La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 11. Imogen
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11. Imogen

Imogen

E l Eleuthios arrastró mi bote tras de sí.

Yo estaba sentada en el banco central sosteniendo una copa de peltre con sangre de Halla en una mano y la daga de Lachlan en la otra.

A mi lado, sobre el banco, descansaba una brújula.

Tras haber sentido esa descarga de poder y haber estado a punto de hacerle daño a Theodore, había insistido en encargarme yo sola de todo.

La luz de la mañana era cegadora y bañaba con su luz amarilla los hinchados cúmulos de tormenta provenientes del norte. Y, aunque las nubes tenían un aspecto gris y siniestro, eran la menor de mis preocupaciones en aquel momento.

Levanté una mano para protegerme del sol y contemplé los rostros que me observaban desde las ventanas del Eleuthios.

Eftan y Markis no me habían quitado ojo de encima y, mientras que el canciller no ocultaba la desenfrenada inquina que yo despertaba en él, el procurador real me miraba acariciándose la barba con una desagradable fascinación.

A su lado, la mujer estoica de túnica azul (quien había descubierto que era Aleka Baros, la mariscal de Theodore) me estudiaba como lo haría una naturalista, sin juzgarme y rebosante de curiosidad.

Yo había insistido en que Lachlan y sus guardias se aseguraran de que Theodore permanecía en la proa del barco, tan lejos de mí como fuera posible.

El sol se reflejó en la hoja que empuñaba.

Bajé la vista a la copa, pero no me veía capaz de dar comienzo al ritual.

La vergüenza me cubría la piel como una película viscosa.

No quería que confirmaran lo que ya creían: que era una criatura tocada por la muerte y la oscuridad.

Un monstruo. Un peligro. No quería que el consejo de Theodore me viera invocando a un puñado de sirenas putrefactas de las profundidades del mar para que me ayudaran en mi tarea.

Había pocos delitos peores que el de abusar de los muertos.

En Seraf no se nos permitía enterrar a nuestros difuntos, pues el terreno de la isla era demasiado escarpado y arenoso. Los cadáveres se incineraban. Ya no recordaba cuáles eran las costumbres funerarias de Varya, pero las de las sirenas se me habían quedado grabadas a fuego en la memoria.

Si las nekgya hubieran muerto por causas naturales, la tradición habría exigido que se las lavara y envolviera con telas mientras se entonaban canciones ininterrumpidamente para luego untarles la melena de aceite y recogérsela en una trenza bien tirante, decorada con las flores silvestres que antaño habían crecido en las colinas de Antemusa.

Después de eso, se les habría metido piedras entre los pliegues del vestido para ser devueltas al mar con ese peso añadido, adornadas con perfumes y una canción, convertidas en un regalo entregado con gratitud.

De pequeña, me imaginaba aquel ritual con todo lujo de deta­lle. Incluso ahora, me preguntaba a qué olerían aquellos perfumes y cómo sonarían las melodías y armonías de las canciones que se entonaban. Me daba pena pensar que tal vez no lo descubriera nunca.

Respiré hondo y me obligué a centrar todos mis pensamientos en el agua, que permanecía en calma incluso ahora que surcaba la estela del navío.

Nos habíamos adentrado mucho más en altamar que cuando había subido a bordo del barco de Nemea, que cuando aquella nekgya me había enseñado el hechizo de Eusia.

Ellas vivían en los bajíos, donde cazaban mejor.

Recorrí las profundidades con la mirada y, a pesar de que no percibía a ninguna no muerta, sí que sentía a su creadora.

Me había acostumbrado al zumbido de su presencia, a la vibración del corrupto hilo que los unía. Era la misma conexión que me ataba a todas las nekgya y el vínculo al que recurrí para lanzar mi orden.

No tardé en notar que algo se movía en el agua. Emergía desde muy muy abajo, y me pregunté con un macabro escalofrío si Eusia tendría nekgya repartidas por todo el mar leucosiano, aletargadas pero listas para actuar cuando se las necesitara.

Una manita rompió la superficie y se agarró al costado de babor. Le faltaban el meñique y el anular, pero subió al bote sin esfuerzo, con movimientos arácnidos, y se sentó frente a mí.

Estudié a la criatura… No, a la joven. El agua caía por su desagradable cuerpo en abundantes cascadas cuyas salpicaduras reflejaban la resplandeciente luz del sol.

Aquella nekgya era diferente. No era más que una niña.

De unos quince o dieciséis años como mucho.

Era pequeña y su piel, antaño de un rico color dorado, había perdido la calidez hasta adquirir un tono azul grisáceo.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue la capa de escamas iridiscentes que recubría la mitad inferior de su cuerpo, pues se había extendido entre sus muslos y los había fusionado.

Se le habían alargado los dedos de los pies y entre ellos le habían crecido unas membranas carmesíes.

Además, tenía los ojos marrones demasiado grandes y redondos y las pupilas tan dilatadas que le conferían la espeluznante apariencia de un pez.

