La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 9. Imogen
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9. Imogen

Imogen

Y a quedaba poco aceite en la lámpara, pero la encendí de todas formas.

No quería pasar por alto el más mínimo movimiento en la mirada de Halla, pues cada pequeño gesto me serviría para saber si me decía la verdad. Sin embargo, durante el escaso tiempo que llevábamos hacinadas en el pequeño camarote, no había pronunciado una sola palabra.

—Te lo preguntaré una vez más —dije obligándome a hablar con la mayor delicadeza posible.

A pesar de que había intentado dejarla a un lado, no paraba de pensar en la conversación que acababa de tener con Theodore. Como el eco en una gruta, sus palabras se repitieron una y otra vez en mi mente hasta transformarse en un dolor insoportable en mi pecho.

—¿Sabías que tu madre se había llevado a mi amiga?

Ella se limitó a observarme en silencio un buen rato, con rostro ceniciento incluso bajo la luz cálida de la lámpara. Por fin, después de que el barco cabeceara al pasar por una zona de aguas particularmente revueltas, respondió con voz cansada:

—Imaginaba que estarías aquí.

—¿Por qué?

Halla se cubrió la boca con la mano como si se encontrara mal. No había esperado sentirme tan… desarmada en su presencia. La intensidad de sus náuseas, la ingente cantidad de cicatrices que le surcaban el cuerpo y la serena actitud que mantenía a pesar de todo echaban por tierra mi determinación.

Se aclaró la garganta.

—El mar se ha quedado quieto… hace un rato. —Se sentó en el estrecho camastro de mi camarote robado con la espalda recta, envuelta en su capa blanca revestida de pelo. El barco volvió a mecerse y le arrancó un gruñido—. Voy a necesitar una bacinilla.

Me moví con cuidado, reacia a mostrar signos de malestar, y saqué la bacinilla de debajo del camastro. Halla hizo intención de cogerlo, pero se lo impedí con la pierna.

—Responde a mi pregunta.

Un destello de antipatía le surcó la mirada.

—No —dijo de mala gana—, no tenía ni idea de lo de mi ­madre.

La habría acusado de ser una mentirosa si no hubiera percibido un minúsculo atisbo de resentimiento en su tono. Aparté la pierna y ella se lanzó a por la bacinilla para colocársela sobre el regazo entre arcadas.

—Pues háblame de tus cicatrices y de los hechizos que has llevado a cabo.

Retorció el rostro en una mueca de desagrado.

—Yo jamás he lanzado un hechizo.

—Todas las veces que has derramado tu sangre y has pronunciado la oración de Eusia, has lanzado un hechizo, Halla.

Se me estaba agotando la paciencia y cada vez me dolía más el cuerpo. Me acordé del día en que la había visto rezarle a Eusia con el agua por los tobillos, el mismo en que yo había tomado la pócima de la escisión.

—Por eso te sentiste indispuesta cuando le pediste su bendición en la playa.

Halla posó sus ojos azules en los míos. Un ansia febril surcó su mirada antes de que abriera la boca y volviera a cerrarla de golpe.

—¿Qué pasa? Habla.

Ella levantó bien la barbilla.

—Me gustaría regresar junto a mi esposo.

Hubo un tiempo en que la había tomado por un mero trozo de arcilla modelado y manejado por su madre, pero era más que capaz de infligir daño por sí misma cuando se lo proponía. Por la forma en que había dicho «mi esposo», estaba claro que su intención había sido hacerme daño. Y lo había conseguido.

Pero yo hacía ya tiempo que me había acostumbrado al dolor. Podría lidiar con cualquier dardo que me lanzara.

La embarcación cabeceó y gimió.

—Si no vas a hablarme de tus cicatrices —aseveré haciéndome oír por encima del crujido de la madera—, entonces te hablaré yo de las mías.

Sostuve la mano abierta entre nosotras con pulso firme para que viera las marcas que se acumulaban en mi palma.

No quería compadecerme de ella ni persuadirla con amabilidad.

Lo que quería era infundirle miedo. Quería encerrarla en el camarote y marcharme.

Pero ver toda una vida de cicatrices grabadas en su ­cuerpo había despertado en mí una especie de comprensiva desesperación de la que no conseguía deshacerme.

Ella era la única persona que yo conocía familiarizada con el desagradable y abrumador sabor de boca que dejaban los hechizos.

Era la única persona que podía ayudarme.

Y, a pesar de todo lo que había ocurrido hasta el momento, para mi sorpresa comprendí que no quería obligarla a colaborar.

Clavé la mirada en el montículo de piel rugosa de mi mano.

—Las primeras ofrendas que recuerdo no las hice yo misma.

El rey Nemea, mi… mi padre… —Halla ahogó una suave exclamación—.

