10. Imogen #2
Se me aceleró el pulso. Estaba demasiado cerca y demasiado lejos a la vez.
Luché contra el agarre de Lachlan cuando mi mandíbula empezó a tensarse y a arder.
Theodore bajó la vista allí donde su comandante me sostenía y tardó un buen rato en volver a encontrar mi mirada.
Cuando lo hizo, en sus ojos vi algo ardiente y peligroso.
—Mi escolta… —comencé a decir con la voz tensa por lo mucho que me estaba controlando—. Mi escolta me ha informado de que el consejo ha exigido que respaldes tus declaraciones con pruebas.
—Tu escolta. —Theodore evitó mirar a Lachlan, pero su humor empeoró—. Lanzar un hechizo sería una insensatez. Además, no será necesario, porque ya he dado la orden de cambiar el rumbo del barco.
Algo en mi pecho creció hasta volverse doloroso.
Maldito Theodore y su exasperante determinación de mantenerme alejada de la magia.
Maldito su pacto con Halla. Maldita la tranquilidad con la que permanecía allí de pie, contemplándome con una implacable severidad cuando yo apenas era capaz de controlarme.
Dejé escapar una exhalación entrecortada y apreté los puños.
—Aun así…
—Es más —me interrumpió—, te recuerdo que Leucosia tiene unas normas muy estrictas en lo que respecta al uso de la magia. Si lanzaras un hechizo, estarías cometiendo una ilegalidad.
—Pero… —jadeé y me mordí el labio con fuerza cuando la presión que había estallado en mi pecho trepó por los huesos de mi columna.
Lachlan, que había percibido el peligro, tiró de mí para que diera un paso atrás, afianzó la mano con la que estrechaba la empuñadura de su espada y se interpuso entre nosotros.
Fue entonces cuando la fachada de Theodore se desmoronó. Sus ojos centellearon al tiempo que cerraba el puño con rabia. Sabía que Lachlan había hecho bien, pero un oscuro instinto enterrado en las profundidades de mi ser se debatió como si hubiera sido encadenado y quisiera liberarse.
Carraspeé para aliviar la tensión que me agarrotaba la garganta.
—¿Cómo que cometería una…?
—No eres una maga sibila.
Al oír su tono cortante, caí en la cuenta de que también había olvidado aquella faceta de Theodore.
Me gustaba recordarlo tal y como era cuando estábamos solos, relajado y dulce, pero esta era la versión de sí mismo que necesitaba ser.
Necesitaba ceñirse a su papel de rey justo. Poderoso, cauto, diligente.
El sol estaba empezando a salir y por fin veía con claridad sus severas facciones.
Distinguía los rostros de las personas que tenía detrás.
Me dio un vuelco el corazón al encontrar la mirada de la capitana.
Era la misma mujer que había estado al mando del barco al que me había subido durante el ataque de los serafíes a Varya.
Volví a levantar la vista para contemplar el rostro de Theodore y un horrible nudo se me formó en el pecho.
—Entiendo. Pero soy la monarca de un reino que no dispone de una maga sibila, así que, de acuerdo con las leyes leucosianas, ¿no tendría derecho a designar una?
Theodore apretó los labios y me fulminó con la mirada mientras un destello de lo que solo podría haber descrito como el más puro desconsuelo inundó su mirada y me atravesó el pecho.
La mujer mayor, vestida con una exquisita túnica de color azul lapislázuli, respondió a mi pregunta:
—Sí, la ley indica que vos os encargarías de escoger a la maga sibila de vuestro reino…, majestad. —Pronunció mi título con una sorprendente reverencia.
—Muy bien.
Quería pensar que Theodore solo intentaba protegerme al impedirme lanzar el hechizo, igual que yo estaba intentando lanzarlo para que volviera a ganarse el respeto de su consejo, pero no podía permitirme creerlo.
No cuando tenía el corazón tan maltrecho, cuando la ira trataba de escapar de mi interior como un estallido ardiente. Le devolví una mirada fulminante.
—Pues me designo a mí misma.
—Imogen… —masculló Theodore, encolerizado.
Pero oírlo pronunciar mi nombre como si fuera una maldición desató un terrorífico desasosiego en mí.
Se me crisparon los dedos, ansiosos por agarrarlo.
Un instante más tarde, el fugaz destello de su carne desgarrada y sangrante surcó mi mente.
Me lo imaginé postrado sobre una cama envuelta en sombras, sentí su poder abandonándolo y paladeé el sabor metálico de su sangre en la lengua.
Me estremecí y me obligué a retroceder otro paso.
—A ti… —Se me cerró la garganta y tragué saliva—.
A ti se te conoce por tu compromiso y constancia para con tu reino.
Eres la viva imagen del deber. Siempre haces lo correcto.
—Desvié la vista hacia Halla y luego volví a fijarla en él—.
Incluso aunque… aunque no te resulte fácil.
Como reina de Antemusa y Seraf, me aseguraré de gobernar siguiendo tu ejemplo.
Detrás de Theodore, Eftan frunció el ceño en una muestra de desconcierto y rabia y escupió:
—¿Sois la reina de Seraf? ¿Eso es lo que acabáis de decir?
