15. Imogen
Imogen
N o sabía cuánto tiempo me había llevado, pero la música hacía ya rato que había parado.
Había pasado horas en mi catre, decidida a mantener mi concentración puesta en mi cuerpo y mi respiración.
Pese a la cercanía de Eusia, pese a lo frágil y fuera de control que me hacía sentir nuestro vínculo corrupto, me repetí una y otra vez en una letanía desesperada que mi poder me pertenecía.
Las olas ahora eran más altas y el barco se mecía con una violencia hipnótica que me arrastraba hasta los brazos del sueño solo para devolverme de golpe a la vigilia.
Mi cabeza era un frenesí de pensamientos que subían, bajaban y rompían contra mi cráneo.
Esa untuosa vibración de mi vientre no se había disipado y me empujaba a pensar que Eusia se lo estaba pasando en grande tironeando de nuestro vínculo.
Toqueteando la gruesa cicatriz que ahora surcaba mi abdomen.
Me tumbé sobre un costado y apreté los dientes para tratar de consolidar mi determinación. Aunque sentía que me tenía justo donde ella quería, me recordé que era más fuerte que ella.
Que era ella quien me necesitaba a mí.
Pero había una pregunta de la que no lograba escapar por mucho que deseara evitarla: ¿Qué es lo que necesitas tú?
Se me llenaban los ojos de lágrimas solo de pensarlo.
Darles nombre y forma a mis necesidades me suponía un inmenso dolor, pues significaba que perdería algo real si no lograba cubrirlas.
Aun así, pese a mi reticencia, imaginaba los muros de mi casita soñada.
Olía el perfume de las flores que se asomaban por mi ventana abierta y oía el sonido lejano de las olas al romper en la costa, así como una voz cálida y grave llamándome para que saliera al jardín.
Rodé para quedar de espaldas y me presioné los párpados. Sabía que yo nunca conocería esa paz. Tenía dioses, monstruos y reinos de los que encargarme. Por eso volví a encerrarme en mí misma y pensé en Eusia.
Había pasado mucho tiempo luchando por llevar a cabo su intrincado plan para obtener poder y, si bien ya había captado atisbos del pasado de Eusia en mis visiones, sospechaba que todavía me faltaban muchos detalles de su historia. Pensé en las palabras de Halla…
«Dispones de todo lo que ella siempre ha querido. Y sin buscarlo siquiera».
La seguridad con la que me había mirado al decir aquello me hacía estremecer incluso en aquel momento, igual que su repentina disposición a ayudarme cuando por fin llegáramos a Antemusa. Sus intenciones eran todo un misterio.
Aunque no debería esperar nada de ella salvo lo peor, caí en la cuenta de que albergaba cierta esperanza…
La oscuridad comenzaba a disiparse. Clavé la vista en el techo y respiré hondo. Quería una dosis de nepente. Una copa de vino. Cualquier cosa que aplacara un poco mis alborotadas emociones. Mientras permanecía allí tumbada, luchando por recobrar la calma, mi mente voló hasta Theodore.
Pensé en lo amable que era y en lo mucho que creía en mí incluso después de haber visto mi peor cara.
Me hacía querer ser mejor persona, enfrentarme a la vida, pero aquellas imágenes tan dulces de él no tardaron en volverse crueles.
Me lo imaginé desnudo sobre Halla. Me lo imaginé depositando besos sobre su piel, enterrando las manos en su melena clara.
Casi alcanzaba a oír su voz ronca calentándole la oreja.
Se me cerró la garganta. Me puse de pie y me vestí con unos pantalones de uniforme limpios. Tan pronto como Lachlan había cerrado con llave la puerta de mi camarote me había quitado el vestido y lo había dejado todo arrugado debajo del catre.
Justo cuando me colocaba bien la tela que me sujetaba los pechos y me metía la camisa por dentro de los pantalones, el barco sufrió una violenta sacudida.
Me di un buen golpe en las rodillas al caer al suelo de madera.
Lo primero que pensé fue que habíamos encallado, pero entonces el barco dio un bandazo en la dirección opuesta.
Salí volando hacia atrás y me golpeé la espalda con una de las duras patas del catre.
La madera emitió un sonoro crujido. Un estallido de pasos y gritos se oyó a través de las tablas.
Me arrastré de vuelta a la cama para asomarme por el ojo de buey, pero lo único que vi fue el cielo oscuro teñido de un espeluznante tinte amarillo.
Contuve el aliento mientras aguzaba el oído para escuchar el mar, pero se había quedado… en silencio.
En vez de chapotear o bailar en mis oídos como acostumbraba a hacer, emitió un espeso gorgoteo. Abrí el ojo de buey y una ráfaga de aire caliente y pegajoso me azotó la cara.
—Mierda.
La preocupación me atenazó el cuerpo al darme cuenta de que el poder que reverberaba en mi vientre de pronto me resultaba extraño.
Se había tensado y se movía como si tuviera algo dentro de mí, como una serpiente retorciéndose dentro de una bolsa.
El barco volvió a cabecear, y me dejé caer al suelo para ponerme las botas.
