13. Imogen
Imogen
A quel estanque era más grande que el anterior. Las aguas no tenían un aspecto tan turbio, pero seguían teniendo una consistencia viscosa y un sabor amargo. Un poder oscuro bailaba en el aire, vibraba en él. Se respiraba un olor a sal, metal y una pizca de humo.
Eusia flotaba boca arriba como una niña que se da un chapuzón en un día caluroso.
En lo alto, las sombras ondulaban por la piedra del techo artesonado allí donde la escasa luz de las antorchas no alcanzaba a llegar.
Mientras veía a través de sus ojos, mientras la oía tararear una melodía macabra y la sentía patalear perezosamente, sabía que estaba esperando algo, aguardando el momento oportuno para actuar.
El chirrido de unas bisagras resonó por la estancia, pero Eusia no se incorporó en actitud expectante, sino que continuó moviendo las piernas y cantando hasta que unos pasos se acercaron y un bebé rompió a llorar.
—Ya ha llegado, por lo que veo —dijo.
Una mujer carraspeó.
—Sí. He dado a luz de camino aquí. Se llama Halla.
Eusia cambió de posición para que la mujer, Nivala, quedara dentro de su campo de visión.
Tenía unas marcadas ojeras púrpuras y el cabello blanco amontonado en un recogido despeinado en lo alto de la cabeza.
Una pesada bata negra con el cinturón atado flojo colgaba de sus amplios hombros.
Se arrodilló al borde del estanque y vi que una niña desnuda se retorcía en su regazo.
Era una recién nacida, sonrosada y rolliza.
Eusia asintió.
—Adelante, pues. Ya iba siendo hora.
Nivala permaneció inmóvil. Una expresión cautelosa, preocupada, les daba a sus elegantes facciones una apariencia aniñada. Le temblaba la mano cuando cogió la piedra afilada que descansaba al borde del estanque. La bebé lloró con más fuerza.
—¿Puedes hacer que pare? —gruñó Eusia.
Nivala asintió y acercó a la niña a su pecho desnudo. Mientras la amamantaba, le hizo un pequeño corte en el talón y le apretó el piececito como si fuera una tetina para dejar caer tres gotas de sangre en el agua.
Noté que Eusia desencajaba las fauces y recogía la mezcla de sangre en su boca.
Sus ansias eran insondables, abrumadoras.
Paladeaba el sabor metálico de la sangre de la bebé en el agua espesa y salada cuando un estallido de rabia la sacudió con tanta violencia que mi propia consciencia se estremeció.
—No… —Apretó los puños de dedos esqueléticos con firmeza—. No es especial.
Su estupefacción fluía por su interior como una corriente profunda. Inmovilizó a Nivala en el sitio con su mirada, pero la mujer no apartó los ojos de la superficie del agua.
—Por favor…
—¿Por qué no es especial? —siseó Eusia—. El trato era claro…
—P or favor. —N ivala extendió los brazos para ofrecerle a la bebé —. Quedáosla. Consideradla un obsequio con el que sustentaros…
Eusia rugió disgustada y se alejó del borde del estanque.
El rostro penitente de Nivala comenzó a desdibujarse. El llanto de la bebé se convirtió en un eco que terminó apagándose…
Me desperté con un sobresalto en el estrecho catre de mi diminuto camarote robado. El sudor empapaba mi camisón, que tenía un aroma desconocido, como a cerveza rancia y a jabón de hierbas. Traté de despegármelo de la piel.
Una visión. Ahora entendía que era eso lo que había visto. No había sido una alucinación ni tampoco imaginaciones mías surgidas a raíz de cualquier historia que hubiera escuchado antes.
Cerré los ojos doloridos y me presioné los párpados de levantar la vista al ojo de buey. Ahora había poca luz, pero, cuando había lanzado el hechizo, el sol brillaba con fuerza.
Me incorporé con brazos temblorosos y me apoyé contra la pared. Todavía notaba el sabor de la sangre de aquella niña en la boca. Su llanto todavía resonaba en mi cráneo.
Halla.
Había nacido en un barco que navegaba rumbo hacia Eusia.
¿Por qué había parecido Nivala tan arrepentida?
¿Por qué se había mostrado Eusia furiosa al descubrir que la sangre de Halla no era especial?
De pronto, sentí la imperiosa necesidad de descubrir cómo las magas sibilas inducían sus visiones para volver al estanque y seguir viendo lo que pasó.
Bajé las piernas al suelo y ahogué una exclamación al descubrir que ya no sentía dolor. Me llevó otro instante recordar lo ocurrido. El hechizo, Eftan y su daga, Theodore y su radiante poder. Me levanté la camisa para verme el vientre y me pasé los dedos por la nueva cicatriz que lo surcaba.
Lo había eliminado. Vislumbré fugaces destellos de Theodore: su voz sonora, su calor y su peso sobre mí, el olor de su sangre… Me estremecí ante el recuerdo de su piel desgarrándose bajo la presión de mis garras.
—Dioses benditos, Lachlan.
El barco navegaba dando tumbos y la llave de latón de la puerta chocaba con la pared allí donde Lachlan la había dejado.
No había ni rastro de él en el camarote; ni una sola arma, ni una sola pieza de su armadura.
