10. Imogen #3
Me habría gustado bajar al sollado y acurrucarme en mi hamaca; no quería que Theodore me viera en aquel estado, desesperada y hueca, con el cabello enmarañado y el cuerpo asolado por el dolor y la pena.
Pero ahora su mirada permanecía clavada en la mía bajo la luz de la mañana y ya no tenía forma de escapar de él.
—Halla, estoy segura de que haber descubierto que has estado alimentando a un monstruo durante tanto tiempo habrá supuesto una terrible decepción para tu esposo.
—Corregí mi postura y encontré sus ojos—.
Estoy segura de que su opinión de ti mejorará un poco si me ayudas con esto.
Porque es eso lo que quieres, ¿no? Quieres ganártelo.
Ella miró a Theodore con el semblante desencajado por la desesperación, y enseguida supe que había dado en el clavo. Quería que la valorara.
El rostro de Eftan había adquirido una tonalidad carmesí. Se abrió camino hasta donde me encontraba.
—Todo esto es absurdo. Majestad, si le concedéis un solo segundo más de vuestro tiempo a esta criminal proscrita, me encargaré personalmente de…
—¿De qué? —lo interrumpió Theodore con una tensión amenazadora en los músculos.
Sin embargo, incluso ante una de las miradas más fulminantes que jamás le había visto lanzar, Eftan mantuvo la cabeza bien alta.
La capitana había ordenado que prepararan un bote y, a pesar de que sus hombres habían comenzado a tirar de las poleas que lo sujetaban, yo me quedé clavada en el sitio al ver que Theodore caminaba en mi dirección con una pasmosa resolución.
Se estaba acercando demasiado, más rápido de lo que me gustaría.
Lachlan me empujó hacia el bote.
—Sube.
Cuando me apresuraba a obedecer, una mano se cerró en torno a mi muñeca.
Estaba caliente y su agarre firme desató un hormigueo que me trepó por el brazo.
Todo mi cuerpo se estremeció al sentir que Theodore tiraba de mí para acercarme a su cuerpo, hasta que mi hombro quedó presionado contra su torso.
—Suéltala —le ordenó Lachlan arremetiendo contra él.
Pero ninguno de los dos nos movimos. El mundo pareció desdibujarse hasta que solo quedaron Theodore, su semblante amenazador y su calidez filtrándose por mi piel. Levantó la otra mano despacio y la cerró en torno a la pechera de mi uniforme.
Un torrente de poder caliente y espeso se derramó en mi estómago.
—Por el amor de los dioses —dijo en voz baja, ronca y grave—, ¿qué crees que estás haciendo?
Me hervía la sangre.
—Déjame ir.
Ladeó la cabeza en señal de advertencia.
—Imogen…
Lachlan desenvainó su espada con un sonido metálico, y capté un destello dorado por el rabillo del ojo cuando le apuntó al pecho con ella.
—Baja el arma —le ordenó desviando solo la mirada furiosa hacia su comandante.
Pero Lachlan no cedió.
—He consagrado mi espada al servicio de la reina Imogen hasta que hayamos completado nuestro viaje.
Theodore puso mala cara y nos miró con incertidumbre antes de apretar los labios en una fina línea.
—Suéltame —insistí a sabiendas de que notaba lo rápido que me latía el corazón.
Él negó con la cabeza en un movimiento casi imperceptible.
—Estás herida.
—Y tú, casado. —Era una respuesta patética, y que se me quebrara la voz solo me dejó en peor lugar.
Aunque suavizó el rostro, afianzó su desesperado agarre a mi casaca.
—Theodore… —pronuncié su nombre en un susurro que solo él pudo oír—, estoy bien.
La mirada que me dedicó me atravesó de extremo a extremo.
—Mentirosa.
Abrí la boca, pero no fui capaz de encontrar un argumento con el que defenderme.
No sabría decir cuánto tiempo pasamos así, pegados el uno al otro, enfadados, estudiándonos con atención, asimilando cada rasgo y cada aliento.
Una de las comisuras de sus carnosos labios empezó a curvarse.
No llegaba a ser una sonrisa ni una mueca de desagrado, pero le marcó el hoyuelo de la mejilla y mi resolución se hizo añicos.
Mis garras emergieron acompañadas de un ardor en los dedos.
—Suéltame ahora mismo —insistí al tiempo que le daba un empujón en el pecho.
Una retorcida oleada de calor me embistió cuando Theodore se tambaleó hacia atrás con los brazos estirados a cada lado del cuerpo para mantener el equilibrio.
Lachlan se colocó entre nosotros, con la espada lista para protegerme, y yo aproveché para recomponerme, aunque me resultaba difícil teniendo a Halla, al consejo de Theodore y a toda la tripulación observándonos estupefactos, con una atención casi voraz.
Eftan cruzó la cubierta con paso comedido y se detuvo ante la punta de la espada de Lachlan. Luego me ofreció una pequeña sonrisa, con los ojillos oscuros rebosantes de odio.
—Tiempo al tiempo…
No le hizo falta terminar la frase para dejar claro que me estaba amenazando.
Lachlan levantó más la espada para apuntarla al cuello del canciller, que permaneció impasible, centrado en mí, hasta que terminó retrocediendo a regañadientes.
Posé una mano temblorosa en el centro de la coraza de Lachlan.
—Gracias —le susurre, agradecida por que no hubiera flaqueado en ningún momento.
—Súbete al bote —fue lo único que respondió.
Di un paso hacia la barca tan pronto como me hube recompuesto lo suficiente, pero entonces me quedé helada. En medio del caos, Lachlan había desenvainado una segunda arma.
A su espalda sujetaba con fuerza una daga, cuya afilada hoja apuntaba directamente hacia mí.