La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 13. Imogen #2
37%

13. Imogen #2

La niebla también alteraba el sonido de las risas y las voces de la gente que se movía por la cubierta; amortiguaba sus palabras e impedía que cualquiera pudiera oír lo que susurraban.

Las siluetas de los miembros de la corte que bailaban, los tripulantes que revisaban los amarres y los grupos que charlaban aparecieron ante mí como sombras en la niebla antes de que esta cambiara y volviera a ocultarlos de mi vista una vez más.

Di un paso hacia el palo mayor, pero me detuve al oír un estallido de carcajadas y felicitaciones. Lachlan se mantuvo a mi lado en todo momento.

—Están celebrando el banquete nupcial, ¿no?

En Seraf también era costumbre que se ofreciera un banquete al día siguiente de la ceremonia y la consumación.

Dioses benditos.

—Ajá. —Me lanzó una tensa mirada de reojo—. ¿Estás segura de querer verlo?

Después de haber tomado un poco el aire, lo cierto era que me lo había pensado mejor. Temía mis impulsos, temía a Eusia, pero, si quería poner a Theodore a salvo de verdad y evitar que la situación me rompiera aún más el corazón, tenía que marcar un límite claro entre nosotros.

—Sí, segura.

La embarcación gimió y cabeceó al chocar con una ola.

Traté de mantener el equilibrio agarrándome al palo mayor, pero, en vez de chocar con madera húmeda, unos dedos cálidos y callosos se cerraron en torno a mi mano.

Alcancé a distinguir el perfil anguloso de Lachlan, pero, un segundo más tarde, la blancura lo envolvió todo.

Alguien tiraba de mí para sumergirme en la niebla, para ocultarme entre las personas que disfrutaban de la fiesta hasta que mi espalda se aplastó contra la fresca superficie de una pared.

Theodore apareció ante mí, fervoroso e imponente.

Su cuerpo firme me presionó contra la madera y su calidez me envolvió cuando bajó la cabeza para hablarme al oído:

—Sospechaba que saldrías de tu escondrijo si te hacía enfadar. —Se retiró despacio, lo justo para encontrar mi mirada—. Lo siento.

Me quedé sin aliento. A pesar de la niebla, sus ojos brillaban como esmeraldas bajo el sol. Olí la mezcla de su jabón con el aroma de su piel. Me estudiaba fijamente, con la respiración y la postura tensas. Tras una pausa, se alejó un poco más y recorrió mi cuerpo con la mirada.

El rostro de Theodore era un conjunto de planicies y ángulos rectos, por eso siempre me había llamado la atención lo suaves que eran sus labios en comparación. En ese momento abría y cerraba la boca con el ceño fruncido, como si estuviera buscando sin éxito las palabras adecuadas.

—Te sienta como un guante —dijo al final, y su voz reveló una emoción que no se reflejaba en su rostro.

Le aporreé el pecho con los puños, movida por un ardiente estallido de dolor y rabia. No tenía ningún derecho a provocarme con un vestido como aquel, a hacer que me pusiera una prenda diseñada con tanto mimo, con mis plumas y sus enredaderas entrelazadas sobre mi corazón.

Su expresión se replegó en una muestra de disculpa, como si me hubiera leído la mente.

—Mírate —musitó para sus adentros.

Los remordimientos no le impidieron acariciar lentamente el borde del cuello del vestido.

Su dedo, que recorrió mi piel como un susurro, descendió por el pronunciado escote de la prenda trazando los bordados, conectando hojas con plumas y viceversa.

Se me puso la piel de gallina. Se me contrajeron los pulmones y el corazón me dio un vuelco.

El preocupante palpitar de mi vientre regresó.

Sufrí una sacudida de miedo.

—Para.

Dejó de mover los dedos y, tras una profunda exhalación, los apartó de mí.

—¿Reina Imogen? —me llamó Lachlan a través de la niebla.

Abrí la boca para responder, pero Theodore me la tapó y pegó su mejilla a la mía.

—Tenemos que hablar a solas.

Hasta la última de mis terminaciones nerviosas cobró vida.

—Se está celebrando un banquete en honor a tu boda —farfullé contra su mano al tiempo que negaba con la cabeza.

—No es más que una farsa. —Noté el calor de su voz ronca en mi oreja.

Bajó la mano poco a poco, arrastrando mis labios a su paso, hasta acunarme el mentón.

Exhalé entrecortadamente.

—No podemos quedarnos solos. Necesitamos que Lach… —Al ver que meneaba la cabeza, pregunté—: ¿Y si te mato?

Encorvó la espalda y su aliento me hizo cosquillas en la me­jilla.

—No se me ocurre una mejor forma de morir, Imogen.

Di un tirón con la barbilla para soltarme.

—¡Theodore!

Una chispa desatada y furiosa iluminó su mirada antes de que presionara su cuerpo firme contra el mío.

—Pues vincúlate conmigo. Ahora mismo. Nadie volverá a hacerte daño y yo estaré a salvo contigo. Estamos atrapados juntos en este barco. Dame una buena razón para…

—Tu esposa —lo interrumpí alzando la voz más de lo que me habría gustado—. Y el hijo que le has prometido.

Se estremeció como si le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

—¿Reina Imogen? —Lachlan sonaba más cerca e irritado.