Él era quien solía empuñar el cuchillo. Recuerdo que me hacía cortes profundos y que me apretaba la mano para hacerme sangrar y llenar un pequeño cuenco.

Como siempre me reabría el mismo corte, la herida nunca curaba bien.

La piel se quedaba rígida. —Me pasé los dedos por la carne retorcida—.

Todavía me duele de vez en cuando. En la montaña nunca llegué a experimentar la verdadera contundencia de los hechizos.

No sentía más que un ligero malestar, algo de cansancio y dolor de garganta.

Cuando me hice más mayor, la desesperación me confirió la audacia necesaria para pedirle que me permitiera hacerme yo misma los cortes.

De ese modo, me aseguraba de que las heridas fueran más superficiales y estuvieran repartidas para que al menos curaran como es debido.

Aun así, no tenía forma de evitar que me dejaran marca.

Halla dejó volar la vista entre mi mano y mis ojos con una expresión inescrutable.

No dijo nada. No se movió. El nepente ya casi había dejado de hacer efecto y en mi cuerpo acechaba una ira palpitante, una frustración opresiva.

Por algún motivo inexplicable, quería que respondiera algo como «en mi caso fue igual», si bien solo por compartir un momento de furiosa solidaridad.

Mi traicionera soledad estaba poniendo a prueba mi propio control cuando oí una voz amortiguada gritando en la cubierta principal. El estrepito de las pisadas y los gritos de los tripulantes precedieron a un profundo crujido. Contuve el aliento, esperanzada… Y el barco se ladeó al virar.

Hacia el oeste. Nos dirigíamos hacia el oeste.

Lachlan había conseguido que cambiaran el rumbo. Cuando el navío se enderezó, ya en su nueva ruta, mi maltrecho autocontrol volvió a fortalecerse. Íbamos de camino hacia Agatha.

La mirada de Halla bailó por el techo.

—Han cambiado de rumbo —comentó, inquieta—. ¿Por qué?

—Porque tu madre se ha llevado a Agatha a Antemusa, donde Eusia la espera. —Un nuevo torrente de miedo y rabia me inundó las venas—. Y, cuando me haya asegurado de poner a Agatha a salvo, disfrutaré de ver morir a Eusia.

Me había impresionado que ella permaneciera tan impasible durante nuestra conversación, pero su fachada cayó un breve instante.

Se sacudió al tiempo que se le desencajaban los ojos y la boca como si le hubieran enterrado una daga larga y afilada en las entrañas.

La conmoción se reflejó en sus facciones acompañada de una extraña mueca de dolor.

Trató de recomponerse, pero le temblaba la mano cuando se la pasó por el pelo.

—¿Tienes algo que objetar al respecto? —le pregunté.

Su mirada, fría de nuevo, encontró la mía.

—No, nada.

—¿Sabías que tu madre…?

—Estás perdiendo tanto tu tiempo como el mío.

—La irritación le iluminó la mirada y le coloreó las mejillas—.

Mi madre no me cuenta nada. Solo sé que todo cuanto busca es afianzar su poder.

Esa es su única motivación. —Tiró distraídamente de una puntada suelta de la manta sobre la que estaba sentada, enrollando el hilo entre sus largos dedos—.

Solo se relaciona con otras personas si tienen algo de lo que pueda aprovecharse.

—Cuando me miró a los ojos, su gesto furibundo aunque cansado se tornó firme—.

A lo mejor la está utilizando como cebo para conducirte hasta una trampa.

Me dio un vuelco el corazón, si bien aquello era algo que yo ya había considerado de antemano.

Hice una lista de todas las amenazas que podía lanzarle, del dolor que podía infligirle, pero no tomé represalias contra ella, pues la creía.

La sorpresa que había demostrado al enterarse de que Eusia estaba en Antemusa había sido ­sincera.

No había estado al tanto de nada. Pero, si su madre nunca le había hablado del paradero de su santa, ¿por qué le había hablado de sus planes?

Tras una larga pausa, Halla por fin volvió a hablar con la misma voz suave y dulce que acostumbraba.

—¿Te encuentras mal?

Me recosté contra el respaldo de la silla y la miré.

—Pues sí. ¿Eso te alegra?

Ella negó con la cabeza. Un confuso interés iluminó su mirada y una cierta incredulidad, o tal vez un cierto respeto, se reflejó en su actitud.

—Me sorprende.

—¿Por qué?

—Porque eres la hija de una gran diosa. —Sus palabras destilaban resentimiento—. Eres infalible e intocable.

—Los grandes dioses también sufren y caen enfermos —le recordé apretando los dientes—. La única diferencia es que viven más que el resto.

—Que solo viven más que el resto, dices.

—Profirió una risita molesta—. Subestimas tu poder.