En el pequeño escritorio del rincón había un cuenco de guiso de pescado frío y una rebanada de pan.
Y, a su lado, un pequeño baúl de madera.
Me acerqué a él. En su interior había un peine de nácar y una cajita de cristal llena de horquillas.
Además de la corona de Nemea, una pastilla de jabón de vetiver que olía a Theodore y un frasquito de colorete.
Saqué todos aquellos objetos del baúl y los dejé sobre el escritorio sin apartar la mirada de lo que se escondía debajo.
Pasé los dedos por el fardo pulcramente doblado de resplandeciente tela negra.
—Serás idiota —susurré al levantar el vestido de seda de la ceremonia de vinculación.
Había un pedazo de papel metido en uno de los pliegues del corpiño. La letra de Theodore estaba emborronada, como si hubiera escrito el mensaje deprisa y corriendo.
Majestad:
Sé muy bien que has rechazado este vestido antes, pero se me ocurrió volver a regalártelo, pues es lo único que puedo ofrecerte en este momento. Si, como ya sospecho, te niegas a aceptarlo, puedo conseguirte un nuevo uniforme de marinero. Tan solo tendrás que enviar a tu escolta a por él.
Firmado, Su majestad, Theodore Ariti de Varya
Arrugué el papel y cogí la camisola que había al fondo del baúl.
Una melodía tenue y misteriosa se coló entre las grietas del barco mientras me quitaba el camisón y me pasaba la camisola por la cabeza.
Luego tiré de las cintas de la cotilla que habían diseñado específicamente para el atuendo, les hice una lazada y me puse el vestido de la ceremonia de vinculación dejando que mi cadena de oro y los anillos que pendían de ella descansaran sobre él, justo entre mis pechos.
Con cierta agitación, avivé la llama de la lámpara de aceite y me detuve ante el espejo que colgaba de la pared.
Tenía mejor color y, a pesar de que las sombras todavía enmarcaban mi mirada, mis ojos brillaban y estaban despejados.
Albergaban una chispa de irritación. Bien.
Me pasé los dedos por la melena enmarañada y traté de disimular con el peine tan bien como pude las calvas que me había dejado el hechizo.
Mi plan para mantenerme alejada de Theodore se había desmoronado como la pared de un acantilado azotado por las olas.
Ahora quería encontrarme con él cara a cara.
Quería reprocharle a gritos que hubiera sido tan terco y cara dura.
Que me hubiera dejado aquella nota tan taciturna.
Que se hubiera casado con Halla y hubiera accedido a darle un condenado hijo.
Quería reprocharle que fuera tan buena persona, aunque eso fuera precisamente lo que más me había acabado gustando de él.
Me puse la corona de Nemea, cogí la llave que colgaba de la pared y abrí la puerta de par en par.
El sollado estaba abarrotado de miembros de la tripulación; algunos limpiaban los cañones, mientras que otros montaban mesas improvisadas para la cena.
Lachlan estaba sentado en una de las más cercanas a la escotilla.
Cuando me vio, se puso de pie de un salto.
Me miró de arriba abajo.
—Tienes mejor aspecto. —Luego, con indecisión, añadió—: Y pareces cabreada.
—Y no te equivocas.
Pero me di cuenta de que era mentira tan pronto como pronuncié aquellas palabras.
La verdad era que estaba destrozada. Notaba los músculos débiles y sensibles, y un profundo agotamiento me lastraba.
El dolor había desaparecido, pero aquello solo había desenmascarado el resto de mis dolencias.
Me dirigí hacia la escalera de cuerda que conducía a la cubierta, donde una espesa niebla lo había envuelto todo con su manto blanco.
—¿A dónde vas? —Lachlan se acabó su cerveza de un trago y corrió hasta mí.
—A buscar a Theodore.
Dejó escapar una risotada y me agarró del brazo.
—No, no, no. Esta misma mañana lo has hecho sangrar.
—Si no hubieras…
—Has estado a punto de matar al canciller, Imogen.
—Porque él me apuñaló.
—No puedo dejarte sin supervisión ni por un momento. ¿Hace falta que te recuerde que me suplicaste que no te dejara a solas con él?
—¡Y mira lo bien que se te ha dado! —Recorrí el sollado con la mirada.
Había cajas aseguradas con cabos, ganchos con herramientas y arpones por todos lados.
Cogí una cuerda delgada de uno de los ganchos que tenía más cerca—.
Montarás guardia. —Sacudí la cuerda ante sus narices—. Y tomaremos precauciones.
Lachlan se llevó una mano al centro de la frente.
—¿Te crees que una cuerdecita de nada va a servir de algo?
Tras asegurarse de llevar su espada y su daga encima, me siguió por la escalera de cuerda.
La cubierta había quedado enterrada bajo un muro blanco de niebla.
Por lo que alcanzaba a distinguir, estaba a punto de anochecer, y la luz de los faroles que se mecían con el barco hacían que la niebla resplandeciera.
Había pasado todo el día dormida. Aquella extraña música se oía más alto allí arriba, distorsionada por el aire húmedo y espeso.
Un arpa, un laúd y una flauta tocaban con suavidad y ligeramente a destiempo a mi derecha.