8. Theodore #2
Le lancé una mirada tan fulminante que palideció y bajó la vista al suelo, aunque yo ya no era tan ingenuo como para creerme que se sintiera avergonzado de verdad.
Cada vez que el canciller intervenía era como si extendiera una mano de garras afiladas en busca de algo que no era suyo.
En aquel momento, su propósito era encontrar la manera de hacerse con un poder que me pertenecía.
Y lo que era aún peor: ahora Imogen también estaba a su alcance, y no me cabía duda de que haría todo lo posible por hacerla desaparecer del mapa.
—No había necesidad de que interrumpieras tu sueño, canciller. —Mantuve un tono calmado—. La capitana Doxa es la única que puede ayudarme en este caso.
Eftan me ofreció un brusco asentimiento, dio un paso atrás apretando los puños a cada lado del cuerpo en actitud frustrada e hizo un florido ademán para animarme a continuar.
Markis y Aleka se quedaron atrás y, aunque me planteé pedirles a los tres que se retiraran antes de hablar, me di cuenta de que una parte de mí quería ver cómo reaccionaban.
Tal vez fueran la conmoción y las intensas emociones que sentía las que me empujaban a buscar pelea.
Lo único que tenía por seguro era que quería ver sufrir un poco a Eftan.
—Capitana Doxa —dije dedicándole toda mi atención—, por favor, poned rumbo a Antemusa.
El esfuerzo que hizo por no demostrar reacción alguna fue encomiable, pero no logró impedir que se le salieran los ojos de sus órbitas por un momento.
Por el rabillo del ojo, vi que Eftan se atragantaba al tomar aire, que Markis soltaba una risotada y que Aleka enarcaba las cejas oscuras discretamente.
Cada uno reaccionó tal y como había esperado.
—Majestad —respondió la capitana después de tomarse un momento para colocarse el sombrero—, sería una negligencia por mi parte no avisaros de los peligros de…
—Soy consciente de lo que implica mi petición. Recuerdo bien la historia que mis tutores me contaron acerca de la tierra yerma.
Doxa, que era capitana desde mucho antes de que cualquier otro miembro de la tripulación se hubiera enrolado en la flota variana y que jamás había perdido una batalla ni se había postrado ante mi padre, me dedicó un asentimiento. Tensó la mandíbula, salpicada de manchas solares.
—Entonces sabréis que tratar de sortear el arrecife que rodea la isla pondrá a toda la tripulación en un grave peligro y que ni siquiera podremos llegar a la isla en sí.
—Majestad… —intervino Eftan dando un paso adelante.
Fue entonces cuando reparó en Lachlan, que había permanecido oculto entre las sombras junto a la puerta. Mi comandante salió a la luz y sonrió.
—Por el recuerdo de todos los dioses, ¿qué hacéis aquí? —farfulló el canciller.
Me pareció oír a Markis llamarlo «maldito bastardo» entre dientes, pero eso solo hizo que Lachlan sonriera con más ganas todavía.
—¿Me has echado de menos, Markis?
—Se suponía que debíais proteger el palacio —dijo Eftan, estupefacto—. ¿Cómo demonios…? ¿Por qué…? —Se interrumpió y se volvió para mirarme con el rigor de un ave de presa—. Theodore… Majestad…, ¿dónde está vuestra esposa?
Al tipo no se le escapaba una.
—Descansando.
—¿En su camarote? —Dio un paso hacia mí—. ¿Precisamente hoy que es vuestra noche de bodas?
Me giré hacia la capitana sin molestarme en responder a su pregunta.
—Admiro vuestra prudencia, capitana Doxa, pero os aseguro que contamos con una forma de atravesar el arrecife de Antemusa para llegar hasta sus costas.
—Con el debido respeto, majestad, eso es imposible —protestó ella—. Y no hay nadie en las aguas leucosianas con mayor conocimiento de causa que yo.
Lachlan se encogió de hombros.
—Puede que haya alguien que sí.
Markis se acercó al extremo de la mesa y se pasó los dedos por la barba con nerviosismo.
—No veo de qué nos va a servir esto, majestad. Por mucho que lo piense, no encuentro una sola buena razón para correr semejante riesgo.
Lachlan clavó la vista en él y se dio un golpecito condescendiente en la sien.
—Ya, es que lo de pensar no es tu fuerte.
Le lancé una mirada de advertencia. Lachlan había desconfiado de Markis desde mi adolescencia y siempre me había advertido de que no debía aprender de sus vicios y costumbres.
Después de años trabajando codo con codo en el consejo, Lachlan lo aborrecía tanto que había llegado a proponer una votación para elegir a un nuevo procurador, aunque no había servido de nada.
Aleka permanecía callada en el sofá, a la espera de que diéramos más detalles, mientras que Eftan me contemplaba con una inquietante expresión astuta. La capitana Doxa había cuadrado los hombros como si se estuviera preparando para una pelea.
Y la iba a tener.
Tan solo unos días nos separaban de una oportunidad que yo ya daba por perdida: la oportunidad de que Imogen cortara su vínculo con Eusia.
De garantizar tanto su seguridad como la de todo el archipiélago de Leucosia.