—Habéis oído bien, canciller. —Continué retrocediendo, pero evitar la implacable atención de Theodore era una tarea tan imposible como la de esquivar el sol al mediodía—. Yo misma maté a Nemea justo a la entrada de vuestro puerto. Al ser su hija, su corona me corresponde.
Mi cuerpo aullaba, me suplicaba que lo liberara del sufrimiento de su cercanía.
Cuando di media vuelta para cruzar la cubierta, Lachlan me siguió.
Mi nariz por fin se despejó al dejar atrás el olor del jabón y la piel de Theodore, y la brisa de la mañana me refrescó el rostro.
La presión que me atenazaba la columna desapareció.
A pesar de todo, estaba terriblemente segura de que no habría una sola zona en aquel condenado barco que me permitiera poner la distancia suficiente con él.
—Pinta mal —susurró Lachlan por encima de mi hombro—. ¿Te encuentras bien? Pareces…
Hice caso omiso a sus palabras y hablé dirigiéndome a Theodore y a su consejo.
—Necesitaré un bote para llevar a cabo el hechizo.
Me detuve junto al mástil más próximo. El vaivén del barco acrecentaba el dolor de mi herida, pero Lachlan, que había permanecido a mi lado, me rodeó la espalda para ayudarme a mantenerme de pie.
—Y a tu esposa.
Theodore se quedó de piedra. Cuando por fin respondió, lo hizo con la más absoluta estupefacción.
—¿A mi qué?
La ira me desgarró el pecho. Giré sobre los talones y nuestras miradas entrechocaron.
—A tu mujer.
Por una vez había olvidado erigir sus muros, así que todas y cada una de sus emociones permanecían al descubierto.
Una especie de atónita comprensión cincelaba sus facciones, como si se hubiera descubierto que había cometido un acto terrible al amparo de la oscuridad el día anterior.
Dio una sacudida de cabeza casi imperceptible y respiró hondo al tiempo que erguía la espalda.
El hombre de aspecto mediocre que había ayudado a proteger a Halla dio un paso adelante.
—Esto es absurdo.
Se apartó el cabello rubio oscuro de la cara y se ciñó el cinturón de su bata de seda. A juzgar por su postura afectada, sus movimientos parsimoniosos y su acicalada barba, era evidente que se creía más importante de lo que era. Que merecía ser escuchado.
—¿Qué es exactamente lo que precisáis de la reina Halla? No pensaréis que el reino de Varya va a estar dispuesto a permitiros que os llevéis a la esposa del rey como rehén, ¿verdad?
Dio un pequeño respingo al ver que avanzaba un paso hacia él.
—¿Y vos quién sois?
—Soy… —Se pasó una delgada mano por la pechera como si tratara de infundirse valor—. Soy Markis Gabros, procurador de Varya y un respetado y admirado miembro del consejo del rey.
—¿Respetado y admirado? —Le ofrecí una pausada sonrisa—.
A mí ninguna de esas dos palabras me describe y, sin embargo, parece que tuve el privilegio de contar con una institutriz mucho mejor que la vuestra, señor Gabros, puesto que a mí sí que me enseñaron que todos los monarcas leucosianos tienen derecho a tomar como rehén a cualquier persona que suponga una amenaza para su pueblo.
Halla dejó escapar un penoso gimoteo desde detrás de Eftan.
—Yo no le he hecho daño a nadie.
—Has dedicado tu vida entera a venerar a un monstruo que caza y mata sirenas. Le has ofrecido tu carne y tu sangre por voluntad propia —le espeté—. ¿No te han comentado que Eusia ha empezado a cogerle también el gusto a la carne variana?
Halla se puso colorada, pero se limitó a mirarme mal sin pronunciar palabra.
Lachlan permaneció detrás de mí, como una sombra tangible, mientras continuaba hablando:
—Así que no deberías mostrar ningún reparo en ofrecerme tu sangre, Halla, puesto que ahora también debes velar por el bien de Varya.
Un rayo de luz naranja como una llama iluminó la cubierta, además del amplio torso y el rostro inescrutable de Theodore.
—Solicito un cónclave.
Quería hablar a solas conmigo, de monarca a monarca.
Eftan negó con vehemencia.
—Os sugiero que no hagáis tal cosa, maj…
—Silencio —le ordenó Theodore levantando una mano.
Me miró volcando toda su atención en mí, de manera que el resto del mundo pareció desaparecer por completo de su mente.
Pero a mí no se me escapaba ni un solo detalle.
El sol lo iluminaba todo con una cegadora claridad.
La mujer seria de túnica azul, que me recordaba a un pilar sólido, permanecía recta, con el cabello negro liso y salpicado de canas.
Los pliegues de sus pesadas ropas eran tan uniformes como surcos grabados en piedra.
El corpulento y remilgado Eftan estaba tan indignado y ceñudo como siempre y no se molestaba en disimular lo mucho que su rey lo había decepcionado.
Lachlan había hecho bien en desconfiar del consejo por si le daba la espalda a Theodore. Y yo…, yo había hecho bien en tomar la decisión de marcharme. Me obligué a prestar atención de nuevo a Theodore y su angustiosa mirada.
—Rechazo vuestra solicitud.