La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 14. Imogen
40%

14. Imogen

Imogen

C rucé la abarrotada cubierta tambaleándome a ciegas, con los brazos extendidos ante mí. La intensa luz de los faroles bailaba sobre mi cabeza y esa extraña música seguía retorciéndose en el aire espeso.

«Pero yo no te veo de esa forma».

Una presión creció tras mis párpados, en mi pecho, pero la ignoré para centrarme en encontrar la escotilla que conducía al sollado. Necesitaba esconderme en mi camarote. Necesitaba reparar el enorme agujero que Theodore acababa de abrir en mí.

Busqué la imponente sombra del palo mayor para que me sirviera como punto de referencia, pero acabé topándome con el timón del barco.

Dentro de un círculo de luz trazado por un puñado de faroles, descansaba una mesa abarrotada de vino y comida.

Una cascada de flores rojas se derramaba por la zona central, como una vena de la que brotaba la sangre de la primavera.

Envueltos en escasas volutas de niebla, hablando cerca el uno del otro ante el camarote de Theodore, se encontraban Markis y Halla.

Frente a ellos, Aleka Baros bebía vino oscuro como la amatista.

Halla dio un respingo al verme. Su vestido blanco resplandecía incluso en la penumbra. Las caracolas y gemas que lo decoraban imitaban los intrincados patrones de la escarcha y se extendían por el delgado cuerpo del vestido y la estrecha falda.

Todos se volvieron para contemplarme en silencio y estudiar los detalles del maldito vestido que llevaba, típico de las ceremonias de vinculación leucosianas. Markis se detuvo en las líneas del ceñido corpiño, pero Aleka entornó la mirada al reparar en los bordados que lo decoraban.

Me ardieron las mejillas.

—Estáis… arrebatadora… esta noche, majestad —dijo la mujer con voz suave y cortés. Aunque su tono era decididamente apaciguador, sus palabras me pusieron de los nervios—. Me sorprende verla tan buen aspecto después del incidente de esta mañana.

Tragué saliva.

—Su majestad es un magnífico sanador. —Enterré los dedos en mi falda—. No era mi intención ofender a nadie, pero no tenía nada más que ponerme.

Tan pronto como pronuncié aquellas palabras, deseé no haber dicho nada. Debería haberme puesto un uniforme de tripulante limpio. Incluso el camisón con olor a cerveza con el que me había despertado habría sido una mejor opción.

Aleka negó con la cabeza.

—Ningún monarca está obligado a darle explicaciones a nadie, majestad —respondió con franqueza—. El vestido es precioso, al igual que vos.

—Vaya —dije estupefacta—, gracias.

—Espero que no estéis deambulando por el barco sin vuestro escolta, majestad —intervino Markis antes de que tuviera oportunidad de retirarme.

En su mirada se libraba una batalla entre dos emociones.

Su expresión lasciva a la par que desaprobadora me incomodaba sobremanera—.

No creo que sea seguro para nosotros que vayáis por ahí sin vigilancia.

Le lancé una sonrisa mordaz.

—Está más cerca de lo que creéis.

Halla señaló con torpeza la silla que había a su lado.

—Por favor, siéntate. Come algo. —Sonrió de oreja a oreja—. Nos vendrá bien hablar.

No, habría apostado lo que fuera a que no, pero su repentina cordialidad me hizo vacilar.

Por si fuera poco, ver ahora a Halla, con la imagen de la joven Nivala tan reciente en la cabeza, me desconcertaba.

Eran como dos gotas de agua, con la nariz fina, el rostro redondeado y los ojos azules y brillantes.

Miré de reojo a Markis, que sostenía su cáliz con fuerza mientras picoteaba carne y fruta, antes de posar la vista en Aleka.

Ella me ofreció un asentimiento alentador.

—Sí, uníos a nosotros, majestad. Puede que el procurador Gabros se sienta más seguro si os quedáis donde pueda veros.

Desarmada, di un paso hacia la silla que me ofrecían y me senté en ella. Halla me observó con atención, sin pronunciar palabra.

—¿Sabéis a qué distancia estamos de Antemusa? —pregunté en un intento por volver a centrarme en mi objetivo, pues alimentar mi determinación pensando en Agatha me daba fuerzas y me tranquilizaba.

Markis se metió una uva en la boca.

—Si el tiempo acompaña, deberíamos llegar allí mañana. Hemos estado navegando a buen ritmo hasta que ha bajado la niebla, pero esperemos que se levante pronto.

Con las manos sobre el regazo, vi que Halla me servía una copa de vino, y el recuerdo de mi última visión, de la bebé que mamaba del pecho de su madre mientras esta le hacía un corte en el pie para alimentar a Eusia con su sangre a pesar de no ser «especial», volvió a adueñarse de mis pensamientos.

—Con eso me vale —le dije distraídamente. Una noche más y estaría lo bastante cerca de Agatha como para ayudarla. Lo bastante cerca de Eusia como para acabar con ella—. ¿Y qué opina la capitana? ¿Considera que es seguro seguir avanzando pese a lo espesa que es la niebla?

Aleka trazó el borde de su cáliz con un dedo tras dejarlo sobre la mesa.