Pasar tanto tiempo sumergida en las oscuras profundidades del mar debía de haberla convertido en aquella criatura.

Me estremecí al oír el repentino arrullo de la voz de Eusia dentro de mi cabeza.

—Mi querida niña. —La nekgya no movía la boca con la facilidad de las otras con las que me había cruzado.

La mandíbula le crujía y los labios temblorosos le dejaban al descubierto unos dientes ennegrecidos—.

Te estás apagando. La luz ha abandonado tu mirada.

Tal vez la magia no te convenga después de todo.

—Rio entre dientes—. A tu madre le pasaba lo mismo.

—No le conviene a nadie —le espeté—. De hecho, por lo que sé de ti, tú eres la que más ha sufrido sus consecuencias.

Eusia respondió con un melódico ruidito reflexivo.

—¿Por qué dices eso?

Contemplé a la monstruosa criatura que tenía ante mí. No era una sirena, tampoco una mujer o un pez, y estaba atrapada entre la vida y la muerte. Un violento torrente de ira sacudió mis ­entrañas.

—Eres cruel. Tu cuerpo está destrozado. Llevas casi toda la vida sola y…

—Cruel. —Su carcajada burlona resonó en mi cabeza al mismo tiempo que la nekgya de semblante inexpresivo reía—.

Es la magia lo que me mantiene con vida, Imogen, no la amabilidad.

Mi poder me ha dado siempre todo cuanto he querido.

—La nek­gya retorció la boca en una mueca, como si tratara de sonreír—.

Yo sé lo que quieres —añadió con suavidad— y sospecho que mucho mejor que tú.

—Lo único que quiero es pararte los pies.

—Mentirosa. —La nekgya se inclinó hacia mí—.

Antaño yo también fui una mujer hermosa que gozaba de un cuerpo sano, y nunca me sirvió de nada.

Durante un tiempo, incluso experimenté lo que es tener un hogar y compañía, pero esas son cosas pasajeras.

—La chica ladeó la cabeza y sus ojos redondos centellearon bajo la luz del sol—.

Siempre fui inferior a ella, a mi hermana.

Por eso no tardé en comprender que lo que de verdad ansiaba era poder, querida.

Así como el respeto y el miedo que acarrea.

—Yo no quiero esa clase de poder. Además, en la vida hay más que…

—Ah, ilumíname, por favor. ¿Qué más hay?

—Su voz, que no tenía derecho a ser tan encantadora, cálida y sedosa, se tornó quebradiza—.

El cuerpo envejece. Incluso las personas que más nos quieren cambian y se van.

Los hogares se desmoronan. No se puede confiar en nadie, Imogen.

Nadie más nos mantendrá vivas y a salvo.

Viva. A salvo. No había nada que yo quisiera más en el mundo, eso desde luego.

Había pasado toda una vida tratando de alcanzar esas metas.

Quizá fuera una ingenua, pero prefería creer que los buenos momentos que ofrecía nuestra existencia no eran frívolos ni inanes, por muy fugaces que fueran.

Si bien la salud, el amor y el hogar eran aspectos pasajeros de nuestra vida, prefería pensar que nadie luchaba por ellos esperando que duraran para siempre. Disfrutarlos por un tiempo bastaba.

Pero Eusia hablaba con tal convicción, con tal firmeza, que me hizo flaquear.

—Muy bien. —Se me encogió el corazón. Levanté la daga y la copa llena de sangre entre la nekgya y yo—. Si de verdad crees que la magia es lo que quiero, entonces enséñame un hechizo.

Eusia guardó silencio. La nekgya permaneció inmóvil.

—Hum —dijo al final con tono divertido—. Tendrás que responder una pregunta primero, querida.

—No me apetece andar con jueguecitos —dije poniendo mala cara.

—Pero acabarás cediendo. —En su voz se apreciaba una sonrisa—. Porque me necesitas tanto como yo te necesito a ti.

Me quedé callada, apretando los dientes, mientras el bote se mecía con las olas que lamían sus costados.

—¿Cuál es la pregunta?

—Este mundo piensa que la magia es algo tosco y desagradable, la antítesis del poder de los dioses, que solo les concede la gloria a unos pocos privilegiados en cada generación.

Pero te diré una cosa: la magia es también muy selectiva.

Debe encajar con el cuerpo que habita. Recuerdo cuando tu madre lanzó su primer y último hechizo.

Las dos éramos jóvenes y ella quería que le enseñara cómo había llenado un agujero con agua de mar.

Se molestó cuando se lo conté; no entendía que hubiera hecho algo así, porque yo no contaba con el poder de los dioses. Por eso se lo demostré…

Un rayo de sol debió de cegarme en aquel momento, porque un fogonazo blanco inundó mi campo de visión. De pronto, tanto el aullido del viento como el sonido de las olas se amortiguaron. Mi mente dejó mi cuerpo atrás en un abrir y cerrar de ojos.