La estela de los naufragios (La maga y la sirena 2) 7. Imogen #3
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7. Imogen #3

Froté unas cuantas veces el suelo de madera sujetando la piedra pómez con manos temblorosas.

Luego la volví a humedecer y me adentré un poco más en el pasillo.

El dolor que me atenazaba el vientre se intensificó, pero continué avanzando hacia la parte trasera del barco, hasta llegar al final de la barandilla desde donde se veía la luz que escapaba a través de las ventanas del camarote de Theodore.

La cornisa amplia que Lachlan había mencionado estaba iluminada y, aunque el espacio que tendría que saltar para llegar hasta ella era más pequeño de lo que había imaginado, no fui capaz de moverme.

No quería enfrentarme a lo que me encontraría en el camarote.

El parteluz de las ventanas era grueso y recargado, así que me serviría de apoyo en caso de que el barco sufriera alguna sacudida.

Inhalé despacio. Rapta a Halla, rapta a Halla, rapta a Halla. Solté todo el aire y extendí una pierna hacia la cornisa. El dolor tardó un rato en mitigarse, pero me fui acercando poco a poco, con cuidado, hasta que alcancé la primera ventana, donde solo se veía el extremo de las pesadas cortinas.

Había unas cuantas ventanas entreabiertas para dejar que el aire de la noche se colara en el interior.

Una punzada de dolor me atravesó la herida del vientre y me hizo caer de rodillas, pero logré quedarme quieta y acallar mi acelerada respiración.

Desde mi posición, solo alcanzaba a ver la mitad del camarote: allí estaba la puerta sin el pestillo echado, el armarito de las bebidas encajado en la pared, el abarrotado escritorio de Theodore y el armario con detalles dorados.

Las mariposas que sentía en el estómago volaron hasta mi pecho. La voz grave y sonora de Theodore me dejó sin aliento.

—Estarás cansada —murmuró.

—Sí. —Halla habló con voz dulce y sumisa, pero enseguida adoptó un tono demasiado alegre—: Pero todavía no tengo sueño.

Cerré los ojos con fuerza.

Theodore gruñó, pero casi no alcancé a oírlo por encima de los estruendosos latidos de mi corazón.

—Imagino que estarás indispuesta.

—El mar ha estado tranquilo —respondió ella—, así que por suerte me encuentro bien.

Maldije a Lachlan por estar tardando tanto en sacar a Theodore del camarote.

Cuando por fin me obligué a abrir los ojos, lo vi sacando una botella del armarito de las bebidas y sirviéndose una copa de vino.

Dio un largo trago con una rigidez evidente.

Se había quitado la corona y, en cuanto se apartó el vaso de los labios, se pasó los dedos por los mechones oscuros.

Creía haber memorizado tanto el timbre de su voz como cada ángulo de su rostro, pues habían asolado mis pensamientos sin descanso desde que nos habíamos separado, pero, al verlo ahora, al fijarme en la pendiente de su fuerte nariz, en el contraste que creaban sus angulosas facciones frente a la suavidad de su boca, en su mirada cautelosa y en aquella arruguita que le surcaba el ceño…

, tuve la sensación de estar viéndolo por primera vez.

Me quedé tan abrumada como entonces, presa de aquella terrible ingravidez que me hacía sentir como si mis pies no tocaran el suelo.

Halla se acercó a él, y yo tuve que ahogar un intenso jadeo.

La melena lisa y blanca le caía suelta por la espalda.

El vestido que había llevado durante la ceremonia había desaparecido y permanecía ante Theodore con una camisola fina como el papel.

Se llevó una mano a uno de los tirantes para bajárselo por el hombro.

—Halla —Theodore desvió la mirada hacia la puerta y negó con la cabeza—, te daré algo de privacidad para que te cambies.

A pesar de su delicado acento, la princesa habló con un tono tan afilado como cualquier arma que se preciara.

—Es nuestra noche de bodas.

—Ya —respondió él, adusto y sin andarse con rodeos.