—La capitana cuenta con mapas muy detallados de esta zona. Son aguas profundas y libres de obstáculos. —Me dedicó una mirada perspicaz pero para nada hostil—. La situación no empezará a complicarse hasta que no estemos a punto de llegar a Antemusa.

Yo negué con la cabeza con la esperanza de aliviar su preocupación.

—Me aseguraré de mantener el barco a salvo.

La mujer enarcó las cejas para mostrarse de acuerdo.

—A pesar de lo de esta mañana, la capitana parece haber recobrado la fe en vos después de vuestro hechizo.

Ha dicho que el barco se ha orientado en la dirección exacta de la isla.

—Asintió en actitud aprobadora, pero no supe decir si se estaba burlando de mí al hacerlo—.

Yo, personalmente, me muero de ganas por ver cómo derrotáis al monstruo marino.

Halla golpeó la jarra de vino contra una copa cercana.

—¿Al qué?

Sujeté con más fuerza el tallo del cáliz que Halla había dejado ante mí mientras Aleka me dedicaba un gesto comedido y tranquilizador.

—Lo vi con mis propios ojos hace décadas, pero no temáis. —Clavó la vista en mí—. Contamos con una diosa entre nosotros.

Ladeé la cabeza con escepticismo.

—¿De verdad hay un monstruo marino?

Markis rio por la nariz y dio un buen trago de vino. No lograba entender a Aleka ni saber qué pensaba de mí. Era tan recta como el cuello alto y bien planchado de su atuendo. E igual de inmutable. Me ponía más nerviosa incluso que la actitud lasciva y evidentemente antipática de Markis.

Halla ya tenía mal aspecto por culpa de los cabeceos del barco, pero el comentario de la mariscal hizo que palideciera todavía más. Clavó la mirada en ella sin apenas pestañear.

—¿Habéis estado ya en Antemusa?

La mujer le dio vueltas a su cáliz.

—Sí, viajé hasta allí en dos ocasiones con el rey Athan.

—Contadme cómo es. —Halla se inclinó con avidez pese al evidente miedo que sentía—. Y habladme del monstruo.

Aleka profirió una carcajada cautelosa y ronca.

—No hay una mejor palabra para describirlo que «monstruo», pero no me atrevería a afirmar a ciencia cierta que tuviera intención de hacernos daño o que fuera una criatura del mal.

Supongo que solo aquellos que tienen motivos para temer a un monstruo son quienes lo designan como tal.

—Volvió a posar los ojos oscuros en mí y me sostuvo la mirada—.

Pero, para la historia que nos compete ahora, «monstruo» servirá.

Dio un trago de vino y continuó hablando:

—El rey Athan siempre fue todo un aventurero y, en uno de sus viajes a Della, decidió virar hacia el oeste para explorar las ruinas del castillo de Ligea.

—La escuché sin mover un solo músculo—.

Dioses, por aquel entonces yo era tan joven como el rey, así que, en vez de aconsejarle que se quedara en el barco, acabé observando desde la cubierta cómo atravesaba en un bote junto a algunos de sus hombres el escabroso arrecife de Antemusa para adentrarse en la laguna de aguas negras.

Al principio todo parecía ir bien. Se acercaron a las ruinas de la costa, pero, cuando estaban a punto de tocar tierra, algo salió de las profundidades, golpeó violentamente el casco del bote e hizo que uno de los tripulantes cayera al agua.

Escuché con atención cada palabra que escapaba de los labios de la mariscal, igual que Markis, pero no pude evitar fijarme en que Halla parecía haberse quedado absorta.

Ni siquiera estaba segura de que respirara.

Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que su piel se había vuelto del color del pergamino.

Aleka tomó otro trago de vino.

—Continuad —le susurró Halla al ver que se demoraba.

—Nunca más supimos de aquel marinero —dijo por fin—.

No volvió a salir a la superficie ni para luchar contra aquella cosa ni para tomar aire.

Simplemente… desapareció. El monstruo que asolaba aquella laguna litoral se enroscó en torno al bote y trató de tirar al rey al agua también.

En el barco, la tripulación y la capitana corrieron a enviar más botes en su auxilio, pues estábamos demasiado lejos como para recurrir a los cañones de arpones.

Al final, gracias a su fuerza y su destreza con la espada, el rey logró dejar al monstruo lo bastante malherido como para darle esquinazo y remar de vuelta a la seguridad de nuestra embarcación.

Después de aquello, no volvió a intentar explorar las ruinas de Antemusa, pues aseguraba que la cosa a la que se había enfrentado en el agua era antinatural, que no era del todo una criatura del mar…

—¿Y qué era entonces? —preguntó Markis, vacilante.

Aleka meneó la cabeza.

—Se negó a decírnoslo, pero confirmó que la isla había quedado yerma, que era impenetrable y que sus únicos habitantes eran peligrosos y enigmáticos, así que nadie debía volver a perturbar su paz.

Halla meneó la cabeza entre aterrorizada y fascinada, mientras que Markis se pasó una mano por la barba en actitud tensa y me lanzó una mirada fulminante antes de terminarse su bebida de un trago.

—Fantástico.

Por fin probé mi propia copa, pero el vino no me ayudó a calmar los nervios que me revolvían el estómago.