La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 14. Imogen #2
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14. Imogen #2

—Qué historia más emocionante —comenté obligándome a sonreír.

Aleka se encogió de hombros con aire plácido.

—Quizá su majestad descubra qué es lo que se oculta en las aguas de Antemusa y sacie nuestra curiosidad de una vez por ­todas.

La fascinación se había unido a la inquietud que brillaba en los ojos abiertos de par en par de Halla. Clavó la mirada en mí.

—Tú también tendrás historias que contar acerca de la isla, ¿no? Al fin y al cabo, es el antiguo territorio de tu madre.

Halla no era consciente de que lo más seguro fuera que yo supiera tantas cosas sobre mi madre como ella misma, pero no me apetecía aclarárselo.

—Nunca he estado allí —concluí con soltura antes de echar mi silla hacia atrás—. Si me disculpáis…

Extendió el brazo y me agarró la mano.

—Por favor.

Fuera lo que fuese lo que vio entonces en mi expresión la hizo estremecerse y soltarme al instante. Cuando volvió a hablar, lo hizo empleando una delicadeza modesta y cantarina:

—He estado pensando en el motivo por el que viniste a buscarme, en lo que ha hecho mi madre y en lo que me dijiste en tu camarote.

En que necesitas mi ayuda. Verte usar la magia ha sido…

—Sus ojos azules recorrieron los míos, como si incluso el recuerdo de mi hechizo le causara admiración—.

Ha sido impresionante. Solo Eusia ha demostrado tener semejante poder.

A mí me inculcaron que no había nadie como ella en todo el reino, pero ahora sé que es mentira.

—Parecía dolida y dejó caer los hombros en un gesto arrepentido—.

Te ayudaré cuando lleguemos a Antemusa. No quiero ver a Eusia ni a mi madre y tampoco deseo hacer más daño.

Pero he comprendido que me da miedo la magia, que dista mucho del poder de vuestros dioses y diosas.

He pensado que tal vez pueda venir bien que aprenda a lanzar un par de hechizos antes de llegar.

Una ola de incredulidad me arrolló al reparar en lo sincera que se había vuelto su expresión.

Traté de disimular el gran alivio que me causaba descubrir que estuviera dispuesta a ayudarme a llevar a cabo el hechizo.

Al fin y al cabo, no me convenía que descubrieran lo profunda que era mi desesperación.

Dejé volar la mirada entre Halla, Markis y Aleka, que me estudiaban con atención, a la espera de mi respuesta.

—Muy bien…

—Ahí estás. —Lachlan emergió de la niebla hecho una furia—. He dado cinco putas vueltas al barco buscándote.

Markis puso los ojos en blanco al verlo, pero Aleka señaló con una mano la silla libre que había a su lado.

—Sentaos, comandante. La reina Imogen estaba a punto de deleitarnos con una lección de historia.

Lachlan recorrió la mesa con la mirada, como si se hubiera topado con una realidad alternativa. Se dejó caer muy despacio sobre la silla.

—Está bien.

Meneé la cabeza, avergonzada. Estaba segura de que, de los presentes, yo era la que menos información tenía acerca de los grandes dioses, pero quería tender un puente sobre el espinoso espacio que me separaba de Halla.

Si una historia sobre los dioses conseguía limar nuestras asperezas, se la contaría con gusto.

—¿No os hablan de los grandes dioses en Obelia? —le pregunté.

La diadema que le decoraba la frente resplandeció al asentir.

—Mis tutores me hablaron sobre ellos, por supuesto, pero solo mencionaron sus nombres y su poder. Me encantaría saber cómo llegaron a convertirse en dioses.

—De acuerdo.

Si bien parecía hablar en serio, yo no entendía a dónde quería llegar a parar. Miré a Lachlan de reojo. Permanecía en silencio, en una postura tensa y suspicaz, pero asintió para animarme a continuar. Volví a coger mi cáliz solo para tener algo que hacer con las manos.

—Te contaré su historia como me la contaron a mí de pequeña, recurriendo a las crónicas del gran dios Jesop.

—Todavía era capaz de visualizar la elegante caligrafía de Jesop en mi mente—.

«Antes de que yo les diera forma al tiempo y a la historia con mis propias manos…

—había leído bastantes libros suyos como para saber que Jesop se consideraba mucho más importante que el resto de los dioses— el mundo era vasto y arcaico».

Miré a Halla, que había quedado de nuevo atrapada por la narración:

—Había rocas y tierra, vegetación que florecía y daba sustento, mares profundos y embravecidos por los vientos y una fauna prolífica que vagaba aquí y allá.

Todos eran (y todavía son) componentes orgánicos.

Vivos. Albergaban esencias que se movían, respiraban y habitaban distintos cuerpos mientras existían en armonía y se ayudaban mutuamente a prosperar.

Sin embargo, con el paso del tiempo, un creciente hastío se adueñó de esos espíritus a los que la naturaleza daba cobijo, como suele ocurrirles a muchos seres ancestrales.

—Seres ancestrales —susurró Halla de pronto, pasmada, sin malicia alguna—. ¿Tú te sientes así?

