La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 11. Imogen #2
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11. Imogen #2

Vi a dos mujeres jóvenes en la arena. La imagen era extraña, desdibujada y de colores demasiado intensos.

Una de ellas estaba sentada en un amplio agujero excavado en la playa, lejos del agua.

Su cabello ondulado era de un cálido tono castaño con reflejos del color de la miel y sus ojos, ambarinos como los míos.

De hecho, los ángulos de su rostro, el arco de sus labios y la curva de su cuello también eran idénticos a los míos.

Ligea.

A su lado, al borde del agujero, se encontraba arrodillada la segunda mujer. Tenía la melena de un marrón oscuro casi negro recogida en una gruesa trenza y la piel blanca y tersa, salpicada de manchas de sol. En sus ojos, fieros y cobrizos, brillaba algo distinto. Algo implacable y aterrador.

Contemplaba a Ligea sin pestañear.

—No vale hacer trampas.

—No me habría pasado toda la mañana cavando para acabar haciendo trampas, Eusia.

La voz de Ligea, a diferencia de la mía, era algo áspera.

Y su nariz era un poco más larga. Traté de aguzar la vista desde dondequiera que estuviera presenciando la escena, pero esta no dejaba de ondular y fragmentarse.

Solo alcanzaba a vislumbrar atisbos fugaces de ella.

Ligea cubriéndose la boca con la mano. Ligea gritando con la cabeza echada hacia atrás.

El agua llenando el agujero desde abajo…

Entonces regresé a mi cuerpo. Volvía a estar en el bote, contemplando los desagradables ojos de la nekgya.

Se acercó a mí con la postura erguida de interés.

—¿Qué has visto?

—¿Cómo has hecho eso? —le pregunté temblando.

—Las visiones no son cosa mía, querida. —Extendió la mano mutilada y me apartó un mechón de pelo que me había caído sobre un ojo—. Cuéntame. ¿Qué has visto?

Sabía que no me convenía contarle nada, pero me había dejado tan conmocionada, tan perturbada al haber mencionado las visiones y dar a entender que había dejado de ser una mera mujer sin rumbo fingiendo ser una maga sibila para convertirme en una auténtica, que le hablé de la imagen de Ligea en la arena y de ella misma, joven y llena de vida, a su lado.

Eusia permaneció callada un buen rato.

—Ligea llenó el agujero de agua, pero el hechizo la dejó sumida en un sopor durante días —dijo al fin—.

Le causó un extraño malestar. Decía que había estado oyendo gritos que no había sido capaz de acallar.

—Eusia me estudió a través de los ojos de la nek­gya y profirió un sonido contemplativo—.

En cambio, cuando yo lanzo un hechizo, me siento como si estuviera saciando un hambre voraz.

Ahora incluso el dolor me satisface. ¿Para qué necesito yo un hogar, un cuerpo sano o una persona amada cuando la magia para mí no es solo eso, sino mucho más?

Un mal presentimiento me envolvió como una sombra ­gélida.

—Así que dime —continuó—, cuando lanzaste el hechizo, ¿te dejó sin energía como a tu madre o te sació como a mí?

—Pues…

Eusia ya sabía mi respuesta. Sabía que había sentido esa ansia feroz, esa sensación de saciedad, ese ardor, ese insaciable impulso de seguir consumiendo. El estómago dolorido se me revolvió al comprender que, seguramente, el aterrador deseo que Theodore despertaba en mí fuera solo mío.

—Ya sabes…

—Sí, pero quiero oírtelo decir.

Apreté el puño con el que sostenía la daga, indefensa ante la verdad. Tragué saliva y respondí como si estuviera confesando un crimen imperdonable.

—Me sació.

—Eso es porque el deseo te mueve, querida. La desesperación es poder. Ligea nunca experimentó la desesperación que alimenta la magia igual que el aire aviva una llama. —La nekgya esbozó una lenta sonrisa hueca y percibí la profunda satisfacción de Eusia—. Bueno, ¿qué hechizo quieres aprender?

Aunque hacía calor, se me puso la piel de gallina.

—Quiero localizar a alguien en el mar.

La nekgya clavó sus ojos de pez en la copa que sostenía.

—¿Es esa sangre de su sangre? —Asentí y, cuando volvió a hablar, lo hizo con la voz rebosante de aprobación—. Muy bien. ¿A quién buscas?

—Supongo que eso también lo sabes ya.

—Supongo que sí.

En su voz se apreciaba una ligereza que me daba a entender que estaba disfrutando mucho de la conversación, aunque no sabía si era por el reto que suponía o por saber que la necesitaba.

Tal vez le causaba regocijo corromper a la hija de su odiosa hermana, bendecida por los dioses.

Sin embargo, me planteé también la posibilidad de que el sencillo acto de charlar con una persona tan patéticamente viva como yo la hiciera sentir algo que la magia no podía ofrecerle.

—Te daré una oportunidad para adivinarlo.

—Buscas a Nivala. —Hizo una larga pausa mientras me contemplaba—.

Eres una criaturita de lo más entretenida.

Hacía tiempo que no jugaba a ningún juego.

Y mucho más que no compartía mis conocimientos.

—La nekgya se asomó por uno de los costados del bote, cogió agua ahuecando la mano buena y la vertió en la copa que sostenía—. Agítala.

