La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 10. Imogen
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10. Imogen

Imogen

L achlan y yo cruzamos el sollado en penumbra en dirección a la escotilla con Halla haciendo pucheros a la zaga. Nos abrimos camino entre los marineros del turno de mañana, que se desperezaban y se preparaban para tomar el relevo de los compañeros del segundo turno de noche.

—Esta es una de las peores ideas que has tenido nunca —me dijo Lachlan.

Le lancé una mirada burlona por encima del hombro.

—Y ya es decir, ¿no?

Pero no sabía qué más hacer. No quería ser la carga que hundiera todavía más a Theodore de lo que ya lo había hundido.

—No sabes si un hechizo de localización funcionará —insistió.

Sus reservas tenían toda la lógica del mundo. Recordaba el fragmento que leí en aquel libro de magia estando en el palacio de Theodore como si las palabras se me hubieran grabado en la piel.

La noche en que lo había leído, estaba tumbada al lado de él, con las piernas desnudas enredadas en las suyas y el libro apoyado sobre el cálido brazo con el que me había rodeado la cintura.

Había aprendido cosas sobre Eusia, sobre el verdadero precio de los hechizos y sobre cómo estos pueden resucitar a los muertos y rescatar barcos hundidos de las profundidades.

Había aprendido que la magia se puede utilizar para localizar a una persona en el mar.

Yo no sabía cómo llevar a cabo un hechizo así, pero mis conocimientos sobre la magia bastaban para confiar en que la sangre de Halla me ayudara a dar con su madre.

A demostrarle al consejo real de Varya que lo que Lachlan decía era cierto.

Con un poco de suerte, serviría al menos para blindar la soberanía de Theodore.

Lachlan puso los ojos en blanco y se detuvo en seco ante la escalera de cuerda que conducía a cubierta. Halla se quedó detrás de él, envuelta en su capa y con un gesto que daba a entender que estaba al borde de sufrir otro ataque de náuseas. Su mirada preocupada bailó entre nosotros.

—¿Y qué hay del dolor que estás sufriendo? —me preguntó Lachlan.

Seguía siendo un pulso profundo. Mantenerme de pie era toda una tortura, por no hablar del suplicio que me suponía caminar, pero, comparado con lo que había estado sintiendo antes de que le sanadore me curara la infección, podía soportarlo.

Tenía que hacerlo. Si aminoraba el ritmo, si me detenía, si me permitía sentir algo antes de llegar hasta Agatha y Eusia, temía que el dolor hincara sus dientes en mí y nunca más volviera a soltarme.

—¿Qué pasa con él?

Se pasó una mano por el rostro.

—A riesgo de parecer poco caballeroso…

—Tarde.

Me dedicó una sonrisa iracunda.

—Me da miedo que pierdas el control y le hagas daño a alguien.

Me detuve y deposité todo el peso de mi cuerpo sobre un codaste mientras los últimos tripulantes del turno de mañana trepaban por la escalera para ir a cumplir con sus obligaciones.

—Estaré bien. Tú asegúrate de mantener a Theodore lejos de mí…

—Sí, por supuesto —dijo él, inquieto. Miró a nuestro alrededor, estudió a Halla y dio un paso hacia mí antes de bajar la voz—: Pero ¿y el resto?

Me resultaría muy fácil ordenarles a todos los marineros, soldados y miembros de la corte que viajaban a bordo del barco que se lanzaran al mar.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo solo de pensarlo.

Probablemente, lo más seguro para todos sería que lanzara el hechizo en el agua, lejos del barco, donde las nekgya fueran más fáciles de invocar.

—Pide que nos bajen a Halla y a mí al agua en un bote.

Halla se quedó sin aliento.

—¿A mí? No. No, ¡no pienso quedarme en una barquita en medio del mar! —Sacudió la cabeza con vehemencia—. Y menos contigo. —Corrió hacia la escalera—. Voy a ir a buscar a mi marido.

Lachlan la agarró de la capa.

—Alteza…

Ella levantó la cabeza en actitud desafiante y se zafó de su ­agarre.

—Ahora tienes que referirte a mí como «majestad».

Lachlan cerró los ojos con fuerza para armarse de paciencia.

—Majestad, ya les he pedido al consejo y a la capitana que se reúnan con nosotros en cubierta. Nos están esperando. Imogen necesita utilizar vuestra sangre para lanzar el hechizo, así que tendréis que acompañarnos.

Sus ojos gélidos se encendieron.

—Exijo hablar con Theodore.

Lachlan lanzó una mano exasperada al aire.

—Me temo que no sé dónde está.

—¿Cómo dices? —pregunté interponiéndome entre ellos.

Entre lo intempestivo de la hora y la creciente tensión que se respiraba en el ambiente, no me sorprendía que Lachlan estuviera cada vez de peor humor.

—Cuando he subido a informar sobre el hechizo de localización, Theo no estaba en su camarote, pero he encontrado a Eftan deambulando por la pasarela contigua.

Ha convocado a los demás miembros del consejo y, en lo que he tardado en ponerlos al día de nuestras condiciones, Theo no ha regresado.

Aleka ha comentado que pensaba que estaba «tomando el aire».

