La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 13. Imogen #3
38%

13. Imogen #3

—Perdóname —dijo tras gruñir y soltarme a toda prisa.

Luego me ayudó a descender por la red y se sentó frente a mí, lo bastante cerca como para vernos entre la niebla.

El agua rompía contra el casco bajo nuestros pies y hacía cabecear el barco mientras un silencio incómodo crecía entre nosotros. Nos envolvió y nos estranguló igual que las raíces que crecen desatendidas, pero no se me ocurría una manera de librarnos de él.

—¿Eftan está…? —empecé a decir con torpeza.

Theodore desvió la mirada y negó con la cabeza.

—Está bien.

—Lo siento, perdí el control y…

—Imogen, intentó matarte. —Cambió de posición y se cruzó de brazos para protegerse del aire frío—. ¿Tú estás bien? —me preguntó vacilante tras una pausa.

A pesar de que era una pregunta sencilla, se me cerró la garganta.

La palabra «no» trató de escapar de las profundidades de mi pecho.

No, no estaba bien, aunque no había sido verdaderamente consciente de todo lo ocurrido hasta aquel preciso momento.

Quería abrazarme a Theodore y llorar. Quería confesarle que lo había echado muchísimo de menos y que había hecho cosas terribles.

Quería creer que sería capaz de dejar a un lado todos mis delitos, que seguiría viendo en mí a alguien digno de él y que entendería por qué había tenido que tomar aquellas decisiones.

Entonces me recordé que importaría poco cómo reaccionara.

La orquesta había empezado a tocar un vals que se enroscó en el denso aire que nos rodeaba. Ladeó la cabeza al ver que no respondía.

—¿Immy?

—No me llames así, por favor.

Su semblante se tornó rígido, dolido.

—Estoy… —Me miré las manos atadas—. Estoy bien, pero estoy agotada. —Por fin levanté la vista para encontrar sus ojos—. ¿Qué era lo que necesitabas decirme?

Frunció el ceño.

—Necesito que entiendas las circunstancias de este… matrimonio.

—Ya las entiendo.

—No. —Respiró hondo, molesto—. Te escribí. La carta sigue en uno de los bolsillos de ese vestido. Te hice una promesa que sigo teniendo intención de mantener. Si todavía me quieres, cuando desees tenerme de nuevo a tu lado, volveré a derramar mi sangre…

—Para. —Me di un golpe en la rodilla con las manos atadas y él irguió la espalda, ofendido, pero seguí hablando—: Mientras estás aquí conmigo, tu esposa está ahí arriba, celebrando vuestra unión, esperándote para que bailes con ella ese condenado vals…

—Baja la voz, Imogen. —Theodore agitó un dedo en mi dirección—. Tú eres la única mujer con la que me he vinculado y con la que me vincularé jamás.

Se me encogió el corazón.

—¿Qué…? —Me ofusqué ante su respuesta—. ¿Qué quieres decir?

—Que no me he vinculado con Halla. Me negué en redondo a hacerlo. Cambié los acuerdos y consentí esta farsa de matrimonio…

—¡Pero aceptaste darle un hijo!

—Leíste la carta, ¿no es así? —preguntó en un susurro roto—.

Te dije que estaría dispuesto a hacer cosas horribles con tal de manteneros tanto a ti como a mi pueblo a salvo.

Acceder a concebir con Halla ha sido la peor de todas, pero no quería nada más de mí.

No tenía nada con lo que negociar. Cedí ante su petición para evitar una guerra, pero retrasaré el momento de cumplir mi parte del trato indefinidamente o acabaré pagando por mi mentira al no poder darle lo que busca.

Dejé que sus palabras calaran entre los crujidos del barco y el chapoteo de las olas.

Había tomado una decisión egoísta, peligrosa e insensata por muy romántica que fuera.

Había puesto en riesgo la confianza que Obelia y su consejo habían depositado en él por algo que tal vez nunca llegara a tener. Por un sueño.

—Ahora lo entiendo —dije con cuidado, con el corazón hecho añicos—, pero rompí nuestro vínculo, Theodore. Le puse fin porque fue algo que nunca debería haber ocurrido. No tengo derecho a mostrarme enfadada o dolida. —Sonaba totalmente hueca—. No me perteneces.

—Que no… —El barco chocó con otro banco de olas y rodamos por la red hasta quedar más cerca que antes—.

Después de todo por lo que hemos pasado, ¿todavía dices que no te pertenezco?

—La amargura de su voz pareció prenderle fuego a la niebla—.

Todavía te siento, no por tu sangre ni por el vínculo, sino por algo mucho más…

intenso. Más devastador. No sé qué condenado hechizo me lanzarías o cómo me embrujarías, pero tu huella ha quedado marcada en cada parte de mi ser.

—Una emoción insondable tensó su mirada—.

Eres el fantasma que no puedo desterrar.

El espectro que me asola para recordarme que le pertenezco.

—Su dolor me atravesó y me caló hasta los huesos—.

Si no quieres volver a estar conmigo nunca más, te suplico que muestres compasión y me lo digas ya.

Cerré los ojos.

—No es justo.

Sus cejas dibujaron una línea de firme determinación.

—Imogen —sentenció sin preocuparse por que la situación fuera justa o no—, dime si todavía me deseas.

Se me formó un nudo tan tenso en el pecho que creí que me partiría las costillas.

—Maldito seas… Mi deseo no tiene nada que ver con esto.

Soltó una amarga carcajada.

—Llegados a este punto, es lo que más me importa.

Negué con la cabeza de nuevo, temiendo que mi determinación cediera ante la lógica de sus palabras.

—Pero no debería. Fue cosa de una noche. Lo que compartimos fue… fue…