La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 12. Theodore
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12. Theodore

Theodore

E l grito desgarrador de Imogen hizo que me flaquearan las piernas.

Todavía me temblaban las rodillas cuando desenvainé la daga que llevaba en la cadera, pero me aseguré de mantener un agarre firme alrededor de su empuñadura. Crucé la cubierta corriendo. Me abrí paso entre algunos miembros de la tripulación y la corte para llegar hasta ella.

Su alarido se transformó en un jadeo y luego en un gimoteo estrangulado.

Aun así, permaneció de pie incluso mientras Eftan le retorcía el arma en las entrañas.

Imogen se tambaleó y levantó las manos transformadas en garras.

Cuando ya pensaba que se derrumbaría, mostró los dientes y le enterró las uñas a Eftan en el pecho con un violento movimiento descendente.

Luego repitió el gesto por sus mejillas, su cuello y su pecho.

Eftan permaneció impasible. No retrocedió ni trató de detener el ataque. Lo único que hizo fue soltar el arma con la que había atacado a Imogen.

—Imogen. —Su nombre escapó ronco de mis labios.

La sangre le empapó la casaca de marinero que llevaba hasta oscurecer la parte delantera de la prenda.

No fui lo bastante rápido. Imogen perdió el control de sus facciones y se tambaleó hacia atrás antes de toparse con la barandilla.

Varias personas se abalanzaron hacia delante y la perdí de vista mientras los tripulantes gritaban y Markis y Aleka trataban de llegar hasta Eftan.

Aparté a un marinero de mi camino y le di un empujón a un miembro de la corte.

—Apartaos.

De alguna forma, Lachlan se las había arreglado para colocarse delante de mí. Me puso una mano en el centro del pecho y me obligó a retroceder.

—No te acerques.

—Ni se te ocurra…

Imogen se había apartado de la barandilla y se había llevado la mano a la herida de la que sobresalía el arma, pero no le había quitado el ojo de encima a Eftan. El horror la despojó de toda expresión. Negó con la cabeza, presa de una aterrorizada incredulidad.

—Imogen —dije debatiéndome contra Lachlan.

El movimiento del barco la hacía tambalearse. Se caería si no llegaba hasta ella a tiempo. Con un gruñido, empujé a mi comandante con el hombro y lo obligué a retroceder.

Pero afianzó su posición antes de que tuviera oportunidad de zafarme de él.

—Theo, para.

Eftan, a quien le sangraban la cara y el cuello, no reaccionó al ver que Imogen caía de rodillas. Cuando volvió a hablar, lo hizo con una súplica estrangulada.

—Lachlan…

Me quedé de piedra. Lo había llamado a él en vez de a mí.

—Interrumpe tu canto, Imogen —le ordenó Lachlan mientras me retenía.

Había adoptado el espeluznante sosiego de un depredador antes de lanzarse al ataque. Se llevó la mano a su espada.

Imogen negó con la cabeza. Las lágrimas le corrían por las mejillas.

—No puedo.

Traté de llegar hasta ella de nuevo, pues me negaba a verla morir, pero Lachlan echó el brazo hacia atrás para coger impulso y me asestó un puñetazo en el estómago.

Me doblé por la mitad con un resuello.

—Por todos los dioses, Imogen —exclamó en un rugido gutural y violento—. Sigue intentándolo.

Me incorporé justo cuando las cejas de ella se curvaban en una expresión de súplica. No entendía cómo era capaz de seguir de pie, de hablar, pese a que la mancha sangrienta de su vientre no dejaba de crecer y crecer.

—Me lo prometiste —le recordó a Lachlan en un desgarrador hilo de voz.

De pronto, Eftan irguió la espalda, dio media vuelta y se alejó arrastrando los pies en dirección a la barandilla.

Tenía el chaleco de bordados dorados empapado de sangre y los ojos muy abiertos y vacíos.

Movía los labios ensangrentados, farfullando algo que yo no alcanzaba a entender.

Parecía estar a punto de lanzarse al agua, pero Lachlan llegó hasta Imogen antes.

El sol se reflejó en su coraza cuando levantó la espada para trazar un arco y golpear en la cabeza con su empuñadura a Imogen, que cayó desmadejada sobre la cubierta, con el arma dorada que sobresalía de su vientre apuntando hacia el cielo. Un instante más tarde, Eftan también se derrumbó.

La tripulación y los guardias prorrumpieron en gritos y a mi alrededor todo se aceleró y se desdibujó. Aleka y Markis se unieron al coro de voces. Reparé en lo picado que estaba el mar y lo mucho que el barco se zarandeaba. Oí que Halla decía algo, presa del pánico, pero no la entendí.

Lachlan estaba de pie ante Imogen, con la respiración acelerada y la espada colgando junto al costado. En aquella ocasión, no me detuvo cuando cogí el cuerpo inconsciente de Imogen en brazos.

Aleka apareció a mi lado y habló con una voz ronca nada propia de ella:

—¿Está viva? —Negó con la cabeza—. ¿Y qué hay del canciller, majestad? Debéis ir a ayudarlo.

—La reina es más importante que él. Le sanadore del barco se encargará de sus cuidados.

—No aminoré el paso de camino a mi camarote y, al llegar allí, abrí la puerta de par en par de una patada.

