudo en el estómago.

Lachlan corrió hacia nosotros.

—Ve a ver cómo está Halla, Theo. —Nos miró a los dos con mala cara—. Y, mientras os emperréis en permanecer en cubierta, os pido por favor que os atéis a la barandilla y evitéis distracciones peligrosas.

Theodore apretó los dientes con fuerza. Mantuvo la mirada fiera posada en mí y me dejó sin aliento antes de dar un paso hacia su camarote y volver a pararse. Sus guardias ocupaban de nuevo sus respectivas posiciones ante la puerta.

—¡Comprobad que su alteza está bien! —les pidió a gritos.

Lachlan estaba que echaba humo por las orejas.

—Por el amor de los dioses —dijo entre dientes—, deja de tratarla como si todavía fuera princesa, Theo.

Pero él lo ignoró, se agachó para coger una cuerda y se acercó a mí para atármela a la cintura. Sostuvo mi mirada al apretar el nudo de un tirón. Lachlan refunfuñó mientras aseguraba el otro extremo a la barandilla.

—¿Puedes controlar el viento y el agua aquí? —me preguntó.

Me aparté el pelo que me molestaba en la cara.

—No los siento. Es como si estuvieran vinculados con Eusia.

Theodore se ató al barco con expresión sombría.

—Igual que tú.

Otra ráfaga de viento voló por la cubierta y zarandeó el navío de lado a lado. Había estado tan obcecada en mantener a raya a Eusia, en contenerme, que ni siquiera se me había pasado por la cabeza comprobar si el vínculo que compartíamos podía granjearme algún poder.

Bajé una vez más la vista a la superficie del agua. Lachlan y Theodore se colocaron cada uno a un lado de mi cuerpo.

—Si tú y yo pudimos compartir nuestro poder… —dijo mientras me apartaba el pelo que se me había quedado pegado a la mejilla.

—No. —Lo interrumpí tratando de evitar que su atención me distrajera. Había tenido cuidado de no tocarme al deslizar los dedos por el mechón que sostenía—. Mi vínculo con Eusia no se parece en nada al nuestro.

—Porque está forjado con magia. Pero ya sabemos que ella tiene acceso a tu poder, así que tal vez sea mutuo, Imogen.

La mera idea de explorar aquel poder untuoso y ardiente me aterrorizaba, y más teniendo a Theodore tan cerca. Aunque esa misma cercanía también me infundía un valor renovado. Cerré los ojos y, como si hubiera cruzado el umbral del ala tapiada de una casa en ruinas, busqué en mi interior.

Determinación, me dije. Aquello era lo que guiaba a Eusia.

El deseo era lo que la alimentaba, lo que avivaba su magia.

Me sumergí en aquella desagradable sensación que me retorcía las entrañas; me concentré en el rincón de mi mente donde oía su voz.

Me sorprendió descubrir que la barrera sólida e impenetrable que había esperado encontrar era en realidad delgada como el papel. Nada más que un simple velo.

Al atravesarlo, sentí que algo estallaba en mi interior, que algo se retorcía. Notaba el ondular del agua y el caótico soplido del viento. Pensé con más ahínco en la determinación que me guiaba y le ordené al mundo que me rodeaba que se calmara.

En la fortaleza Linum, cuando me había sumergido en aquella tina de agua de mar por primera vez, la voz de Eusia me había alcanzado como un eco distante.

Junto a la costa, sus palabras habían sonado alto y claro entre mis oídos al hablar a través de las nekgya.

Ahora era como si estuviera haciendo vibrar mis propias cuerdas vocales.

Se me relajó la mandíbula y me sentí como si me estuviera sujetando el mentón para moverme la boca:

—Querida, mira lo lejos que has llegado…

En los límites de mi consciencia, todavía notaba el cuerpo firme y cálido de Theodore a mi lado. Incluso lo oí cambiar de posición con un gruñido.

—Imogen.

Pero el resto de mi ser se había transportado hasta un estanque oscuro de agua turbia y amarga.

Notaba la espalda presionada contra el fondo.

El pelo se me arremolinaba alrededor del rostro y un orbe de luz blanquecina pendía sobre mí.

Unas extremidades frías chocaron con las mías.

El estanque entero parecía palpitar, como si estuviera sumergida en un corazón… o en una matriz.

Mi boca volvió a moverse sola.

—Ya casi estás en casa… Llevo mucho tiempo esperando.

Unas manos me agarraron con firmeza de las muñecas y algo me golpeó la espalda. La sacudida me arrancó de aquellas desagradables aguas y me devolvió a mi propio cuerpo. Abrí los ojos jadeando.

Theodore estaba pegado a mí, presionándome contra la barandilla utilizando todo su peso e inmovilizándome las manos contra la madera. En el cuello tenía tres arañazos de los que le manaba sangre de un intenso color rojo. Lachlan me apuntaba a la garganta con su daga.

—No. —Sacudí la cabeza—. Lo siento muchísimo. Theo, no…

Su mirada atónita se clavó en la mía.

—Tus ojos.

Lachlan bajó el arma, todavía conmocionado.

—¿Qué les pasa? —pregunté.

Theodore tragó saliva.

—Por un momento parecían… como los de la maga sibila. Como los de Rohana. —De un blanco lechoso y brillante. Recorrió el paisaje con la mirada, inquieto y sin soltarme—. Lo has conseguido. Has hecho que pare.

Sabía que el barco había dejado de zarandearse. El viento había amainado, pero no lograba apartar la vista de las tres heridas que le había abierto en el cuello. Se cerraron solas cuando me soltó las muñecas y se apartó de mí.

—Lo siento —susurré—. No sé qué ha pasado.

En vez de dejarme sola, se volvió a colocar a mi lado.

Yo me aferraba a la barandilla con tanta fuerza que se me habían puesto los nudillos blancos.

Posó una mano justo al lado de la mía para que nuestros meñiques se rozaran.

Levanté la vista hasta su rostro mientras él contemplaba la resplandeciente superficie negra del mar.

Tenía un aspecto feroz, desaliñado; su enorme figura permanecía en tensión y sus cejas, fruncidas en un marcado ceño.

Parecía… cambiado. El hombre (el rey) que había conocido en lo alto de aquel torreón de la fortaleza Linum era alguien seguro.

Inflexible. Alguien que sabía exactamente cuál era su lugar en el mundo y para quien nunca habían existido los tonos de gris.

A veces, todavía esperaba enfrentarme a la ira de aquel antiguo rey, pero ahora Theodore ya solo me ofrecía un apoyo silencioso. Con nada más que un pequeño gesto, me estaba confirmando que todo estaba bien.