14. Imogen #3
Yo también estaba deseando retirarme. Eché la silla hacia atrás y Halla se llevó una mano al vientre como si tratara de aliviar una nueva oleada de náuseas.
—¿Podría hacerte una última pregunta?
—Dime.
—¿Tu padre…? —empezó a decir antes de interrumpirse—. Perdóname, entiendo que es algo bastante personal, pero me preguntaba si tener un padre mortal te ha lastrado de alguna manera.
Hice todo lo posible por no estremecerme ante su pregunta. Lachlan comenzó a dar golpecitos en la mesa con el dedo.
Sí, no te haces una idea de lo que fue tener a Nemea como padre.
Pero sabía que se estaba refiriendo al efecto que había tenido sobre el poder que había heredado de mi madre.
Cogí un gajo de naranja del plato que tenía ante mí y consideré la respuesta mientras masticaba.
Eusia se había llevado a mi madre y había convertido a mi despreciable padre en un devoto, pero yo no sabía cómo habían sido antes de aquello.
¿Había sido Nemea un hombre bueno en algún momento?
¿Me había bendecido el espíritu con un don igual de potente que el de mi madre?
¿La había convertido a ella ese insondable poder en una persona terrible?
Sentí una presión en el pecho, pero me las arreglé para quitarle hierro al asunto con un gesto.
—Supongo que nunca lo sabré.
Halla frunció el ceño en señal de frustración. Se puso de pie a toda prisa.
—Comandante, procurador, me gustaría hablar a solas con la reina Imogen.
Markis se mostró encantado de retirarse, pero Lachlan se mantuvo firme hasta que yo lo tranquilicé con un asentimiento. Fulminó a Halla con la mirada sin molestarse en disimular lo poco que confiaba en ella.
—Te esperaré un poco más allá del timón.
Halla se apoyó en el borde de la mesa, así que tuve que levantar la cabeza para encontrar su mirada.
—Verás… —se interrumpió y se mordisqueó el labio inferior—, me preocupa debilitar a nuestro futuro hijo al ser yo mortal.
Me empezaba a faltar el aliento.
—Vuestro… futuro hijo…
Pensé en la visión que había tenido, en la indignación de Eusia al descubrir que la sangre de Halla no era especial.
—Puede que interfiera con el poder de vuestros dioses. Mi madre me dijo que no tengo nada de lo que preocuparme, que es una tontería. Pero yo no provengo de un linaje leucosiano como Nemea. ¿Y si el poder de vuestros dioses solo puede heredarse si…?
Se me había formado un nudo tan desagradable en el estómago que ni siquiera me veía capaz de hablar. Levanté una mano para suplicarle que parara.
—No puedo… No me preguntes eso a mí.
—No tengo a nadie más con quien hablarlo y pensé…
Tenía la esperanza de que pudiéramos superar nuestras diferencias, pero no estaba dispuesta a ceder en ese aspecto.
—La mariscal parece una mujer muy sabia y bien informada —le dije con aspereza al tiempo que me levantaba de la silla.
Que Theodore me hubiera explicado el pacto que había hecho con ella no había impedido que la conversación me hubiera escocido tanto como el sarpullido causado por las ortigas—. Ve a preguntárselo a ella.
Me volví hacia la cubierta. El fuerte viento que se había levantado estaba retirando la niebla como si fuera una delicada cortina. La música empezaba a apagarse y los bailarines, a dispersarse.
Pero me detuve en seco.
Theodore venía hacia mí. Se abría paso por el delgado manto blanquecino como un espectro malvado, oscuro y nefasto. Su mirada albergaba la noche, y su postura destilaba una furia tirante y abrasadora. Aleka, que sostenía un portafolio contra el pecho, lo seguía de cerca.
Aunque habló en voz baja, alcancé a oír lo que le decía a su rey:
—Me aseguraré de hacer cumplir vuestras órdenes en lo concerniente a la ejecución, majestad. Y os pido disculpas, mi rey, por supuesto —dijo abriendo el portafolio y revolviendo entre sus papeles—. Yo solo estoy cumpliendo con mi deber. Tanto la tradición obelina como la leucosiana dictan que…
—Ya basta.
Theodore paró a la altura del timón sin apartar la mirada de mí. La expresión fascinada y reverente que se había grabado en sus facciones me sacudió. Nunca me había mirado de esa forma antes, ni siquiera estando solos.
Me dio un vuelco el corazón. Había sido capaz de mantener el control estando bajo el bauprés, pero ahora que mi nerviosismo, su expresión y la espesa tensión que parecía haber crecido entre nosotros como una mala hierba me azuzaban, no pude refrenar la desagradable descarga de poder que me atravesó el vientre y se extendió por mi cuerpo.
Theodore frunció el ceño y bajó la vista a mis labios.
—Buenas noches, majestad.
Pasó de costado por el estrecho espacio que se abría a mi lado para dirigirse a su camarote y aprovechó para hacer que nuestros nudillos se rozaran. Me estremecí ante el breve contacto y un repentino torrente de poder resbaladizo trepó por mi pecho.
—Buenas noches —respondí, aunque me asusté al oír lo sedosa que había sonado mi voz en comparación con el caos que asolaba mi cuerpo.
Aleka trazó un arco con la mano como para animar a Halla a que lo siguiera.
—Id con él, majestad.
Vi horrorizada cómo Halla se alisaba el vestido con elegancia. Tomó una profunda bocanada de aire y desapareció en el interior del camarote con paso lento y recatado antes de cerrar la puerta decorada con vidrieras.
El cerrojo emitió un sonoro chasquido.
Mi poder creció como un fuego abrasador que me lamió las costillas. Lachlan apareció a mi lado antes de que tuviera oportunidad siquiera de llamarlo y tiró de mí para que bajara al sollado con él.
Me saqué la llave del camarote del bolsillo del vestido y se la estampé contra la coraza.
—Enciérrame y no me dejes salir hasta que lleguemos a Antemusa.