Recordaba la forma en que nuestro vínculo dañado me había retorcido las entrañas, así que de nada me servía disimular mi propio interés en que Imogen tuviera éxito en su empresa.
Una vez que cortara su vínculo con Eusia, nosotros dos podríamos restaurar el nuestro.
—Entonces es una suerte que tengamos a la mejor capitana de Leucosia al timón de nuestro navío —concluí—. Cambiad de rumbo.
Doxa me sostuvo la mirada con una expresión tan firme como la mía, pero la honró dirigirse hacia la puerta como si tuviera intención de acatar mi orden.
Fue entonces cuando Eftan volvió a intervenir, con un gesto desencajado por el pánico.
—Necesitamos pruebas.
—No. —Mi voz cortó la tensión que pendía en el aire—. Queréis una prueba, pero no la necesitáis. Y yo no pienso procurárosla. He tomado esta decisión por el bien de Leucosia y tendréis que creerme, porque he pasado toda una vida a su condenado servicio.
Ninguno de los presentes movió un músculo, ni siquiera respiró. Sin embargo, sentí un cambio en el camarote, idéntico al que se produce en el ambiente antes de la tormenta. Se estaba cociendo una traición. Lo veía en la postura rígida de Eftan, en el profundo ceño que surcaba su frente.
Lachlan encontró mi mirada y enseguida supe que él también lo había notado.
—Majestad —dijo tratando de sonar tranquilo—, acabarán descubriéndolo tarde o temprano. Lo mejor será contárselo.
La mera idea de darle a Eftan cualquier dato que lo acercara mínimamente a Imogen me parecía impensable.
—Muy bien, pues. —Exhalé para aliviar el nudo que notaba en el estómago—. La emperatriz de Obelia ha secuestrado a la exesposa de Lachlan y se la ha llevado a Antemusa para ofrecérsela como sacrificio a su santa, Eusia.
Se hizo el silencio mientras Eftan nos contemplaba estupefacto, farfullando con las mejillas rojas de rabia.
—¿Y esperáis que confiemos en vuestra palabra sin más?
La capitana Doxa se adentró un paso en el camarote.
—No contamos con los recursos necesarios para una partida de búsqueda.
—Me parece una afirmación muy poco creíble —dijo Markis con un corto resoplido.
Lachlan se pellizcó el puente de la nariz.
—Markis…, que tú no quieras creerte algo no lo hace «poco creíble».
—Ya basta —intervine—. Eusia, la santa de Obelia, es el monstruo que devuelve a la vida y controla a las nekgya y vive en Antemusa. De hecho, es la primera maga, la hermana envidiosa de la gran diosa Ligea. Cuando por fin demos con ella, la derrotaremos.
Aquello pareció bastar para convencer a Aleka y a Markis. Llevábamos tanto tiempo enfrentándonos sin éxito a la amenaza de las nekgya que habíamos empezado a perder la esperanza de acabar con ellas.
Aleka se puso de pie y se estiró la bata que llevaba antes de hacer una reverencia.
—Nos vais a llevar por un camino peligroso, majestad —dijo manteniendo un tono prudente—, pero confío en vos.
Dicho eso, salió del camarote.
Doxa me miró a los ojos e inclinó la cabeza a regañadientes antes de salir también a cubierta, donde bramó una serie de órdenes que volaron por el aire húmedo. La tripulación cambió de rumbo entre silbidos y gritos.
En otras circunstancias no habría demostrado lo aliviado que me sentía, pero notaba la tirantez del cansancio alrededor de los ojos y los nervios sacudiéndome de pies a cabeza. Encontré la mirada estupefacta de Markis y luego la de Eftan.
—Marchaos. Os mandaré llamar por la mañana, cuando esté listo para veros.
Ambos hicieron una profunda reverencia y se encaminaron hacia la puerta, aunque Eftan aminoró el paso antes de salir.
Exudaba una firme seguridad tan espesa como la sangre que mana de una herida.
La deliberada sonrisa que le curvaba los labios resultaba amenazadora, pues en ella se apreciaba un aterrador reconocimiento, una jubilosa certeza.
—Que duermas bien, Theodore.
Salió de mi camarote con la cabeza bien alta, con Markis a la zaga como un perrillo bien amaestrado.
Lachlan echó el pestillo de la puerta a su espalda y el silencio que descendió sobre nosotros se volvió tan asfixiante que me dejó clavado en el sitio.
Eftan lo sabía.
Sabía que Imogen estaba a bordo del barco, y eso me causaba un pavor indescriptible.
Por alguna razón, le había dado una muerte digna y plácida a la amada de mi padre por medio de un frasquito de aceite puro de nepente, pero no me cabía duda de que con Imogen se aseguraría de hacer todo lo contrario.
—Me debes una, Lach —dije, desconsolado—. Ve a buscar a Imogen ahora mismo y no se te ocurra perderla de vista. De lo contrario, te juro que…
Él asintió, pues sabía bien que no le convenía decir nada. Volvió a abrir la puerta con un rechinar metálico del pestillo y, en mi desdicha, lo vi alejarse por la cubierta y perderse en la noche… para regresar con Imogen.