La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 12. Theodore #4
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12. Theodore #4

Asentí distraídamente, pero me descubrí caminando hacia la puerta del camarote con los antebrazos todavía embadurnados de sangre y arena. Salí a la cubierta y recorrí el pasaje que conducía hasta una hilera de opulentos camarotes.

El de Halla era el primero. Las paredes del interior estaban decoradas con un mural pintado a mano de las frondosas enreda­deras de Varya.

Aquel había sido mi camarote antes de convertirme en rey.

El siguiente era el de Markis. Aleka siempre escogía el camarote del extremo, pues prefería disponer de un amplio ventanal que de un ojo de buey.

El de Eftan se encontraba entre esos dos. La puerta arañó el suelo al abrirla.

Eftan siempre se hospedaba en aquel mismo camarote cuando viajaba a bordo del Eleuthios. Contaba con dos ojos de buey, una cama pequeña pero imponente y mobiliario macizo en tonos tierra. No obstante, yo sabía que elegía aquella estancia por su escritorio, del tamaño de mi mesa de desayuno.

Lo estudié sin pestañear. Eftan tenía la costumbre de arrastrarlo hasta el centro del camarote.

De pequeño pensaba que aquella mesa albergaba incluso más papeles que las de los administradores que llevaban la contabilidad del reino.

Y todavía lo pensaba. Solía observar al canciller mientras daba vueltas alre­dedor de la mesa, ordenando las distintas montañas de papeles, tomando notas y recolocándolo todo una vez más.

Le gustaba estar de pie mientras lo hacía, con la espalda encorvada y los pies inquietos.

A pesar de la nostalgia que me sacudió los huesos, entré en el camarote.

Aleka se había hecho un hueco en una de las esquinas libres del amplio escritorio y estaba revisando su propia pila de papeles.

Cuando la puerta se cerró con un chasquido, se puso de pie y dio un respingo al verme empapado de sangre y sudor y aturdido por el agotamiento.

—Majestad. —Hizo una reverencia—. Entonces, ¿ha muerto? La reina Imogen, quiero decir.

Su preocupación parecía sincera. Negué con la cabeza en respuesta.

—¿Eftan no se ha despertado?

Ella hundió la barbilla en actitud reverente.

—No, majestad.

Me detuve al borde de la cama y, aunque agarré la pesada cortina de terciopelo, no la descorrí enseguida.

—Se encuentra bastante mal. —Aleka no se acercó demasiado. Nunca lo hacía. Habló como si estuviera presentando un informe oficial, con una mano sobre el vientre—. La herida que la reina Imogen le ha causado era grave.

Corrí la cortina despacio. El rostro de Eftan estaba surcado de cicatrices recién curadas allí donde Imogen le había enterrado las garras en la piel.

Lo habían aseado y ayudado a cambiarse de ropa.

Al examinarlo con mi poder, comprobé que no habían sido ni las heridas ni la pérdida de sangre lo que más daño le habían hecho, sino el canto silencioso que lo había atrapado.

Su respiración, sus latidos y su mente se habían ralentizado.

La chispa que mantenía su cuerpo en movimiento se había apagado.

—No ha sido la herida del cuello lo que lo ha dejado así —le dije a Aleka—. Ha pasado demasiado tiempo sin respirar.

—¿Podéis ayudarlo?

Una vez salvé a un marinero de morir ahogado. Había arrancado a muchas personas de las garras de la muerte. A pesar de lo débil y drenado que me sentía, estaba seguro de que podría hacer lo mismo por Eftan ahora.

Posé una mano sobre su pecho. Su corazón latía tan despacio que se me formó un nudo en el pecho. No corría riesgo de morir, pero tampoco había esperanza de que despertara pronto.

De esa forma era precisamente como quería que permaneciera.

Así no podría hacerle más daño a Imogen y nadie se atrevería a acusarla de asesinato. Era la mejor manera de mantenerla a salvo. Aparté la mano y me alejé de la cama.

Aleka dio un paso hacia mí y nos contempló a los dos con mirada aguda.

—Muy bien, majestad. Estoy segura de que no tardará en despertarse.

—Levantó el portafolio que sostenía y revisó la hoja—.

Teniendo en cuenta todo lo ocurrido, creo que lo mejor será continuar con el banquete nupcial como estaba previsto.

De lo contrario, la comida se echará a perder.

Además, la tripulación está preocupada después del cambio de rumbo hacia Antemusa y les vendrá bien una celebración que les levante los ánimos. Igual que a vuestra esposa.

Me agarré a uno de los postes de la cama al notar que se me nublaba la vista.

—¿Os encontráis bien?

—Sí —dije sacudiendo la cabeza—. Necesito dormir un poco. Me da igual lo que hagáis con el banquete. Proceded como mejor consideréis.

—Muy bien. —Pasó la hoja—. Descansad y daos un baño antes de que dé comienzo la fiesta.

Me metí la mano temblorosa en el bolsillo del pantalón y asentí. Al llegar a la puerta del camarote, me detuve y me sujeté al marco.

—¿Mariscal Baros?

—¿Sí, majestad? —preguntó ella poniéndose de pie.

—Cuando acabes de preparar lo del banquete, ven a mi camarote, por favor. Quiero organizar una ejecución.

Hizo una reverencia para mostrarse de acuerdo.

—¿Habéis mandado ya a la reina Imogen al calabozo?

—No es su ejecución la que tengo intención de decretar. —Miré el cuerpo postrado de Eftan—. Sino la suya.