Como habían dejado las ventanas abiertas, el aire húmedo y salado había inundado la estancia.

Lachlan entró corriendo detrás de mí con esa condenada espada todavía en la mano.

—Haz el favor de envainar esa puta cosa. —Dejé a Imogen sobre la cama y me arremangué la camisa—. Te mataría en este mismo…

—Debo cumplir una promesa. —No mostró intención alguna de guardar el arma y no apartó de Imogen su mirada preocupada.

La sangre me hervía de rabia y el corazón me aporreaba el pecho como un martillo de forja, pero concentré toda mi atención y mi poder en Imogen.

Por alguna razón inexplicable, su pulso permanecía estable y, a pesar de la cantidad de sangre que le empapaba la ropa, no parecía que su fuerza vital la estuviera abandonando.

—¿Qué clase de promesa? —Intenté no sonar receloso, pero fue en vano.

Las comisuras de su boca cayeron.

—Ella no querría que te lo contara.

Me esforcé por mantenerme firme al extender la mano para sacar la hoja que tenía enterrada en el vientre.

Lachlan levantó la espada un poco al detenerse junto a la cama, aunque el remordimiento le marcaba unos profundos surcos en la expresión.

En otras circunstancias, le habría echado en cara su traición, pero, por mucho que le hubiera hecho daño, era evidente que el muy cretino se preocupaba por ella de verdad.

Halla irrumpió en el camarote, acompañada de Markis.

—¿Ha muerto? —preguntó agarrándose a la mesa con una mano pálida en torno al cuello.

—No —respondió Lachlan en voz baja y contrariada—. ¿Y Eftan?

Markis negó con la cabeza.

—Todavía vive…, supongo. Le sanadore del barco sabe bien lo que hace, pero la situación del canciller no es demasiado prometedora. —Se peinó la barba—. Majestad, tal vez deberíais…

—Cuando acabe.

Permanecí donde estaba, con las manos a unos centímetros del vientre herido de Imogen. Su pecho subía y bajaba despacio, de manera superficial, como si estuviera durmiendo. Su espesa melena oscura estaba esparcida por el colchón, enredada y salpicada de granitos de arena.

Debería haber muerto o, como mínimo, estar al borde de la muerte. Había algo en su interior que no encajaba. Fuera lo que fuese se estremecía al entrar en contacto con mi poder al explorar el cuerpo de Imogen.

Halla se acercó a los pies de mi cama y se asomó entre las cortinas entreabiertas que colgaban del dosel. Todavía llevaba mi camisa de dormir y se había echado todo el cabello rubio por encima de uno de los hombros. Dejó volar su aguda mirada entre Imogen y yo.

—Nunca había entendido del todo las advertencias de mi madre sobre la corruptibilidad del amor.

—Una de las comisuras de su boca se retorció con reticencia—.

No os hacéis una idea de la claridad con la que me lo habéis ilustrado, majestad.

—Contempló a Imogen con una expresión terriblemente mordaz que no supe identificar—. Esta mujer será vuestra perdición.

Sí, lo sé, pensé. Lo fue hace ya tiempo.

—Marchaos —le pedí sin apartar la mirada de Imogen.

Halla obedeció sin una palabra y se retiró seguida de Markis.

—Tienes que andarte con cuidado, Theo —me dijo Lachlan cuando se cerró la puerta—. Mostrar un trato demasiado preferente por Imogen… solo empeorará aún más las cosas.

Sabía que estaba en lo cierto, pero lo que sentía por ella era tan fuerte y devastador como mi propio instinto.

Ninguna fuerza, ya fuera divina o mágica, podría interponerse entre ella y yo.

Todavía parecía estar sumida en un plácido sueño; sus espesas pestañas le acariciaban los pómulos y el arma que sobresalía de su vientre subía y bajaba al ritmo de su delicada respiración.

Una punzada de un insoportable desasosiego me atravesó ante la mera idea de extraérsela.

Aun así, rodeé la empuñadura con una mano e hice una pausa.

—¿Has…? —empecé a decir evitando la mirada de Lachlan—. ¿Habéis…? ¿Estáis los dos…?

Él resopló divertido, pero, al ver que ponía mala cara, levantó la mano libre en gesto de disculpa.

—Perdona. Imogen es muy guapa —dijo con tono conciliador—.

Y sí, ya sabes que yo suelo dejarme llevar por los placeres de la carne, pero lo único que me une a ella es y siempre será el amor que ambos profesamos por Agatha.

—Una rotunda sinceridad inundaba su mirada—. Haríamos lo que fuera por ella.

Yo asentí con solemnidad para que supiera que lo creía, pero el pellizco de celos que me atenazaba el pecho no desapareció.

Él seguía disfrutando del privilegio de estar cerca de ella, de cuidarla.

Posé una mano temblorosa sobre el abdomen de Imogen, pero, antes de sacarle la daga, estudié las curvas y los ángulos de su encantador rostro.

Su belleza me había dejado sin aliento cuando había posado la vista en ella por primera vez, cuando había admirado el cautivador rubor de sus mejillas y la chispa vivaz de sus ojos resplandecientes.

Imogen era una melodía escandalosa y efervescente, y su pasión y fortaleza me habían cautivado como el ritmo de un tambor.