La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 8. Theodore
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8. Theodore

Theodore

N o había nadie en la puerta, pero aproveché la oportunidad para escapar y cruzar la silenciosa cubierta de popa a proa.

Tuve el impulso irracional de lanzarme por la borda, de dejar que las aguas me engulleran en un melodramático intento por huir de la presión que los confines del barco y el peso de la corona ejercían sobre mí.

Ya no quedaba ni rastro de la ceremonia.

Habían retirado las enredaderas con las que habían decorado los mástiles y el altar había desaparecido.

Sin embargo, seguía llevando la alianza cubierta de sangre que Halla me había dado.

Me detuve en el castillo de proa, acompañado únicamente de la resplandeciente oscuridad del cielo y el mar, y giré el anillo de lado a lado hasta que me lo saqué del dedo.

Lo estudié con atención. Todavía notaba la delicada y perturbadora presión de los labios de Halla sobre los míos, así como el contacto de su piel en los dedos, la textura de esas extrañas cicatrices.

Era evidente que no se las había hecho todas ella, porque eran demasiado exactas y abarcaban zonas a las que no habría podido llegar por sí sola.

Le rodeaban las costillas y se le extendían por la espalda, hacia la columna.

Después de haber pasado días leyendo libros sobre magia, sabía cuál era el cometido de cada una de esas marcas.

Cada tira de piel arrancada había servido para pagar el precio de un hechizo.

El nudo que me atenazaba el estómago no hizo sino tensarse más al entender mejor a Halla y a su diabólica y perseverante madre. Apoyé los antebrazos sobre la barandilla sosteniendo la alianza entre los dedos. Y entonces la solté.

Oí el golpeteo metálico de una armadura a mi espalda. Los pasos apresurados de la persona que trepaba por la escalera de cuerda daban a entender que había ido al castillo de proa expresamente a buscarme, pero permanecí de espaldas, con la vista clavada en el bauprés.

—Ahora no es buen momento —dije tras aclararme la garganta.

Sin embargo, el guardia no se detuvo hasta quedar a mi lado.

—He dicho…

—Solo será un segundo, majestad.

Di un respingo al oír aquella voz áspera. Me volví hacia él.

—Lach…, puto malnacido.

Tomé carrerilla echando el brazo hacia atrás y le asesté un puñetazo en la barbilla. Él lo afrontó bien, aunque su cabeza voló hacia un lado y tuvo que agarrarse con firmeza a la barandilla. No obstante, golpearlo no me dio la más mínima satisfacción.

—Ya te he pedido perdón —dijo por fin.

—No es suficiente. —Sacudí la mano con la que le había pegado—. El consejo la ha proscrito por tu culpa.

Se irguió despacio y se atrevió a encontrar mi mirada.

—Yo no voté, Theo.

—Por eso mismo lo digo —escupí—. Si hubieras votado en contra, habría quedado en empate. Tu puto silencio permitió que ganaran los votos a favor.

Lachlan bajó la vista a la cubierta con expresión sombría.

—Y lo siento muchísimo. No quería que la desterraran, Theo, porque sabía cómo iba a afectarte, pero no…

—Sacudió la cabeza, presa de los remordimientos—.

Su presencia estaba influyendo en tus decisiones y Eftan trataba de convencer al consejo de que no eras digno del trono por ello…

En aquel momento, no interferir me pareció la mejor solución.

Me pasé una mano por la cara.

—Me cuesta creerlo teniendo en cuenta la forma en que irrumpiste en mis aposentos pese a tener la puerta cerrada con llave y amenazaste con hacer que el consejo nos obligara a romper nuestro lazo.

Lachlan cerró los ojos.

—Te pido perdón por eso también.

Contemplé la oscuridad infinita con mala cara, sintiéndome cada vez más derrotado.

—¿Qué demonios haces aquí? Se suponía que ibas a quedarte en el castillo.

Me miró muy serio.

—He venido a cambiar el rumbo del barco.

—A cambiar el rumbo… —Dejé escapar un resoplido, molesto e incrédulo—. ¿A dónde quieres ir?

—A Antemusa.

Volví a cerrar el puño con fuerza.

—Allí es donde tu nueva suegra se ha llevado a Agatha —explicó, desolado—. Para alimentar a Eusia con ella.

—Agatha. —Fue como si me hubieran echado un jarro de agua fría—.

Dijiste que no la encontrabas… ¿Está con la emperatriz?

—Una mujer que había cometido todo tipo de infamias con tal de servir a su santa.

Recorrí la cubierta principal con la mirada para asegurarme de que seguíamos solos—.

¿Eusia está en Antemusa? ¿Cómo lo sabes?

Lachlan frunció los labios con incomodidad.

—Gracias a un contacto. —Se frotó la zona de la mandíbula donde lo había golpeado—. No es alguien de quien me fíe sin reservas, pero, en este caso, sé que no se equivoca.

—De nada nos sirve cambiar de rumbo si no hay forma de entrar en la isla.

—Ya deberías saber que yo nunca doy puntada sin hilo, Theo.

—Se fue hacia la escalera del castillo de proa—.

Como ya imaginaba que tendrías reparos, he raptado a Halla.

Se me ha ocurrido que eso enfadaría lo bastante al consejo como para obligarte a ceder.