Hice lo que me pedía, con cuidado de no derramar una sola gota. Cuando hube acabado, levanté la vista y me fijé en que todos los miembros del consejo de Theodore estaban medio asomados al alféizar de las ventanas, con los ojos entornados para protegerse del sol.

—El hechizo es sencillo —explicó Eusia—. Se puede llevar a cabo tanto en tierra como en el mar. Lo primero y más importante es tu determinación. Necesitarás un objeto fácil de mover, la sangre y el nombre de la persona que buscas, tu pago en carne y el conjuro.

—Pareces tener muchas ganas de ayudarme a localizar a la emperatriz.

—Qué curioso, ¿no te parece? —coincidió con una sonrisa.

Me esforcé por disimular lo mucho que me perturbaba que estuviera tan dispuesta a colaborar, pero sospechaba que eso también lo sabía. Me corté un pedazo de carne del vientre, justo debajo de la herida, y enseguida volví a cubrirme.

—Dime el conjuro.

La nekgya estiró los pies cubiertos de escamas rojas lánguidamente entre nosotras, como si estuviera saboreando el momento.

—Más te vale prestar atención, porque no te lo repetiré… Por tierra, noche, día y mar. Que la sal del agua y el aullido del viento me permitan su sangre alcanzar.

Pronuncié las palabras en mi cabeza.

—Primero tendrás que depositar una gota de sangre diluida con agua salada sobre tu lengua.

Luego te untarás los dedos con la mezcla y escribirás el nombre de la persona que buscas sobre tu objeto.

En este caso, el bote. Finalmente, con la sal y la sangre todavía en la boca, pronunciarás el nombre, te tragarás el pago y recitarás el encantamiento.

—La nekgya se arrastró con movimientos antinaturales hasta la proa de la barca y cogió el grueso cabo que nos ataba al barco de Theodore—.

Entonces ya solo te quedará esperar a que el bote deje de moverse.

—¿De moverse?

La criatura comenzó a cortar los toscos cordones del cabo con las pocas garras negras que todavía le quedaban intactas.

—Debes seguir los pasos rápido. Antes de que la mezcla de sangre espese. Empieza ya.

No perdí un segundo. Mientras la nekgya cortaba la cuerda, cogí una gota de la sangre de Halla y dejé que su sabor salado y metálico me empapara la lengua.

Sin llegar a tragarla, metí el dedo de nuevo en la copa y dibujé una ene sobre el banco de madera que tenía ante mí.

Me centré en aquello que alimentaba mi determinación.

Visualicé el rostro de Agatha y pensé en la emperatriz.

Imaginé su embarcación, las banderas de color azul medianoche ondeando en lo alto de sus mástiles.

La nekgya continuó serrando el cabo cada vez más deshilachado y yo, escribiendo hasta que la última letra quedó legible.

Luego pronuncié el nombre en voz alta:

—Nivala.

Comencé a recitar el conjuro justo cuando la nekgya terminó de cortar el cabo.

Entonces el bote sufrió una repentina sacudida y se quedó quieto.

Me puse de pie, con las piernas separadas y el estómago revuelto, y le pedí a una corriente que me mantuviera cerca del barco de Theodore al ver que la distancia con el bote aumentaba.

Antes de regresar al mar, la nekgya se encaramó a la proa, dejó las piernas escamosas colgando y rozó la turbulenta superficie del agua con los pies palmeados. Me permití admirar sus resplandecientes escamas y sus centelleantes ojos con un incómodo sobrecogimiento.

La criatura ladeó la cabeza y encontró mi mirada sin pes­tañear.

—Nos veremos pronto, querida —dijo antes de lanzarse al mar y perderse en sus profundidades.

Esperé a que el hechizo surtiera efecto con los puños firmemente apretados, pero lo único que noté fue que el aire se enrarecía y se cargaba de electricidad.

Mi respiración se aceleró y se volvió ensordecedora.

Levanté la vista hasta el barco, hasta las ventanas abiertas, y vi que los miembros del consejo, ahora acompañados de Halla, me observaban con tanta atención que tuve que mirar hacia otro lado.

Empezaba a preguntarme si me habría equivocado con alguno de los pasos cuando la proa del bote se orientó hacia estribor y, aunque traté de enderezarlo con una corriente, no sirvió de nada.

Estaba a punto de intentarlo de nuevo cuando me di cuenta de que había empezado a dar vueltas.

La primera fue pausada; la segunda, más estable, y la tercera desató un dolor profundo y lento que ya conocía bien.

El hechizo estaba buscando su objetivo.

Me derrumbé sobre el banco y me resbalé hasta el fondo del casco. A medida que la velocidad de giro de la embarcación aumentaba, también lo hacía el malestar de mi vientre.

El cielo y las nubes se convirtieron en un remolino azul y gris.

Se me arqueó la espalda. Un dolor abrasador prendió tras mis párpados y, al cerrarlos con fuerza, mis pensamientos comenzaron a girar en torno a Theodore.

Hice lo posible por desterrarlo de mi mente, pero lo veía como si lo tuviera delante.

Casi sentía la firmeza de su cuerpo, así como el calor húmedo y pegajoso que me cubriría los dedos al desgarrarle la piel.