Luego me lancé hacia la puerta y tiré del picaporte, pero no cedió.
—¡Lachlan! —Aporreé la puerta con el puño. La embarcación se ladeó y osciló con un sonoro crujido. Me deslicé hasta quedar de rodillas—. ¡Déjame salir!
Pero no obtuve respuesta. Solo oía la cacofonía de los golpes que daban los tripulantes al trabajar, los gritos al otro lado de la puerta del camarote y el tamborileo acelerado de las pisadas de quienes se movían por cubierta.
De pronto, el calor se volvió asfixiante.
El sudor me corrió por la frente y me pegó la camisa a la piel.
Me arrastré a gatas hasta la puerta y me agarré a la manilla.
—Lachlan…
Por fin lo oí gritar al otro lado.
—Dioses benditos…, no sabes lo difícil que es… meter la llave en la cerradura… con el barco…
La puerta se abrió de golpe. Lachlan me miraba con ojos desencajados. Yo estaba agazapada en el suelo, aferrándome al catre, que amenazaba con llevarme por delante.
—¿Qué narices está pasando?
Negó con la cabeza. Presionó los brazos y las piernas a cada lado del marco de la puerta.
—Estaba intentando subir a cubierta para averiguarlo.
Así que avanzamos luchando por no resbalarnos, agarrándonos a las hamacas para mantener el equilibrio. La desagradable sensación que me retorcía el estómago no cesó ni por un momento. Cuando por fin llegamos a la escotilla y trepamos a cubierta, el caos asaltó todos y cada uno de mis sentidos.
Una extraña luz de un color amarillo sucio teñía el cielo plagado de nubes que se movían a toda velocidad.
El viento aullaba de costado y cambiaba de orientación a una velocidad antinatural.
Tan pronto soplaba contra mi pecho como contra mi espalda.
Las velas restallaban y se sacudían mientras la frenética tripulación trataba de enderezarlas.
Me acerqué a duras penas a la barandilla y me asomé para mirar la superficie del mar.
No había ni rastro de la espuma blanca que solía encontrarse en la cresta de las olas.
El agua estaba negra y viscosa, y resplandecía bajo la luz cetrina como si hubiera salido de un sueño, como si nos hubiéramos visto arrastrados a un plano de existencia paralelo, extraño y surrealista.
Pero lo más raro de todo era lo que sentía en mi propio cuerpo.
Mi poder había quedado sepultado bajo esa otra sensación sinuosa y desagradable, que, ahora que estaba fuera y el aire caliente me asfixiaba, era idéntica a la de algo moviéndose por mi interior.
—Lachlan… —A poca distancia del barco, se atisbaba un muro de imponentes rocas que emergían del mar como unos monstruosos colmillos negros—. ¿Eso es…?
—El arrecife de Antemusa —confirmó él agarrándose a la barandilla cuando el barco se ladeó abruptamente.
Habíamos llegado a la isla más occidental de todo el archipiélago leucosiano, el reino perdido que antaño fue de mi madre y que ahora me pertenecía a mí.
A la isla que Eusia había convertido en una tierra yerma y que, según se decía, se había vuelto inaccesible.
La frágil determinación que antes había tratado de reforzar, la misma que había acunado entre las manos como si se fuera a romper, cobró una solidez total.
Agatha estaba atrapada en aquel lugar tan aterrador, sola o herida o algo peor. Nada importaba salvo llegar hasta ella.
La isla permanecía oculta tras la neblina oscura y la luz extraña, y no pude evitar maravillarme ante lo portentosa que era la magia que había conseguido semejante proeza. Era terrible, aterradora y perfectamente capaz de hacer cosas que escapaban al poder de los dioses.
Los miembros de la tripulación se dispersaron y se ataron cuerdas a la cintura para sujetarse al barco.
Yo me recogí la melena y me hice una trenza para apartármela de la cara.
—Comprueba que Theodore está a salvo. —Lachlan seguía aferrado a la barandilla con una mirada inquisitiva—. Voy a ir a buscar a Agatha. Tú quédate con él y no lo pierdas de vista.
—No pienso permitir que bajes a buscarla sin mí.
—No dejaré que mueras cuando estamos tan cerca de encontrarla —repliqué sin apartar la mirada de la siniestra silueta del arrecife.
Concentré mi poder en el viento y el agua, pero no tenía la sensación de estar ejerciendo ningún control sobre ellos. Los elementos no estaban vinculados conmigo…, sino con Eusia y su magia.
Antes de que Lachlan protestara de nuevo, la voz de la capitana voló por el aire:
—¡Alto, majestad! ¡Volved a vuestro camarote de inmediato! Es muy peligroso.
Giré sobre los talones y vi a Theodore cruzar la cubierta con el mismo traje negro de la noche anterior, aunque arrugado y con el cuello de la camisa desabrochado.
En su rostro se apreciaba una determinación tan clara como en las largas y firmes zancadas que lo llevaban hasta la escotilla del sollado.
Pero justo antes de alcanzarla, el barco sufrió otra violenta sacudida e hizo que perdiera el equilibrio.
Desapareció de la vista en un abrir y cerrar de ojos.
—¡Theo…!