Pero no tienen por qué enterarse. La recuperarás tan pronto como le pidas a la capitana que cambie el rumbo.

—Joder. —Me froté la sien—. De maravilla. Has raptado y seguramente aterrorizado a la única persona a la que debía tener contenta…

—Cambia el rumbo del condenado barco, Theo.

—Si lo hago, ¿qué crees que pensará el consejo de mí? —Di un paso hacia él en actitud amenazadora—. Me resulta de lo más irónico que hayas decidido cometer un acto de traición por la mujer a la que amas. Aunque me duele en el alma, te repito que no tenemos forma de llegar hasta Antemusa…

—Nosotros sí.

Una creciente sospecha me detuvo en seco al reparar en la forma en que me sostenía la mirada.

—¿Nosotros?

Lachlan tendía a la pasividad en muchos aspectos y, a pesar de que era perfectamente capaz de tomar la iniciativa cuando la situación lo requería, que yo recordara, aquella era la primera vez que urdía un plan por motivos puramente personales.

—Eso he dicho —confirmó. En su mirada brillaba la desesperación—. Nosotros.

El significado de sus palabras me atravesó como un rayo.

Imogen.

Me agarré a la barandilla. Me parecía imposible que estuviera tan cerca cuando nunca me había sentido tan lejos de ella como en ese momento.

—Imogen está a bordo del barco. —Sonaba aturdido—. ¿Dónde? ¿Dónde está?

Me dispuse a bajar por la escalera que conducía a la cubierta principal.

—Ah, ah. —Lachlan me tiró del hombro hacia atrás—. Estoy dispuesto a usarla para obligarte a que ordenes el cambio de rumbo, pero… Imogen no quiere verte todavía.

Me quedé de piedra.

—Que no quiere… —Mi mente repitió sus palabras tres veces.

La incomodidad transformó el rostro de Lachlan en una máscara impasible.

—Seguramente sea lo mejor, Theo. Aunque sé lo que es. Sé lo miserable que te está haciendo sentir. Ayúdame a llegar hasta Agatha, por favor, y veré lo que puedo hacer.

Sin dudarlo, me asomé a la cubierta y grité para que el primer miembro de la tripulación que me oyera obedeciera mi orden:

—Despertad a la capitana Doxa y enviadla a mi camarote.

Una de las tripulantes se alejó corriendo por uno de los pasillos que conducía al camarote de la capitana, y toda la tensión que agarrotaba a Lachlan se esfumó de golpe.

—Hablaremos juntos con ella.

Asentí y, al verlo bajar por la escalera de cuerda, reparé en que llevaba dos espadas encima, una a cada lado de la cintura.

Permanecí en el castillo de proa. Necesitaba un momento para contener la imperiosa necesidad de volver a golpearlo, de usar una de sus espadas para amenazarlo y hacer que me llevara hasta Imogen de inmediato.

Pero sabía que ni mi poder ni mi anhelo servirían de nada ante la petición de Imogen.

No quiere verme.

Sabía bien por qué. Era la mujer más tozuda y resuelta que había conocido nunca, y se creía un monstruo por culpa de la mentira que Nemea le había inculcado desde la cuna.

Además, me consideraba mucho mejor persona de lo que era en realidad.

Ella pensaba que había manchado el obsceno brillo de mi corona, cuando en realidad lo único que había hecho había sido mostrarme la carga que esta suponía sobre mi cabeza.

Aunque saberme rechazado dolía tanto como si una espada al rojo vivo me hubiera atravesado las costillas, al mismo tiempo una nueva esperanza me había insuflado ánimos. Llevaría el barco hasta Antemusa por el bien de Lachlan e Imogen. Por el bien de todo el reino.

Entonces, lo quisiera o no, Imogen descubriría que yo podía llegar a ser tan tozudo y resuelto como ella.

No había ni rastro de Halla en el camarote salvo por el vestido que había dejado sobre la cama todavía hecha y la camisola blanca tirada en el suelo. Una de las ventanas de popa estaba abierta de par en par ante el cielo nocturno.

Lachlan se puso a caminar de un lado a otro ante la puerta.

—¿Dices que Halla está con Imogen? —le pregunté, dubitativo—. ¿Crees que es buena idea?

—Sí. —Pero se negaba a mirarme—. Halla está en muy muy buenas manos. —Abrió la puerta y asomó la cabeza fuera—. ¿Dónde está esa condenada capitana?

Retrocedió cuando la capitana Doxa salió un instante más tarde de entre las sombras. Tenía la mirada despierta, llevaba el uniforme completo y se detuvo en posición de firmes junto a la mesa central de madera pulida, con el sombrero sujeto debajo del brazo.

—¿Me habéis llamado, majestad?

—Así es…

Eftan abrió la puerta de un bandazo y entró seguido de Markis, ambos vestidos ya con sus ropas para dormir. Venían acompañados de mi mariscal, Aleka, tan serena como siempre. Fulminé a los tres con la mirada.

—Solo he llamado a la capitana.

Eftan dio un paso adelante colocándose la bata de seda azul que llevaba atada a la cintura. Tenía el cabello ralo despeinado y las profundas marcas de la almohada en una de sus carnosas mejillas.

—He oído a una marinera llamar a la capitana, majestad. Como bien sabéis, si ha habido algún problema, es aconsejable que tengáis al consejo cerca. Como apoyo.