La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 12. Theodore #2
32%

12. Theodore #2

Ahora parecía vacía. Tenía el rostro demacrado, las mejillas pálidas y los labios secos y tirantes.

La desesperación que sentía por volver a verla como era entonces, entera y radiante, me dio el empujón que necesitaba para arrancarle la daga del vientre. Imogen profirió un quedo gemido, y, aunque yo esperaba que un torrente de sangre manara de la herida, de su interior no brotó ni una sola gota.

Mal, mal, está mal.

Me dispuse rápidamente a soltarle los botones superiores de la camisa, pero me detuve al reparar en un destello dorado. Era la cadena que yo le había regalado.

Cuando la enganché con un dedo para sacarla de debajo de la prenda, todavía estaba caliente por haber permanecido en contacto con su piel.

De ella colgaban dos anillos: el de la piedra gris que le había dado su prometido y el de la gema ambarina que le había regalado yo.

Encontrarlos uno al lado del otro reavivó mi irracional ataque de celos y me hizo apretar los dientes mientras retomaba la tarea de soltarle la camisa.

La tira de tela negra con la que se cubría los pechos estaba también salpicada de arena y sal. Su piel dorada estaba tersa y suave, pero, a la altura del plexo solar, comenzaba a adoptar un color rojo intenso que daba paso a un parche ennegrecido, como devorado por las llamas.

—No. —Le arranqué los dos últimos botones para dejar su torso por completo al descubierto.

—Dioses santos —susurré.

Tenía una extensión de algas estriadas y de un tono verde amarillento cubriéndole casi un palmo de piel, como si las hubieran fusionado a fuego con su herida.

Eftan le había clavado su daga justo en el centro, y lo que por fin había comenzado a brotar lentamente de la perforación no solo era sangre, sino arena oscura y espesa. Puse la mano sobre la herida.

—¿Qué le ha pasado?

Un torrente de adrenalina me recorrió de pies a cabeza y me aceleró el pulso.

—Nemea la hirió —explicó Lachlan— e Imogen tuvo que lanzar un hechizo para mantenerse con vida.

Un pitido metálico había estallado en mis oídos.

—Márchate —le pedí mientras le soltaba los pantalones de tiro alto y se los bajaba hasta la curva de las caderas, pues no quería que la viera desnuda. El parche de algas y piel quemada se extendía por debajo de la cinturilla de la prenda.

Pero Lachlan no se movió.

—Que te largues.

—Le prometí que no lo haría —dijo negando con la cabeza.

—¿El qué?

—Que no la dejaría a solas contigo. —Lachlan sostuvo mi mirada un instante—. No es…

—Vete al infierno. —La ira y el miedo me asfixiaban como un resistente nudo corredizo en torno al cuello.

Lachlan se detuvo y se pasó una mano por la cara.

—No es la de siempre. Su poder… ya no es normal.

—Le lanzó una mirada rápida antes de volver a posar la vista en mí—.

El resto tendrá que contártelo ella misma, pero no puedo dejaros solos.

Si te hace daño… —Negó con la cabeza como si fuera algo inconcebible—.

Si se entera de que he roto mi palabra… —Se pasó el pulgar por el cuello—.

Lo máximo que puedo hacer es darme la vuelta.

La arena teñida de rojo oscuro me anegó los dedos.

Ya había empezado a verter mi poder sobre Imogen, pero no dejaba de sangrar.

Quizá Eftan hubiera dañado el hechizo. No podía cerrar la capa de algas ni tampoco curar a Imogen mientras esta siguiera fusionada con su piel. El pánico hormigueó por mi pecho.

—Mierda.

—¿Qué pasa? —Lachlan me lanzó una mirada alerta por encima del hombro.

—Tengo que romper el hechizo.

—Me cago en todos los dioses… —masculló cerrando los ojos con fuerza.

Sabía que mi poder tenía poco que hacer contra un condenado hechizo, pero la frase que había leído en el libro de Jesop resonó en mi cabeza como un alarido.

«La magia de las magas y el poder de los dioses equivalen a los dos filos de una misma espada perfectamente equilibrada».

Habíamos llegado al espeso banco de nubes que cubría la zona norte del horizonte. La luz de la tarde quedó opacada por ellas y un viento gélido se coló por el ventanal y correteó por la piel pegajosa de Imogen. Dejó escapar un profundo gemido.

—Vas a ponerte bien —le susurré—, no te preocupes.

Canalicé más poder a través de mis manos, más del que había empleado jamás.

Era la primera vez que necesitaba tocar a una persona para curarla y, por algún motivo, seguía sin ser suficiente.

Rompí a sudar y se me aceleró la respiración.

Tenía la sensación de que el hechizo esquivaba mi poder, que zigzagueaba y se escondía de mí, pero no me rendí.

Temblaba por el esfuerzo, presa del malestar y unos sudores fríos, cuando la línea de piel ennegrecida que rodeaba la herida por fin empezó a recobrar un tono dorado y uniforme.

Las algas se fueron desprendiendo de su cuerpo y mis latidos recuperaron su ritmo normal.

Había movido las manos hacia la siguiente zona que requería mis cuidados cuando Imogen tomó una ronca bocanada de aire.

Abrió los ojos ambarinos inyectados en sangre.