Dioses, magas, santas… —enumeró con un desdeñoso anhelo—.

Entre vosotros se respira una infinita rivalidad y, sin embargo, a ojos de alguien como yo, que soy un mero peón, una donnadie, sois todos iguales. Poderosos y peligrosos.

«Una donnadie». Había pasado toda una vida sintiéndome exactamente igual que ella. Impotente, insignificante, un mero instrumento. Y, aunque había resultado ser una diosa y me había convertido en reina, todavía no me había librado de esa sensación.

Alguien llamó a la puerta con suavidad. Al abrirla, Lachlan se apresuró a entrar en el camarote.

—Si todo va bien, llegaremos a Antemusa dentro de unos días. —Señaló a Halla, aliviado—. Veo que sigue viva. Bien.

—¿Ha exigido el rey que me liberéis? —preguntó Halla irguiendo la espalda.

—No —dijo Lachlan—, pero le he prometido que os trataremos bien y, dado que soy un hombre de palabra, os dejaremos dormir en el catre.

Halla retorció el rostro en una mueca que se lo transformó por completo.

—¿Queréis decir que dormiremos aquí los tres juntos? Ni hablar. —Se puso de pie—. Llevadme de vuelta a mi camarote ahora mismo.

Lachlan mantuvo un cómico semblante inexpresivo.

—No, creo que Imogen todavía os necesita.

Halla se dejó caer de nuevo sobre el catre como una niña a la que se le ha negado un antojo y Lachlan me llevó del brazo hasta la esquina más alejada, aunque tampoco había mucho margen.

La temperatura de la reducida estancia ya estaba empezando a elevarse, y el aire se volvía denso y caliente.

No me cabía duda de que Halla se pasaría la noche vomitando en la bacinilla.

A ninguna de las dos nos hacía especial ilusión compartir espacio con la otra, pero yo no podía permitirme perderla de vista.

Era mi moneda de cambio. La pieza clave para derrocar a Eusia.

La luz de la lámpara titiló y se atenuó. Lachlan se acercó para susurrarme al oído.

—Theo le ha ordenado a su capitana que cambie de rumbo, pero me da miedo que la opinión del consejo afecte al plan.

—No me sorprende que no estén conformes con la decisión.

—Su disconformidad sería manejable. De hecho, yo ya esperaba que no les hiciera gracia.

Pero esto es peor. Después de todo lo que ha ocurrido…

, con lo tuyo y lo del ataque de los serafíes…

, ­Eftan ya dudaba de la capacidad de Theo para gobernar y creo que esto ha sido la gota que colma el vaso…

No te imaginas la cara que ha puesto. —Negó con la cabeza—.

Ha estado intentando obligar al consejo a recurrir a la ley que prácticamente le permitiría reinar en lugar de Theo.

Se me cayó el alma a los pies. La profecía de la maga sibila se materializó en mi mente como si el destino se burlara de mí. «Desatarás el caos, la ruina, la muerte». Y allí estaba yo, poniendo en peligro el trono de Theodore pese a estar haciendo todo lo posible por mantener las distancias con él.

Me recosté contra la pared de madera rugosa. Ahora que el nepente había dejado de hacer efecto, un brutal torrente de dolor me recorría de pies a cabeza al permanecer de pie más tiempo de la cuenta.

—Son unos necios por ponerlo en duda con lo mucho que se preocupa por su reino.

Lachlan asintió, pensativo.

—Eftan ha pedido pruebas. Saben que Eusia está en Antemusa, pero no entienden cómo vamos a acceder a la isla o a derrocar a ese monstruo. Revelar que eres tú quien nos abrirá paso tal vez no sea tampoco la decisión más sensata… por el momento.

Los nervios hicieron que me ardiera el estómago.

—¿Le has…? ¿Lo sabe Theodore? ¿Sabe que estoy aquí?

Él me ofreció un breve asentimiento y frunció los labios, como si se negara a seguir hablando del tema.

Eché un vistazo por encima del hombro a Halla, que se había tumbado en el catre y se había cubierto hasta la barbilla con aquella manta tan patética. La mecha de la lámpara luchaba por mantenerse encendida y desprendía pequeños destellos de luz sobre el cuerpo postrado de la princesa.

—¿Quieren una prueba? —Mi mente se puso a trabajar de inmediato.

—De que la emperatriz está donde nosotros decimos, sí. También de que podemos cruzar el arrecife para llegar a la isla de Antemusa. —Lachlan se frotó los ojos cansados—. Eso, por supuesto, no tenemos forma de demostrarlo.

Un revoloteo creció en mi vientre al anticipar lo que tenía pensado hacer. El corazón se me aceleró.

—En realidad —dije sin molestarme en hablar en voz baja—, creo que sí hay una manera.