11. Imogen #3
El hambre que se había enterrado en mis huesos al lanzar mi primer hechizo se adueñó de mí de nuevo.
Era un afán tan maravilloso como terrible.
Dulce anhelo y sufrimiento. El cuero cabelludo me ardía como si estuviera en llamas; sentía punzadas por todo el cuerpo, como si un millar de espadas me estuviera atravesando, y, sin embargo, no podía ignorar lo inexplicablemente embriagadora que era la sensación.
Quería más y más y más.
Abrí los ojos, pero el cielo se había convertido en un borrón desenfocado.
Pese a la fuerza con la que apretaba los dientes, un alarido desgarrado me inundó el pecho.
Luego el bote dejó de dar vueltas, como si una mano hubiera emergido de las profundidades y lo hubiera frenado.
Me di de bruces con uno de los soportes del banco.
Caí de rodillas, agonizante, en busca de la brújula.
El Eleuthios se había alejado y navegaba hacia el norte, hacia Obelia. Se mecía con las olas, como cualquier otra embarcación, pero mi barca permanecía tan quieta que, de no haber sido consciente de lo que ocurría, habría estado convencida de haberme quedado encallada en algún banco de arena.
Clavé la mirada en la aguja de la brújula.
Conocía bien los contornos y trazos de los mapas de Leucosia.
Había estudiado cada sombra y cada ángulo de las aguas, las montañas y los ríos.
Los había seguido con mi pluma cuando estudiaba y con dedos anhelantes cuando me colaba en el oscuro estudio de Nemea, donde imaginaba las maravillas de cada isla leucosiana a la luz de una vela.
La brújula me confirmó lo que yo ya sabía: el bote se había orientado hacia el oeste.
Hacia Antemusa.
Hacia la emperatriz, Agatha y Eusia.
Entorné los ojos para distinguir la silueta de Markis y Eftan en las ventanas del barco de Theodore, quienes ahora se turnaban para observarme a través de un catalejo.
Los últimos coletazos del hechizo me sacudieron el pecho, sacudieron las aguas sobre las que flotaba, y entonces la presión se liberó de golpe. El bote volvió a mecerse con las olas y la proa dejó de estar anclada a un punto fijo.
A pesar de que notaba el cuero cabelludo irritado y el cuerpo estremecido de cansancio, hice resurgir una corriente para que acelerara la velocidad de mi embarcación y la llevara de vuelta al Eleuthios.
Me sentía como si me hubieran exprimido hasta dejarme seca para volver a llenarme de nuevo.
Y, aunque nunca había experimentado un dolor tan atroz a la par que satisfactorio, ya no importaba.
El hechizo debería ser prueba suficiente para que el consejo de Theodore volviera a respetar su soberanía.
Debería ser prueba suficiente de que no se podía confiar en la emperatriz y, por ende, tampoco en su hija.
Debería bastar para ganarme el apoyo del Eleuthios para rescatar a la persona que más me importaba en el mundo.
Cuando por fin estuve lo bastante cerca del navío como para alcanzar la escalera de cuerda que colgaba de la embarcación, ya no me quedaban fuerzas para agarrarme a ella y mucho menos para trepar mientras se mecía con el viento.
Apoyé la frente contra el primer peldaño aunando fuerzas para el suplicio que me esperaba a continuación.
Jamás había experimentado una sensación tan intensa como la de los estragos del hechizo: era la copa que te embarga de euforia pero te revuelve el estómago; el rico banquete que te sacia pero termina empachándote; el amante atento que termina haciéndote sufrir.
Trepé por la barandilla del barco con un gran esfuerzo, con el rostro perlado de sudor frío, y por fin conseguí llegar a cubierta.
Al ver que, tal y como yo le había pedido, Theodore todavía seguía en la proa acompañado de Lachlan y su séquito, me vi embargada por el desenfrenado impulso de correr hasta él, esconder el rostro en su cuello y enterrarle los dientes en la piel.
El viento le revolvió el cabello, y di un paso hacia él sin pensar, pero Eftan me cortó el paso con su fornido cuerpo.
Su olor a sudor y su aliento a vino inundaron mis fosas nasales.
Tenía los ojos marrones inyectados en sangre y las cejas firmemente fruncidas.
Trazó una diagonal con el brazo a la altura del pecho sin pronunciar una sola palabra, y algo brilló en su mano al lanzarme una cuchillada al cuello dibujando un amplio arco horizontal por el aire.
Fue un movimiento virulento pero lo bastante torpe como para poder agarrarlo de la muñeca pese al dolor que me embotaba la cabeza. Lo empujé hacia abajo asegurándome de mantener la hoja plateada que sostenía lejos de mi cuello.
—¡Imogen! —El grito de Theodore retumbó por toda la cubierta.
Giré la cabeza hacia él al oírlo y ese fue mi error.
No vi que Eftan sostenía una segunda daga más pequeña en la otra mano. Tampoco lo vi echar el brazo hacia atrás para coger impulso ni asestarme una puñalada, pero sentí la quemazón de la hoja al enterrarse en mi vientre, justo donde las algas y la arena del hechizo de Eusia me mantenían con vida.