Encontró mi mirada antes de bajar la vista al punto donde le presionaba el vientre.

Su expresión se desmoronó.

—Theo. —Intentó apartarse de mí, pero yo se lo impedí—. ¡No! No, no, no.

Le clavé los dedos en la piel.

—Te tengo, te tengo.

Ella se debatió contra mí sacando las garras.

—No, por favor.

—Te estoy ayudando, Imogen. Déjame ayudarte.

Un instante después, todo su cuerpo sufrió una sacudida.

Se le cayó la cabeza hacia atrás, la boca se le retorció en una mueca que le dejó los dientes al descubierto y un abundante torrente de sangre pastosa mezclada con arena brotó de la herida que todavía permanecía abierta entre los pedazos de algas.

Se le derramó por el abdomen como un géiser borboteante y manchó las sábanas.

—Ve a buscar a le sanadore, Lach —exclamé.

Él se dio la vuelta.

—No pienso salir de este camarote sin…

Otra oleada de sangre arenosa manó del interior de Imogen, más de la que habría esperado que cupiera en ella.

Se convulsionó y jadeó igual que había hecho cuando había tomado la pócima de la escisión.

Cuando levanté la vista para contemplar su rostro crispado, reparé en que de una de las comisuras de su boca también escapaba un hilillo carmesí.

—Lachlan, ve a buscar a le sanadore de una puta vez.

Pero permaneció inmóvil, sin obedecer mi orden. Levantó la espada un poco más.

—Por favor, Lach, ve a por le sanadore. —Más y más sangre. Sentía que la vida de Imogen se me escapaba entre los dedos—. No puede morir.

—Putos dioses del cielo, Theo.

Nos contempló a los dos con la mirada desencajada por el miedo y por fin, por fin, atendió a razones.

Abrió la puerta de par en par con la espada todavía en la mano.

Seguí vertiendo mi poder sobre Imogen, y la piel destrozada de la herida empezó a recuperar un aspecto más saludable, aunque la suciedad que llenaba el orificio todavía seguía saliendo.

Oí que Lachlan llamaba a gritos a le sanadore justo cuando Imogen arqueaba la espalda y gritaba con los dientes apretados de dolor.

Se sacudió y pataleó.

—No, Imogen, para.

Me subí al colchón y le inmovilicé las piernas con el peso de una de las mías, pero no interrumpí el torrente de mi poder. Lo forcé a filtrarse a un nivel más profundo a pesar de lo mucho que todavía sangraba. A pesar de la violencia con la que se debatía y gimoteaba.

Las lágrimas escaparon por el rabillo de sus ojos. Me sujetó ambas muñecas y me las estrechó con fuerza para intentar apartarme de ella.

—¡Immy! —Le di una sacudida—. Déjame ayudarte.

Por un momento se quedó sin fuerzas. Las comisuras de su boca se orientaron hacia abajo; dejó de aferrarse a mis antebrazos, de manera que sus garras quedaron meramente posadas sobre mi piel.

Levantó la vista y, mientras me contemplaba con expresión entre aturdida y cansada, un brillo extraño surcó sus ojos dorados. Era una chispa hambrienta. Anhelante.

Se pasó la lengua por el labio inferior y me clavó las garras en la piel hasta hacerme daño.

—Ayúdame.

Joder. Su súplica estuvo a punto de partirme el corazón en dos. Lachlan irrumpió de nuevo en mi camarote acompañado de le sanadore Carras.

—Dioses santos —exhaló Carras con la mirada clavada en la sangre que cubría el vientre de Imogen y las sábanas.

Verle con el semblante tan descompuesto cuando solía ser la viva imagen de la calma me puso los pelos de punta—.

Es un hechizo, majestad. Lo más probable es que no podamos hacer nada por ella.

—No.

Presioné el abdomen de Imogen con más fuerza, lo cual le arrancó un grito.

Su corazón palpitaba de manera irregular; su respiración se había convertido en un jadeo ronco y superficial.

Al comprender que tal vez no fuera lo bastante poderoso como para curarla, me sentí como si unos colmillos se hubieran hundido en mi carne.

—Os exijo que me ayudéis.

Carras no dudó en subirse a la cama y colocar las manos alrededor de las mías para combinar nuestro poder.

Imogen todavía se aferraba a mis antebrazos y temblaba ante nuestras arremetidas.

La mezcla de sangre y arena no dejaba de manar de la herida, pero las algas que se habían fundido con su piel terminaron de desprenderse. Se despegaron sin más.

—Ve a buscar agua y un paño, Lachlan.

Tenía que limpiar la herida antes de cerrarla. En cuanto regresó con una palangana y un trapo, le sanadore los cogió y los colocó junto al vientre de Imogen justo cuando ella me hincaba las garras aún más en los brazos.

Gruñí entre dientes ante el dolor.

—Parad ya, majestad —me pidió Carras, que cogió a Imogen por las muñecas para que me soltara—. No sirve de nada.

—No, continúa.

Le sanadore se estremeció pero volvió a posar las manos sobre la herida de Imogen. Lachlan levantó la espada y la colocó sobre ella para atravesarle el pecho llegado el momento.

—Haz el favor de bajar el arma —le grité mientras el sudor me corría por la frente.