—Y tenemos un trato. —Halla apretó los puños a los costados—. Tú accediste a esto. Firmaste el contrato matrimonial.

Los observé paralizada. Halla retomó la tarea de quitarse la camisola y sacó un brazo de uno de los tirantes para dejar al descubierto uno de sus pechos firmes y pequeños. Un instante más tarde, la prenda cayó al suelo como un manto de niebla.

Los detalles de la escena se abrieron paso por mis sentidos como una melodía rápida y discordante: Theodore dando dos pasos en dirección a las ventanas para alejarse de ella; la blancura de los esbeltos miembros de Halla; el ceño iracundo que esbozó al seguirlo; las cicatrices, decenas y decenas de ellas, que le surcaban el torso como marcas de conteo.

Todas ellas eran del tamaño de mi pulgar, delgadas y uniformes.

Una expresión avergonzada se adueñó de sus facciones cuando reparó en que Theodore se había fijado en ellas, pero no flaqueó. Le cogió la mano para que le tocara las cicatrices que tenía en las costillas.

—Mi madre me dijo que no te molestarían.

Le movió la mano un poco más arriba, para que le rozara la parte inferior del pecho.

Se me revolvió el estómago.

—¿Te las hizo tu madre? —preguntó Theodore apartando la mano de un tirón.

Halla adoptó una postura orgullosa y levantó bien la cabeza.

—Algunas. Solo las más antiguas. Pero no quiero seguir hablando de mi madre…, a no ser que hacerlo te anime a cumplir con nuestros acuerdos.

Theodore se movió como un soldado, con la espalda recta y el paso firme, para sacar una camisa de dormir del armario.

—Ponte esto.

Al lanzarle la prenda, las mejillas de Halla adoptaron un repentino rubor furibundo.

—Por favor. —Halla cerró los dedos en torno a la camisa—. Te pido por favor que cumplas con tu palabra. Seré tu sierva. Llevaré la vida que tú quieras y te honraré en todo momento, pero debes cumplir con tu palabra. De lo contrario, te juro que…

Theodore dejó el cáliz de golpe sobre su escritorio.

—Ya sé lo que harás, Halla. Sé que harás que acaben conmigo. Mantendré mi palabra, pero lo único que he prometido en el contrato es que te daría un hijo. Nunca he especificado cuándo.

Tomé una dolorosa bocanada de aire. De pronto tuve la sensación de estar cayendo. Un alarido inundó mis oídos; el pecho se me constriñó. El golpe sería fatal. Me rompería todos los huesos, acabaría destrozada.

Reaccioné con los horrendos movimientos de un cadáver reanimado y me arrastré por la cornisa en dirección a la ventana abierta mientras un ardiente estallido de poder se derramaba de mi vientre. Puse una mano en el cristal justo cuando alguien llamó con fuerza a la puerta del camarote.

Lachlan. Me quedé inmóvil. Luego me obligué a respirar hondo.

Rapta a Halla. No la mates. Encuentra a Agatha.

—Vístete —insistió Theodore.

Entonces oí el crujido de la puerta al abrirse, seguido de un estrépito al cerrarse.

Tomé otra bocanada de aire para tranquilizarme y abrí la ventana un poco más.

Halla se había hecho un ovillo en el sofá, con las rodillas metidas en la camisa de dormir de Theodore y la cara escondida entre las manos.

Cuando las bisagras de la ventana chirriaron, levantó la cabeza y dejó escapar un gritito.

Me miró y vi que tenía la sangre saltada en las mejillas y los ojos rojos. Todo su cuerpo se tensó de miedo.

Me afané en mostrarme impávida y amenazadora pese a que acababa de quedar destrozada.

De hecho, todavía tenía la sensación de estar desmoronándome, de que los pedazos de mi ser seguían resquebrajándose hasta quedar irreparables.

Había sido una imprudente por haberme aferrado a una chispa de esperanza, por muy minúscula que fuera.

—Hola, Halla —dije por fin con una sonrisa hostil—. Veo que debo darte la enhorabuena.