Encontré su mirada, sorprendida por su pregunta.

—¿Que si…? No. Yo… yo todavía tengo la sensación de estar en pañales.

Emitió un ruidito reflexivo e hizo un gesto de disculpa.

—Continúa.

—Los espíritus todavía residen en aquellos primeros hogares.

Viven en la tierra y el mar, en las plantas y los animales, pero un pedacito de su esencia consiguió escapar de sus antiguos cuerpos y crear algo nuevo.

Se dice que esas esquirlas de vida inmortal hallaron la manera de habitar cuerpos mortales.

Jesop, uno de esos nuevos dioses encarnados, escribió lo siguiente: «Qué extraño resulta albergar una conciencia ilimitada en un cuerpo ignorante».

»Los grandes dioses reinaron durante siglos y, a pesar de contar con cuerpos longevos y un alma alimentada por su espíritu inmortal, no lograron escapar del ansia de poder que suele derivarse de las limitaciones de una existencia corpórea.

Empezaron a aspirar a algo más, así que decidieron construir nuevos reinos.

Cuando solo eran dioses, espíritus puros, disponer de una cantidad de poder similar, por muy distintos que fueran sus dones, les había permitido vivir en armonía.

Pero sus tronos los distanciaron. Al amasar territorios sobre los que gobernar y contar con súbditos que los agasajaban con sus atenciones, transformaron su poder en riquezas.

Entonces se aprovecharon de su influencia para hacerse con un poder que superara sus dones divinos, libres de semejantes pretensiones.

Jesop era el único dios que odiaba su corona.

De hecho, le cedió la pequeña isla de Gos al gran dios Milton.

Aunque también se dice que la gran diosa Diatan ascendió al trono a regañadientes.

Me encogí de hombros perdida en mi historia.

—El resto…, Panos de Varya, mi madre, Milton de Della…, todos fundaron sus respectivos reinos con gusto.

—¿Y qué hay de la magia? —preguntó Halla.

Su tono había cambiado, así que me pregunté si ahí era a donde había querido llegar desde el principio. Si su objetivo había sido siempre averiguar más cosas sobre Eusia.

—¿Qué pasa con ella? —Una nueva melodía mucho más escandalosa comenzó a sonar, así que tuve que levantar la voz para hacerme oír—.

La magia es… —Odiaba la punzada empática que me atravesaba al pensar en Eusia.

No se merecía lo que le había ocurrido—.

Supongo que la decisión de Eusia de recurrir a los hechizos fue otro intento de reinstaurar cierto equilibrio en un mundo desestabilizado.

Como nació sin poderes, se los procuró ella misma.

Halla ahora tenía una mirada vidriosa y distante que le confería un aspecto casi febril, como si estuviera repasando sus propios recuerdos.

—A mí me enseñaron que Eusia era la hermana de Ligea, pero que la habían dejado a su suerte durante su creación.

—¿Qué? —pregunté, confundida.

—Sí. —La emoción hacía que el acento de Halla sonara más cerrado.

Hablaba demasiado deprisa como para entenderla—.

La abandonaron a su suerte y solo le concedieron el mismo poder que a las sirenas, o sea, un canto capaz de controlar a otras criaturas y un débil dominio sobre las aguas y el viento.

Sin embargo, fue creada a partir del mismo espíritu que Ligea, así que se merecía igualarla en grandeza.

Un escalofrío me recorrió la piel.

—Si a mí me hubieran dado la espalda —dije con dureza—, jamás me habría convertido en una criatura tan cruel como Eusia con tal de equilibrar la balanza con mi hermana.

Halla resopló y parpadeó al bajar la vista al cáliz que sostenía.

—No espero que lo entiendas. Tú dispones de todo el poder que podría ofrecérsete.

—¿Ah, sí?

Las volutas de niebla que se enroscaban sobre la mesa parecieron volverse más densas.

—Eres una diosa, una reina y una maga sibila al mismo tiempo.

—Me miró con expresión muy seria, con la cabeza gacha y los ojos dilatados—.

Me parece cruel por tu parte hablar de equilibrar balanzas y menospreciar la desesperación de Eusia cuando dispones de todo lo que ella siempre ha querido. Y sin buscarlo siquiera.

Una señal de alarma estalló en mi mente.

No alcanzaba a comprenderla, me bastó con sentirla.

Empezaba a dudar de que Halla pudiera desligarse de todo cuanto le habían enseñado a creer.

Me llevé el cáliz a los labios, pues no quería que Halla o cualquiera de los presentes supiera que me sentía una impostora y que no me identificaba con ninguno de los tres títulos.

Mi poder era tan sólido y fiable como una sombra.

Tomé un trago y dejé la copa con cuidado.

—Sospecho que Eusia podría disponer de todo mi poder y aun así querría más.

Tras una larga pausa, lo único que Halla me ofreció por respuesta fue un seco asentimiento.

Mientras hablábamos, Markis había engullido dos copas enteras de vino, pero Aleka no nos había quitado ojo de encima.

No reaccionó hasta que la música se transformó en una melodía etérea, suave y tranquila que recordaba a una nana.

Se levantó y se marchó sin pronunciar palabra.