13. Imogen #4
Su expresión implacable quedó reemplazada por una mirada dulce a la par que ardiente y desafiante. Agarró el nudo que me inmovilizaba las muñecas y tiró de mí hacia él, hasta que nuestra proximidad me permitió sentir su irritada respiración en el rostro.
—¿Fue qué?
Mientras nos sosteníamos la mirada, comprendí que lo que había crecido entre nosotros, lo que nos había atado al otro, era algo que no podríamos deshacer así como así. Habría que cortarlo por lo sano.
—Fue una irresponsabilidad —dije sin andarme con rodeos, con tono brusco.
Aquella condenada sonrisa volvió a adueñarse de sus labios.
—En eso estoy de acuerdo. Pero yo, por mi parte, me alegro de que no fuera una responsabilidad.
Perdí la paciencia.
—Apenas sé nada de ti —le espeté—. No sé qué te gusta o qué no te gusta.
¡No sé si tocas algún instrumento o cuándo es tu puñetero cumpleaños!
El riesgo que propones que tomemos es una locura y, con el tiempo, este…
dolor… y esta rabia… y lo que sentimos el uno por el otro…
—Hice una pausa para tratar de contener los estruendosos latidos de mi corazón—. Todo se acabará apagando.
Soltó la cuerda de mis muñecas. Su mirada desafiante se fue desvaneciendo hasta que su expresión quedó tan vacía que me rompió el corazón. Una suave brisa le revolvió los mechones oscuros que le habían caído sobre la frente mientras una terrible calma nos envolvía.
Desvió la mirada hacia la niebla.
—Me manejo bien con el laúd. —Tragó saliva con fuerza—. Pero es el instrumento que menos me gusta, así que tocarlo no me apasiona demasiado.
Estuve a punto de pedirle que parara, que me desatara y me dejara marchar, pero me vi embargada por la repentina necesidad de saber qué diría después.
—En palacio, en el escritorio de mis aposentos, guardo un cuaderno de dibujo azul desde hace más de una década.
Me entran ganas de dibujar unas dos veces al año más o menos, así que está lleno de bocetos bastante torpes y nada originales…
Una copa de vino, alguna pieza de fruta…
La verdad es que me da vergüenza enseñarlos.
—Dejó volar los ojos por mi rostro y esbozó una sonrisa modesta—.
Por suerte, no soy de los que se rinden fácilmente.
No sabía qué decir, así que le ofrecí una mirada afectuosa.
—Eso ha quedado más que demostrado.
Se pasó una mano por la cara.
—Cumpliré veintiocho años el mes que viene. El día veinte.
Se echó hacia delante lentamente, hasta que sus piernas cruzadas rozaron las mías y pudo agarrar de nuevo la cuerda de mis muñecas. Cuando volvió a hablar, lo hizo sin mirarme, en un hilo de voz que me partió el alma:
—Esto es lo que yo sé de ti.
Al ver que empezaba a deshacer el nudo, traté de apartar las manos de un tirón, aterrorizada ante la idea de perder la protección que nos brindaba, pero él reafirmó su agarre.
Soltó la cuerda incluso más despacio que cuando la había atado, acariciándome la piel con dulzura con los pulgares.
Sentí aquel pequeño contacto por todo el cuerpo.
—Tú piensas que debo de estar pasando algo por alto, que es imposible que te quiera porque eres una suma de peligros y amenazas desconocidas.
Pero yo no te veo de esa forma. Cuando te miro, me siento como si admirara las aguas turquesa del mar en un día soleado.
Solo alcanzo a ver el fondo en determinadas zonas, pero sé que alberga sombras y una inmensa belleza.
Y, aunque me sería imposible descubrir todo cuanto esconde, pasaría toda una vida explorándolo con gusto para entenderlo mejor.
La cuerda había caído sobre nuestro regazo y Theodore me estrechaba las manos entre las suyas.
Parpadeé deprisa para tratar de contener las lágrimas.
Siguió hablando, recorriendo mis nudillos con la yema del dedo:
—No sé cómo hacer esto sin echar por tierra todo lo que mi abuelo y mi padre han construido desde cero.
Ni siquiera sé si de verdad me quieres a tu lado.
—Me miró a los ojos y no pude evitar inclinarme hacia él—.
Pero necesito que sepas que veo todas esas facetas tuyas que odias y que tanto te esfuerzas por esconder y aun así te quiero igual.
Aquellas palabras hicieron que mi espíritu se elevara y se iluminara. Me hicieron sentir divina. Solo pude asentir.
La voz de Lachlan, que volvía a sonar muy cerca, voló por la niebla.
—¡Imogen, por el amor de los dioses! —Sus pisadas resonaron por el castillo de proa, justo encima de nuestra cabeza—. ¡Imogen!
Theodore me dejó las manos sobre el regazo y esperó a que Lachlan se marchara para ponerse de pie manteniendo el equilibrio con ayuda del bauprés y se dirigió hacia la barandilla.
—La magia ha estado a punto de matarte, Immy —susurró clavando su mirada suplicante en mí.
Sabía lo mucho que odiaba la magia. Más de una vez me había suplicado que no la usara.
—Me ha salvado, Theo.
Él negó con la cabeza.
—No, te he salvado yo. —Por su rostro pasó un aluvión de emociones: ira, pasión, anhelo, miedo—. Y bien saben los dioses que te volveré a salvar todas las veces que haga falta.
Entonces trepó por la barandilla y se perdió en la niebla.