Theodore dio un paso atrás y su hermoso rostro palideció cuando la espesa niebla se arremolinó entre nosotros.

Al ver que continuaba retrocediendo, caí en la cuenta de que, si nos separábamos en aquellas circunstancias, si se daba media vuelta y se perdía en aquel manto blanco, se me partiría el alma.

Levanté la cuerda que sujetaba entre nosotros.

—Átame.

Se me quedó mirando, clavado en el sitio.

—¿Cómo dices?

—Para que hablemos a solas. —Le pegué la cuerda al pecho—. No servirá de mucho, pero algo es algo.

Una sonrisilla burlona se adueñó de una de las comisuras de su boca.

—Ven aquí.

Cogió la cuerda y entrelazó su mano libre con una de las mías para guiarme a través de la niebla con tanta soltura como en un día despejado, anticipando los distintos mástiles y pasajes del barco antes siquiera de que aparecieran ante nosotros.

Dejamos atrás la silueta de los músicos, de los invitados que sostenían copas de vino espumoso, de los miembros de la tripulación que atendían las jarcias, hasta que por fin llegamos a un lugar que no tardé en reconocer.

La proa estaba desierta. Theodore me había llevado al pequeño castillo por donde Lachlan y yo habíamos subido al barco.

Entonces se sentó a horcajadas sobre la barandilla y comenzó a desen­rollar la cuerda mirándome de vez en cuando con expresión solemne.

El ambiente entre nosotros estaba tan cargado, era tan denso, que casi resultaba tangible.

Era un muro, un cuerpo, una barrera que no sabía cómo salvar.

El fantasma de una sonrisa triste bailó en sus labios.

—¿Tendríais a bien darme vuestras manos, majestad?

Se las ofrecí colocando las muñecas y las palmas enfrentadas.

—Deberás inmovilizarme también los dedos.

Theodore sostuvo mi mirada mientras me envolvía las muñecas con una lentitud agónica.

Cada vez que le daba una vuelta a la cuerda, se aseguraba de rozarme la piel con la yema de los dedos, lo cual desataba ardientes descargas de anticipación por todo mi cuerpo.

Conforme mi ritmo cardiaco se aceleraba y el calor se acumulaba en mi bajo vientre, me pregunté si aquella sería una de las peores ideas que había tenido nunca.

—Esto es una temeridad —dije y, aunque mi intención era que sonara a reproche, hablé en un hilo de voz lánguido y entrecortado que para nada tuvo ese efecto.

Aminoró todavía más el ritmo al enrollarme la cuerda en torno a los dedos y sujetar uno de los extremos con los dientes para cambiar la posición de sus manos.

—Pensé que me convendría ir despacio… —una de las comisuras de sus labios se curvó hacia arriba y le marcó el hoyuelo de la mejilla— para no asustarte.

Pensé en las heridas que le había hecho al perforarle la piel con las garras.

—No bromees con lo que te hice.

—No lo estoy haciendo.

—Entonces, ¿por qué demonios estás sonriendo?

Ató los extremos de la cuerda de un tirón.

—Porque ya te había imaginado así —admitió manteniendo un tono tranquilo.

Me soltó las manos y posó su mirada abrasadora en mis labios antes de inclinarse hacia mí—.

Solo que en esas fantasías tenía permiso para tocarte.

—Pasó las piernas al otro lado de la barandilla y mantuvo el equilibrio al borde de la cubierta con facilidad—.

En la red que hay bajo el bauprés caben dos personas con bastante holgura.

Nadie nos encontrará allí con esta niebla —explicó ofreciéndome una mano.

Traté de asomarme por encima de su hombro para ver la red de la que hablaba, pero no vi nada.

—¿Encontraste este escondite en los años que convertiste este navío en tu crucero del placer?

Una sonrisa burlona y cegadora se extendió de oreja a oreja por su rostro.

—Ah, no. No me hacía falta recurrir a una red cuando había una cama en mi camarote.

Alcé la vista al cielo intentando mostrarme exasperada, pero no me sentía capaz de lidiar con las mariposas que habían eclosionado en mi estómago y habían alzado el vuelo hacia mi corazón al ver su sonrisa.

—No nos demoraremos mucho. Nos diremos lo que tengamos que decirnos sin andarnos con rodeos. ¿Estamos de acuerdo?

—De acuerdo —concedió apretando los dientes.

Me moví torpemente, con las manos pegadas al pecho, pero Theodore me ayudó guiándome las caderas y las piernas por encima de la barandilla.

Cuando por fin estuvimos los dos al borde de la cubierta, con la red a nuestra espalda, dio un paso atrás y apoyó los pies en los amplios nudos de los guardamancebos.

Me sujetó la cintura con ambas manos y tiró de mí hacia atrás, hasta que quedé presionada contra la parte delantera de su cuerpo. Luego me habló al oído en un arrullo entrecortado:

—La verdad es que encontré este sitio en la adolescencia, en pleno despertar sexual. A los jóvenes príncipes no se les da mucha privacidad.

A pesar de mi mal humor, eché la cabeza hacia atrás y solté una carcajada.

—Pobrecito mío.

Notar la profunda vibración de su risa contra la espalda me mantuvo en aquella posición, pegada a él y con la cabeza en su hombro, más tiempo del debido. Theodore bajó las manos hasta que descansaron sobre la curva de mis caderas y enterró los dedos en mi piel.