La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 12. Theodore #3
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12. Theodore #3

Imogen no me daba miedo. Lo que de verdad me asustaba era la extraña sensación de estar a punto de consumir todo mi poder, pues siempre había creído disponer de una fuente ilimitada de él.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al notar cómo me drenaba.

La sangre me caía por los brazos y manchaba las manos de Imogen.

Durante un momento, nuestras miradas se encontraron y yo aproveché para estudiarla con detalle. Sábanas blancas, cabello oscuro, sangre salpicada de arena. Un corazón que latía demasiado despacio.

—Imogen.

De pronto, se quedó sin fuerzas y me soltó los brazos. De la herida de su vientre dejó de salir arena.

La agarré de la cintura y la zarandeé.

—¿Imogen?

Me acerqué a ella; le pasé las manos por los brazos y el cuello.

Luego le palpé el corte todavía abierto del abdomen.

Ahora era más pequeño, quizá del tamaño que había tenido cuando Nemea la había herido.

Le presioné los bordes con un dedo y, cuando volvió a sangrar, el líquido que brotó de su interior era de un intenso color rojo.

Como en una herida reciente.

—Habéis roto el hechizo —dijo le sanadore meneando la cabeza con asombro.

Sí, había roto el hechizo que la había estado manteniendo con vida. Lo que significaba que ahora la herida mortal podría llevársela en cualquier momento.

Me vi embargado por un impulso singular y desconcertante que jamás había experimentado antes.

Pensaba que había consumido toda mi energía, pero me sobrevino un nuevo torrente de poder de una intensidad abrasadora.

Me esforcé por contener los profundos temblores que me sacudían y, aunque tenía la sensación de que se me derretirían las manos allí donde tocaba a Imogen, me negué a tirar la toalla.

No permitiría que muriera en aquellas circunstancias.

—Tened cuidado, majestad.

Lachlan dio un paso hacia nosotros con la espada todavía en ristre.

—Theo.

Imogen casi había dejado de respirar. El pánico me impedía notar sus latidos. Sin embargo, los bordes de su herida por fin comenzaron a cerrarse. Una red de tejido luchaba por crear un tapiz compacto.

Su piel se cerró por completo y la herida dejó una cicatriz ondulante a su paso.

Los márgenes de mi visión se ensombrecieron, pero liberé una temblorosa exhalación.

Su corazón ya empezaba a recobrar las fuerzas y su respiración volvía a estabilizarse.

A pesar de que estaba cubierto de sangre arenosa y pegajosa, le pasé el pulgar por la piel tersa mientras asimilaba, maravillado, lo que acababa que ocurrir.

Casi me había consumido por completo mi poder y me sentía al borde del colapso, pero había logrado desterrar un hechizo.

Me aparté del cuerpo todavía inerte de Imogen y me senté al borde de la cama, donde traté de limpiarme parte de la sangre que me manchaba las manos.

Pero no le quité el ojo de encima ni por un segundo.

Sus mejillas húmedas por las lágrimas estaban empezando a recuperar el color poco a poco.

Le acaricié la barbilla con un nudillo y le deslicé un dedo por la sien.

Me incliné hacia ella para susurrar su nombre:

—¿Immy?

Abrió los ojos, cansados pero despejados, y los clavó en los míos. Una sonrisa cálida y espléndida se adueñó lentamente de su rostro.

—Ahí estás, querido. —Habló en voz baja y ronca, extendiendo las manos hacia mí con las garras extendidas—. Llevo mucho tiempo esperando este momento.

Lachlan me apartó de un empujón, sacó a Imogen con muy poca delicadeza de la cama y la cogió en brazos. Ella dejó escapar un gruñido, y la cabeza se le cayó hacia atrás como si le pesara demasiado. Los brazos se le mecieron sin fuerza.

Contemplé estupefacto cómo cargaba con ella hasta la puerta del camarote.

Algo ajeno a ella había brillado en su mirada.

Su voz había sonado demasiado delicada, demasiado empalagosa, y, pese a todo, yo había estado a punto de rendirme ante ella.

Lo habría hecho con gusto. Me dio un vuelco el estómago.

Lachlan se detuvo ante la puerta.

—Ve a atender a Eftan —me dijo con tono sombrío—. Si Imogen lo ha matado, no creo que puedas salvarla una segunda vez.

Con eso, se marchó.

Había momentos de mi vida que se me habían quedado grabados en la mente con el siseo de un hierro al rojo vivo.

La muerte de mi padre o el día en que había tenido que dejar a Hector y Antonia para ocupar mi lugar en el trono eran dos de ellos.

Otro era el de la escisión, cuando Imogen había derramado sangre negra al cortar nuestro vínculo y yo había sentido aquel vacío antinatural en mi interior inmediatamente después.

Y ahora la había rescatado de las garras de la muerte solo para acabar viéndola marchar, de nuevo al cuidado de Lachlan.

—El canciller está vivo —anunció le sanadore Carras detrás de mí mientras se limpiaba la sangre de las manos con desasosiego y asombro—. Pero no… se encuentra bien. Vos podréis hacer mucho más por él que yo, majestad. Pero primero necesitáis descansar y asearos un poco.