—¿Has dejado bien claro que no debe estar presente mientras lanzo el hechizo?

—No, es que me gusta ser un temerario, ¿sabes, Imogen? Disfruto dándole cierta chispa a la vida.

Entonces Halla se movió tan deprisa, tan de improviso, que apenas fui consciente de lo que hizo.

Levantó uno de sus esbeltos brazos y, en un abrir y cerrar de ojos, Lachlan profirió un gruñido y se cubrió un ojo con la mano mientras ella trepaba por la escalera.

Sospechaba que Lachlan había sido más amable con Halla que con cualquier otro prisionero que hubiera estado a su cargo.

Pero yo no iba a andarme con miramientos.

Un rugido gutural escapó de mis labios cuando salí tras ella.

Levanté las piernas tan deprisa para colgarme de la escalera que una punzada de dolor me atravesó el torso como un puño abrasador.

Aun así, continué trepando hasta llegar a la cubierta abarrotada, con Lachlan pisándome los talones.

La zona inferior del cielo, allí donde besaba el agua, estaba salpicada por los primeros indicios del alba.

Una luz grisácea que bañaba la cubierta desdibujaba las siluetas de la tripulación que disponía las velas y los cabos, pero hacía que la melena pálida de Halla destacara como un faro en la noche.

La seguí en su carrera entre los marineros hasta el camarote de Theodore con paso enérgico si bien no demasiado rápido.

Traté de agarrarla del brazo y llegué a rozarle la capa con los dedos, pero se lanzó hacia delante antes de que pudiera alcanzarla y se escondió en el centro de un corrillo de personas ocultas entre las sombras.

Se agazapó tras ellas gimoteando y farfullando palabras ininteligibles con una desagradable voz de pito.

Resoplé entrecortadamente y me alejé de aquellas personas, que se habían puesto a dar voces y a atender a Halla con una aparente actitud aduladora.

—Venga ya, por el amor de… No le pasa nada. —Hablar, respirar, moverme…, cada esfuerzo era insoportable. Mis piernas amenazaron con fallarme—. Apartaos. No hay necesidad de…

—Majestad —dijo una voz grave, sonora y áspera, con una indiferencia estudiada al milímetro, que sentí resonar en mi pecho.

Ay, dioses.

Jadeé, retrocedí chocándome con Lachlan y recorrí con la mirada el grupo que tenía ante mí.

La tonalidad azul del alba a duras penas iluminaba aquella parte de la cubierta, pues quedaba oculta bajo la sombra del voladizo del castillo, pero alcancé a vislumbrar la silueta achaparrada y tensa de Eftan.

Lo acompañaban otras tres personas a las que no reconocí: un hombre joven de constitución media, una mujer mayor estoica pero elegante y otra vestida de uniforme.

Los cuatro se habían dispuesto creando una especie de barricada entre Halla y yo irradiando una recalcitrante aversión que se palpaba incluso en la oscuridad.

Pero a él no lo veía.

Retrocedí otro paso, estupefacta, y Lachlan enseguida me agarró del brazo.

Eftan y los demás cambiaron de posición y rodearon a Halla mientras sus protestas se unían a sus sollozos aterrorizados.

No me daba tiempo a descifrar lo que decían ni a interpretar sus expresiones.

Levanté las manos para calmar los ánimos cuando la voz de Theodore volvió a inundar mis oídos.

—Ya es suficiente.

De pronto se detuvo ante mí, al alcance de mi mano.

Levanté la cabeza para verlo bien y tragué saliva como si hubiera tomado una bocanada de aire demasiado copiosa y ahora esta estuviera bajando hasta mis pulmones despacio, causándome un gran dolor.

Era impensable, pero, por algún motivo, el recuerdo que tenía de él no le hacía ninguna justicia.

¿Cómo había podido olvidar la atracción magnética que ejercía sobre todo cuanto lo rodeaba o la forma en que el ambiente cambiaba y se volvía más ligero a su alrededor?

Estaba tan sereno, imponente y apuesto como la primera vez que lo había visto.

El alba teñía sus labios y el tabique de su nariz recta y prominente con su tonalidad azul plomizo y salpicaba las hojas doradas de su corona con su luz.

Theodore se había cambiado de ropa ­desde que lo había visto en su camarote con Halla.

Había sustituido el traje negro que había llevado durante la ceremonia de vinculación por una sencilla camisa azul oscuro y unos pantalones marrones metidos en unas relucientes botas negras.

Lachlan me agarró con más fuerza conforme el denso silencio crecía entre nosotros, conforme Theodore y yo nos contemplábamos, cara a cara, como si no pudiéramos movernos.

A pesar del tono gris del alba, el verde estival de sus ojos era tan intenso como a plena luz del día.

Su semblante permanecía tan inexpresivo que ni siquiera yo, que lo había visto rebosante de anhelo, congoja y calidez, fui capaz de averiguar lo que sentía en aquellos momentos.

—Mi consejo me ha dicho que has venido a lanzar un hechizo —exhaló al final. Su voz grave se enroscó a mi alrededor y, aunque sonaba firme, vacía incluso, un escalofrío descendió por mi columna—. Me gustaría saber por qué.